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My bakery in Brooklyn

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Director: Gustavo Ron.Guion: Gustavo Ron, Francisco Zegers. Intérpretes: Aimee Teegarden, Linda Lavin, Blanca Suárez, Ernie Sabella, Josh Pais, Griffin Newman, Ward Horton, Krysta Rodriguez, Anthony Chisholm, Franklin Ojeda Smith. 100 min. Jóvenes. (S)

 

Una película como las de antes, un homenaje a Lubitsch y Capra, con tres romances alrededor de una tienda que los personajes intentan salvar.

 

Gustavo Ron es una rara avis en el cine actual español. Un joven director que, desde su estreno –con la meritoria Mia Sarah–, demostraba una extremada admiración hacia el cine clásico norteamericano. En sus tres películas, Ron se ha movido en el margen que deja la comedia dramática y romántica. En Mia Sarah ocupaba el campo de la comedia, y en Vivir para siempre, el del drama. Pero en todo caso, contando con una presencia importante del romanticismo, no solo en el sentido de las relaciones de los personajes entre ellos: también de un romanticismo que trasciende la historia y muestra el amor del director por el cine, por las películas que vio en su infancia, por los escenarios, los decorados, la iluminación y todos esos elementos que construyen lo que llamamos magia del cine.

Mi panadería en Brooklyn es un poco todo eso, junto y a la vez. La película cuenta la historia de un establecimiento que se queda huérfano y la lucha por salvarlo. Una lucha en la que pelean la tradición y la renovación. Y una lucha que esconde, no una historia de amor, sino tres, para ser más exactos. Ron no ha tenido ningún problema en reconocer que su película es un homenaje a Lubitsch y a Capra.

En esta revisión nostálgica está lo mejor y lo peor de la película. Habrá un público extasiado por la posibilidad de ver en la pantalla cine del de antes, una comedia bastante blanca de esas que presuponen un happy end por toda la escuadra y en las que uno termina queriendo ser mejor persona. Pero también habrá una parte del público a la que le cueste conectar con un cine que lleva muchas décadas sin ver, quien eche en cara algunos recursos de guion excesivamente básicos y poco coherentes o el que se agote en el tercer tartazo, un slapstick que habíamos enterrado hace mucho tiempo.

En cuanto a las interpretaciones –bastante ajustadas, excepto alguna nota sobreactuada–, hay que destacar el papel de Blanca Suárez, que hace una meritoria construcción de un personaje secundario lleno de encanto.

 

Ana Sánchez de la Nieta. ACEPRENSA

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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