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Los últimos americanos

Los últimos americanos

Los últimos americanos
mayo 04

La reciente publicación en nuestro país del libro Hillbilly, una elegía rural, de J. D. Vance, nos ofrece la oportunidad de reflexionar acerca de unos Estados Unidos que cada vez se vuelven más hacia sí mismos y sobre una historia pocas veces contada: la de los olvidados de América, que han contribuido decisivamente a la llegada de Trump al poder.

 

  1. D. Vance no es un escritor profesional, ni un sociólogo o un historiador, pero quizá por ello ha puesto el dedo en la llaga y su libro Hillbilly, una elegía rural (publicado en España por Ediciones Deusto) se ha convertido en uno de los best-sellers más alabados por la crítica en el último año, alcanzando el n° 1 en la lista de más vendidos del New York Times. Muchos son los que, dentro y fuera de Estados Unidos, buscan respuestas que puedan explicar el fenómeno Trump, y de forma quizá indirecta pero no por ello menos clara, el libro de Vance aporta luz a este supuesto enigma, al tiempo que constituye una aproximación íntima y personal a una historia que rara vez llega hasta nosotros: la de los millones de trabajadores -quizá más bien desempleados- blancos que viven en el interior de la América Profunda, al sureste, el sur y el centro de los Apalaches, y que en las últimas décadas han protagonizado un drama que bordea la tragedia, perdiendo su industria y formas de vida tradicionales, en un éxodo forzoso a las grandes ciudades que ha creado a su vez una subcultura de pobreza, drogadicción, familias disfuncionales y ciudadanos dependientes de las ayudas estatales, cuya desesperación, desengaño e ira contenida han aupado finalmente a los republicanos y al mismísimo Donald Trump al poder.
  1. D. Vance creció en pleno Cinturón del Óxido (Rust Belt), entre la ciudad de Jackson, en Kentucky, de la que procedía su familia con raíces escocesas-irlandesas, y Middletown, en Ohio, a la que emigraron como la suya muchas otras en busca de mejores trabajos y condiciones de vida, lo que consiguieron durante cierto tiempo, hasta el práctico desmantelamiento de su industria pesada. Lo que una vez fuera el corazón industrial de Estados Unidos, es hoy un escenario de decadencia urbana, pobreza y desesperación resignada, donde el índice de malos tratos, drogadicción y criminalidad de baja intensidad ha reducido a sus habitantes a un estado lamentable. Al tiempo, los lazos culturales, históricos y familiares de una población de origen rural, con firmes tradiciones y estilos de vida arraigados desde hace más de un siglo, se han visto desgarrados por la situación extrema de sus nuevas condiciones, con las consecuencias de estrés y desarraigo inevitables. Es esta gente sencilla, incapaz de encontrar empleo estable, malacostumbrada en demasiadas ocasiones a depender de la beneficencia, zarandeada por el paro, las adicciones, las promesas incumplidas del gobierno, y la violencia cotidiana, la que ha contribuido en gran medida al triunfo de Trump, el único candidato capaz de llamar su atención en los últimos años, hablando un lenguaje que, por engañoso que fuera, podían entender, y prometiéndoles algo que casi ningún político y menos el presidente de la nación ha sido capaz de cumplir en décadas: visibilidad. Por fin los “sobrevolados”, aquellos millones de americanos blancos que miran pasar sobre sus cabezas los aviones cargados de yuppies y trabajadores WASP de viaje entre Nueva York y Los Ángeles, desde sus agujeros en los barrios pobres de Ohio, Pennsylvania, Indiana, Michigan o Illinois, han creído encontrar una respuesta a sus plegarias. Un remedio que, obviamente, puede acabar siendo peor que la enfermedad.

En su libro, J. D. Vance, republicano moderado, moderadamente religioso, antiguo marine que participara moderadamente en la guerra de Irak, y hombre de negocios de moderado éxito en una firma inversora de Silicon Valley, narra en primera persona la experiencia de nacer, crecer y vivir en medio de esta sociedad en crisis, que se debate entre sus orígenes rurales, su tradicional sentido de la honestidad, la vida familiar, la hospitalidad y la fidelidad a sus principios, que se remonta a los tiempos del Viejo Oeste, y la necesidad de rescatarse del pozo de desesperación y pobreza en el que han caído, olvidados por el progreso y la movilidad social. Pero no se trata de un lamento complaciente, ni mucho menos. Vance sabe que se puede salir, como su propio caso demuestra. Que ni una madre yonqui, ni un constante cambiar de casa, ni un vecindario degradado, compañeros que caen por el camino y violencia familiar, son capaces de destruir a alguien con el empeño suficiente en abrirse camino y que, además, puede encontrar en el orgullo de clase y familia, en la historia de su propia estirpe, sustancia más que suficiente para evitar el abismo. Sin dejarse llevar por sentimentalismos ni soluciones utópicas o falacias al estilo Trump, J. D. Vance acusa a su propia gente, con empatía y comprensión pero también con firmeza y cierta amargura, de no poner mucho de su parte para salir de las adicciones no solo a las drogas, sino a la vida de parado, a los subsidios, a las quejas de bar y a una pereza espiritual y existencial que paraliza su capacidad de trabajo, impidiéndoles volver a formar parte del sueño americano.

Del sueño a la pesadilla

Una de las cosas que quizá más pueda sorprender al lector español de Hillbilly, una elegía rural es descubrir que la gran mayoría de los habitantes de esta América del Medio Este, a diferencia de la del más profundo Sur, con la que limita y a veces se funde y confunde, ha sido durante décadas votante demócrata por tradición. Algo que empezó a cambiar durante la era Reagan y que hoy se ha dado la vuelta casi por completo… ¿Qué ha ocurrido para que gente tan apegada a su pasado y a sus afectos ideológicos haya cruzado definitivamente al otro lado del espectro político de forma radical? Quizá, como sugiere Vance en algunos momentos, se trate de la ausencia en el discurso liberal americano de casi cualquier mención a su existencia, salvo para tratarles como un grupo problemático, tratando de solucionar su situación, en el marco de unos Estados Unidos desindustrializados, a base de parches, con políticas sociales basadas en la beneficencia y la subvención que han generado solo conformismo y resignación. No es que esta población blanca de origen rural, obrera y desempleada, identificada a menudo como “white trash” (basura blanca), esté realmente en peor situación que la gran mayoría de los negros e hispanos que tratan de sobrevivir en guetos y zonas prácticamente de guerra en su propio país. No es que sean más pobres, más violentos o más desestructurados familiarmente que otros grupos étnicos estadounidenses, e incluso puede que muchos estén en un peldaño de pobreza algo superior al de los afroamericanos y latinos. El problema es que en las últimas décadas han desaparecido por completo del discurso demócrata y liberal. No hay ninguna narrativa que les permita enorgullecerse de sí mismos, reencontrar sus raíces y ofrecerles una posibilidad de futuro. Salvo la que ladinamente les ofrece Trump.

No siempre fue así. Los movimientos sociales y socialistas americanos de las primeras décadas del siglo XX encontraron en esta gran masa laboral blanca, de orígenes muy diversos pero con un amplio número de irlandeses-escoceses entre ellos, caracterizados por su apego a las tradiciones familiares y por una particular cohesión social y cultural, un partidario fiel, sinceramente agradecido a la defensa que de sus derechos y al reconocimiento de su situación se hacía desde distintos partidos e instituciones, principalmente demócratas. Pero es que, además y no menos importante, tenían una narrativa. Y con unos narradores de la talla de Jack London, Frank Norris, Theodore Dreiser, Upton Sinclair, John Steinbeck, William Faulkner e incluso escritores de pulp como Jim Thompson o James M. Cain. Todos ellos, contribuyeron a crear una épica y una lírica, una mítica y una poética de la clase obrera rural blanca, que tendría en filmes como Avaricia, El viento, La fuerza bruta, Las uvas de la ira, Los mejores años de nuestra vida o Al este del Edén, por citar algunos destacados ejemplos, una representación compleja y llena de empatía, construyendo un imaginario potente para toda una clase social llena de esperanzas, que luchaba con denuedo por subirse al carro de la prosperidad y, en definitiva, al sueño americano de igualdad de oportunidades y libertad para todos.

Pero el sueño se convirtió en pesadilla. Sin ir demasiado atrás en el tiempo, la crisis económica de los 70 y las cada vez más profundas que la seguirían hasta hoy, no solo significaron el desmantelamiento de gran parte de la industria pesada, la minería y el trabajo agrícola de la América interior, sino de alguna forma la desaparición de sus habitantes del mapa mental y cultural del país. Solo el cine de horror, como ocurre a menudo, advirtió que algo nuevo y quizá maligno germinaba en los surcos abandonados de unos Estados Unidos rurales olvidados por sus padres fundadores. En La matanza de Texas, su famosa familia unida en torno a la sierra mecánica ha decidido continuar con el trabajo de su viejo matadero cerrado por el gobierno… sustituyendo a las reses por seres humanos. Una solución al paro difícil de tragar. En Las colinas tienen ojos, los olvidados habitantes del desierto americano se han convertido en incestuosos mutantes antropófagos debido a las pruebas nucleares experimentales del ejército, que les dejaron sin hogar y expuestos a la radiactividad. En el clásico por excelencia del género, Deliverance (ver foto), unos urbanitas liberales y engreídos se verán acosados por un grupo de rednecks lleno de odio y desprecio. La presa convierte las inofensivas maniobras de un equipo de la Guardia Nacional en los pantanos de Louisiana en una batalla a vida o muerte, cuando algunos de sus miembros roban unas canoas pertenecientes a un grupo de cajunes locales…

Todos estos títulos, a la manera brutal del cine de terror, ofrecen una visceral metáfora de la descomposición del país y del olvido al que se ve condenada una parte importante, fundamental, de su población, despreciada, desamparada y abandonada a su suerte. Una población que se convierte en algo monstruoso y amenazador, devorando a sus congéneres, persiguiendo a los forasteros y cazando urbanitas a quienes ya no reconoce como a sus iguales, separados por diferencias de clase y cultura que la crisis ha convertido en abismos insalvables. Por supuesto, es una metáfora cruel y estilizada, que no hace justicia a “los millones de americanos blancos de clase trabajadora”, como explica J. D. Vance, gente para la que “…la pobreza es una tradición familiar: sus antepasados fueron jornaleros en la economía esclavista del Sur, después de eso aparceros, después de eso mineros del carbón, y en tiempos más recientes maquinistas y empleados de acerías. Los estadounidenses los llaman hillbillies, rednecks (cuello rojo) o basura blanca. Yo los llamo vecinos, amigos y familia”. Pero hay una gran lección que aprender de estas películas y otras parecidas: que cuando se despoja a todo un grupo social de identidad, cuando se le olvida no solo en el marco de las políticas sociales y económicas, sino incluso en el del imaginario colectivo, este puede convertirse en un completo extraño en tierra extraña, un peligroso enemigo para aquellos a quienes ya no considera sus compatriotas ni sus iguales.

Si demócratas y liberales estadounidenses no son capaces de recuperar la confianza de esos millones de ciudadanos blancos olvidados que pueblan la Profunda América de la pobreza y la desesperanza, es posible, solo posible, que la próxima Deliverance o la nueva Matanza de Texas sean, Trump mediante, a nivel global.

Jesús Palacios. EL CULTURAL, España, 26-04-2017

 

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