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La lección de Victoria Ocampo a la Legrand

La lección de Victoria Ocampo a la Legrand

La lección de Victoria Ocampo a la Legrand
mayo 04

Con la traducción pasa un poco lo mismo que con la interpretación musical: que para ser fiel en un orden superior hay que ser a veces, como Victoria Ocampo, infiel en el detalle.

El problema de la traducción se volvió los otros días súbita, aunque fugazmente, visible. A cuento de nada, o a cuento de algo que se diluyó en la conversación del almuerzo, Mirtha Legrand contó en su programa de televisión un encuentro con Victoria Ocampo, que la había invitado a tomar el té a su casa de San Isidro. De la charla, Mirtha Legrand recordó únicamente que Victoria se quejaba con aspereza del nivel deficiente que, según ella, tenían entonces las traducciones de literatura al castellano (es probable que todo esto haya pasado a principios de la década de 1970). Entonces Legrand pasó al ataque: “¡Pero Victoria, usted tradujo The Living Room como El cuarto en que se vive!”. “Tiene razón”, dice que dijo Victoria.

Es notable que una conversación sobre la traducción terminara organizándose alrededor de un malentendido: el de quien cree que el título de Graham Greene fue pésimamente vertido (Mirtha), y el de quien parece conceder (Victoria), aunque para dar a entender que, sí, todo tiempo pasado fue mejor para la traducción.

En realidad, la solución de El cuarto en que se vive para The Living Room fue un auténtico golpe de genio, parecido al de J. R. Wilcock cuando llamó El revés de la trama a The Heart of the Matter, también de Greene. En un caso y en el otro, esos títulos, a partir de una comprensión superior, mejoran el original, pero lo hacen con un tipo de perfeccionamiento que solamente advertimos gracias a su singular desvío del punto de partida. Son, en este punto, lecciones ya clásicas de la traducción al castellano, que se remontan sin embargo a la más antigua tradición.

En su epístola dedicada al problema de la traducción del año 395, san Jerónimo había dejado ya una declaración de principios que no envejeció para nada: “En la traducción de los griegos no expreso palabra de palabra, sino sentido de sentido?”.

Lo sabemos: en la sola palabra no está el sentido; el sentido, se diría, es aquello que tiñe la palabra.

Pero la palabra “sentido” también se revela insuficiente. No da el alcance completo de sensus, que también podría admitir ser vertido como “idea”, y así se hizo en traducciones a otras lenguas. Podríamos tomarnos una libertad más y optar -acaso no sin exageración- por “experiencia”.

Si se considera el problema de esta manera, lo que se traduce es ante todo una experiencia de lectura, una experiencia de frase, una experiencia de verso. Con la traducción pasa un poco lo mismo que con la interpretación musical: que para ser fiel en un orden superior hay que ser a veces, como Victoria Ocampo, infiel en el detalle.

Pablo Gianera. LA NACIÓN, Buenos Aires

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En 1898, catorce años antes de que el Titanic zarpara, el marino norteamericano Norman Robertson escribió una novela llamada Futilidad, sobre un lujoso barco que se hunde en su viaje inaugural al chocar con un iceberg en el Atlántico. La nave era la más grande del mundo, con un casco triple, imposible de hundir. Sus pasajeros eran la flor y nata de la aristocracia y no había suficientes botes salvavidas. ¿El nombre del barco imaginario? Titan.

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