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Limpiando el nombre de La Legua

Limpiando el nombre de La Legua

Limpiando el nombre de La Legua

Chile es, junto con Canadá, uno de los países americanos con menores índices de criminalidad, según la OCDE. Sin embargo, mentar La Legua es aludir a un barrio difícil de Santiago, al que los taxistas no quieren ni acercarse y en el que las estadísticas distan de ser tan positivas como en el conjunto del país. Según la web de la secretaría de Seguridad Pública, la comuna San Joaquín, a la que pertenece el vecindario, ha visto incrementarse año tras año los delitos de robo con violencia, lesiones graves y homicidio.

El sacerdote francés Gérard Ouisse –“francés y chileno”, nos corrige– lleva 15 años en el lugar, tratando de cambiar las cosas. Que no han ido a mejor, según se ve. “Desde que llegué –cuenta a Aceprensa–, hay más venta de droga, más violencia. Tenemos a muchos policías aquí. El barrio ha empeorado, porque la droga tiene una atracción tremenda, y van a ella porque hay mucha plata”.

Pero el P. Gérard no se ha quedado cruzado de brazos y se ha puesto a trabajar en la prevención del delito, en atajar sus consecuencias y en ayudar concretamente a la gente, con especial énfasis en los jóvenes. Fruto de su esfuerzo y de la colaboración de muchas manos amigas es el Centro de Salud Vida Nueva, que sirve a los miembros de la comunidad sin hacer distinciones de religión, credo político o conducta social. De hecho, también los delincuentes se han pasado a recibir atención.

Buena acogida, sin distinciones

— P. Ouisse, ¿cómo surge esta iniciativa?

— Cuando llegué a esta parroquia, caminaba por las calles y veía a muchos jóvenes sin rumbo en su vida. Observé que la droga estaba provocando suicidios y calamidades diversas, y decidí abrir un centro psicológico para acompañar a los afectados por los narcóticos. En aquel momento vino a verme gente del gobierno, que me propuso una casa abandonada. Por casualidad me encontré con miembros de una fundación holandesa que nos ayudó a arreglarla y armarla. Buscamos entonces a personas residentes que pudieran acoger a la gente, y ahí comenzamos. Hoy tenemos a diez trabajadores de La Legua que vienen cada día a atender la oficina y dar la bienvenida a las personas. Incuso la directora y la secretaria son de aquí.

Según explica el sacerdote, varias universidades han conocido la iniciativa y enviado a sus egresados o a alumnos de último año de varias especialidades. Es así que el Centro Vida Nueva cuenta con 15 psicólogos que prestan sus servicios a la población, y ha organizado un sector de Medicina Complementaria, con talleres de acupuntura, yoga y, curiosamente, reiki, una especie de terapia que está considerada desprovista de base científica e incompatible con la fe cristiana. Hay además un sector habilitado para la atención dental.

— Tenemos un acuerdo con la Universidad Católica de Santiago, y de martes a viernes vienen estudiantes de último año de Odontología, con sus profesores, que atienden muy profesionalmente a los pacientes. Entre todos, son alrededor de 50 profesionales. El año pasado, 600 personas recibieron sus servicios, que son gratuitos y abiertos para todos los que quieran venir. No preguntamos de dónde proceden, si son católicos o no, si de este barrio o de otro. A todos los estamos acogiendo.

Ni un solo incidente en 13 años

 

La Legua no es exactamente un paraíso de calma. En un reportaje de Crux, el P. Ouisse narra que alguna vez ha debido ir en procesión con un chaleco antibalas, y que ha salido en ocasiones en medio de un tiroteo a pedir que cesen los disparos “en nombre de los niños, de las mujeres, de Jesucristo”.

— Estamos en el sector más peligroso –nos cuenta, y añade un dato interesante–. No tenemos vigilantes, sin embargo: en 13 años no tuvimos un solo asalto, un solo robo. No ha ocurrido nada de eso. No hemos tenido problemas con los delincuentes en nuestra población, porque esto es para todos. Es una riqueza, porque la gente tiene acceso a una atención de salud que estaba fuera de su alcance.

— ¿Han atendido incluso a delincuentes, entiendo?

— Sí, aunque no miramos quién lo es o no. Acogemos a todos sin preguntar. La gente en el barrio está muy agradecida por este centro. Sienten el cariño, el respeto… Las señoras que les atienden a la entrada reciben a todos con un abrazo. No hacemos ninguna diferencia. A los profesionales, además, se les llama por su nombre, y con ello se crea un ambiente familiar. Entre ellos hay católicos, evangélicos, testigos de Jehová, no creyentes… Es de cierta manera algo ecuménico. Una fraternidad entre todos.

— ¿Le parece que, de alguna manera, el centro está contribuyendo a la transformación del barrio?

— Creo que lo hace. Como te decía, la gente normalmente no tiene acceso a la atención psicológica, ¡y hay tantos en nuestra población que sufren depresión, violencia intrafamiliar, separaciones! Bueno, ahora están siendo atendidos por profesionales. Por eso todos salen con una sonrisa, agradecidos. Esa debe ser la característica de nuestro centro.

 

Contra las drogas, cultura, educación, horizontes…

 

La noticia del trabajo que se está haciendo en La Legua ha cruzado el Atlántico y ha llegado a los oídos del Papa Francisco. “El obispo [auxiliar de Santiago, Pedro Ossandon] estuvo el mes pasado en Roma y habló con el Papa, que mandó un mensaje para invitar a las comunidades cristianas, con sus sacerdotes, a luchar contra el narcotráfico y la violencia de las armas. Él sabe bien lo que pasa aquí”, nos dice el P. Ouisse.

Afirma estar convencido de que las cosas cambian cuando cambian las personas, y por ello cuenta cómo, además de atender a las necesidades de salud de la población local, han puesto también el foco en el cambio cultural. En su parroquia, San Cayetano, ensayan desde hace 12 años algunos grupos folclóricos: “Empezamos con un pequeño grupo y hoy son ya 300 niños y jóvenes, de 4 a 25 años. Interpretan música, bailan… Es una buena experiencia, que los ayuda a esquivar la atracción de la droga”.

La web de la diócesis santiaguina ha dedicado un artículo a esta iniciativa. Su iniciadora fue la profesora Fabiola Salinas, a quienes unos amigos de un conjunto artístico le habían dicho que presentarían una pieza en un evento cultural en el barrio, pero después se echaron atrás: “Les daba miedo ir, por las balas y todo lo que dicen de La Legua”, narra. Por eso, y para no quedar mal, la docente organizó a última hora un número de música y danza folclóricas con su hija adolescente y unos sobrinos. Y así surgió el grupo Raipillán, al que aludía el párroco.

El P. Ouisse explica además que se acaban de inaugurar unas 240 viviendas en el vecindario, apartamentos confortables, dignos, un cambio material que tiene que repercutir en la proyección social de la gente.

“Nosotros decimos que la solución no es más carabineros ni más cárcel. Tenemos que trabajar a nivel de educación, de salud, de vivienda; en los sueldos de la gente, en desarrollar proyectos sociales. No, no solo con carabineros”.

Luis Luque. ACEPRENSA, 17-04-2017

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En 1932, el entonces alcalde de Nueva York, James John Walker pronunció un brindis irrepetible al cumplirse el segundo centenario del nacimiento de George Washington:

-En memoria del hombre que supo ser el primero en la guerra, el primero en la paz y el primero en el corazón de sus conciudadanos…

Pero, animado por el vino, continuó:

-Lo que no comprendo es cómo, gustándole tanto ser el primero en todo, se casó con una viuda.

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El mariscal de Francia y presidente de la República, Patrice Maurice Mac·Mahon era un hombre que no brillaba por su inteligencia. Un día, mientras visitaba un hospital, se detuvo ante la cama de un soldado enfermo y se interesó por él.

-¿Qué tiene?- preguntó.

-Fiebre tifoidea tropical- le respondió un médico.

-Mala cosa– replicó Mac·Mahon -O se muere uno o se vuelve tonto. Lo sé porque la tuve cuando estaba en Argel.

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