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La revuelta cultural contra las elites

La revuelta cultural contra las elites

La revuelta cultural contra las elites
abril 20

Poco a poco, los analistas van descifrando las causas del malestar que hay detrás del voto de protesta en Estados Unidos y Europa. Aunque los motivos inmediatos pueden variar de un país a otro, en general hay acuerdo en que los factores económicos han tenido un peso destacado, pero también en que no son los únicos. Ahora que la crisis financiera de 2008 va quedando atrás, ganan importancia las explicaciones centradas en los factores culturales e identitarios.

Junto al descontento por el paro, la desigualdad, la corrupción o los recortes, el grito “no nos representan” –incoado en plena crisis por los movimientos de “indignados”– pretendía denunciar también que las personas al mando del país no eran como las demás ni se ocupaban de los problemas del ciudadano corriente. La quiebra de la confianza en las élites cristalizaba así en una crisis de representación, que todavía hoy sigue animando las peticiones de más democracia directa.

A raíz de la campaña de Trump y del debate sobre el Brexit, se empezó a hacer hincapié en la brecha entre los ganadores y los perdedores de la globalización: de un lado, los trabajadores mejor preparados para triunfar en el mercado global y educados en la apertura a otras culturas; de otro, los de baja cualificación, que sienten amenazados sus empleos por las deslocalizaciones y la inmigración.

La nueva narrativa dominante en los medios conectaba ya de forma expresa los factores económicos con los identitarios, no solo con los políticos. Pero el fin de la recesión mundial, junto con el tirón de los populismos en algunos de los países más igualitarios de Europa, como Suecia, Noruega, Dinamarca u Holanda, está llevando a buscar nuevas explicaciones.

La revolución silenciosa

Una de las que más eco está teniendo ahora es la de los politólogos Ronald Inglehart y Pippa Norris. En un informe titulado Trump, Brexit and the rise of populism: economic have-nots and cultural backlash, sostienen que el rechazo a los valores y estilos de vida progresistas es el factor que mejor explica el creciente voto de protesta en Occidente, aunque no excluyen la relevancia de los motivos económicos.

Inglehart, director de la Encuesta Mundial de Valores, se dio a conocer con su libro The Silent Revolution (1977). En él formuló la hipótesis de que los niveles sin precedentes de seguridad y bienestar alcanzados en las sociedades occidentales durante los años 50 y 60 del siglo XX llevaron al paso de una cultura preocupada principalmente por los “valores materialistas” o de supervivencia a otra volcada en los “valores postmaterialistas” o de autoexpresión.

Un efecto de esta transformación silenciosa, que empezó a hacerse visible en las protestas estudiantiles de finales de los 60, es que los temas de clase –las cuestiones económicas y laborales que más interesaban al movimiento obrero– fueron retirándose del centro de la agenda política. En su lugar, los movimientos sociales de corte libertario lograron colocar otros nuevos que cristalizaron en la aceptación de distintas formas de sexualidad e ideas de familia, el secularismo, el aborto y otras cuestiones éticas, la preocupación por el medio ambiente y el multiculturalismo.

Para Inglehart y Norris, los partidos populistas habrían encontrado una reserva de electores entre los descontentos con la deriva cultural progresista, principalmente las generaciones mayores, y a las que ahora se les dice que sus valores son políticamente incorrectos. De haber sido una “mayoría cultural” privilegiada, como en EE.UU. los wasp (blancos anglosajones y protestantes), habrían pasado a sentirse “marginados en su país”.

Esta perspectiva permite leer en clave cultural la promesa de Trump de “hacer América grande otra vez”. El eslogan no solo apela a la nostalgia de quienes añoran la seguridad económica de una anterior edad dorada, sino también a la de quienes ven amenazado el consenso de fondo –social y cultural– que convirtió a EE.UU. en la locomotora del mundo libre.

Libertarios más que conservadores

La explicación de Inglehart y Norris ayuda a entender por qué, a medida que la izquierda redefine sus prioridades, un sector de sus votantes tradicionales busca amparo en partidos populistas de derechas como el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), el Frente Nacional francés, Alternativa para Alemania o el Partido de la Libertad de Austria.

En efecto, como muestra el informe, desde los años 50 el llamado “voto de clase” ha ido perdiendo relevancia en los países nórdicos, así como en EE.UU., Reino Unido, Francia o Alemania. Entretanto, se ha hecho visible una nueva “polarización centrada en los valores”. Sin embargo, algunas de sus conclusiones son matizables.

Inglehart y Norris hacen mucho hincapié en la brecha generacional, agravada por el “resentimiento” de las generaciones mayores que asisten al “deterioro de sus privilegios y su estatus”. Pero no hay que olvidar que la revuelta contra las élites progresistas también es un fenómeno de jóvenes. Según un sondeo de Ipsos/Steria para las elecciones europeas, citado por la socióloga Belén Barreiro, el Frente Nacional era la fuerza política favorita entre los jóvenes de entre 18 y 34 años, mientras que para los mayores de 60 era la segunda opción.

Tampoco encaja la identificación entre valores conservadores y populismo. Si el ascenso populista nace de una reacción contra la visión de las élites progresistas en cuestiones morales, ¿qué hacen los descontentos votando al Partido por la Libertad holandés, al Frente Nacional o al Partido Popular Danés? Como explica Sasha Polakow-Suransky en The Guardian, estos partidos han querido distanciarse de la derecha tradicional con una nueva marca que aúna laicismo, progresismo en cuestiones sociales y mano dura con la inmigración, sobre todo musulmana.

Son las mismas señas de identidad que caracterizan a la llamada derecha alternativa o “alt-right”, un movimiento de protesta contra la corrección política surgido en EE.UU. y Canadá. Este movimiento radical atrae sobre todo a universitarios afines a la ideología libertaria, más preocupados por la raza y “la reconstrucción de la identidad blanca” que por la religión o los valores morales.

Miedo al islam

Lo que parece unir a líderes populistas como Marine Le Pen y Geert Wilders es el miedo a la “islamización” de Europa. De ahí que el laicismo y la defensa de una libertad de expresión absoluta sean sus principales armas políticas. Y aunque Wilders habla de defender la tradición judeo-cristiana, no tiene inconveniente en incluir a “las Iglesias” entre las élites que hoy conspiran contra esa herencia.

Tal y como ellos lo entienden, los musulmanes traen unos valores que son incompatibles con las formas de vida de Occidente. Pero no es la salvaguarda del cristianismo lo que les preocupa. “Si la población musulmana en Europa amenaza algo –sostiene William McGurn en The Wall Street Journal– es el estrecho y áspero laicismo que reemplazó hace tiempo al cristianismo como credo dominante en el continente”. De hecho, añade McGurn citando a otro periodista, el cristianismo –que no entiende de fronteras ni de razas– es una amenaza para el proyecto populista.

Precisamente un día después de las elecciones en Holanda, el politólogo Eric Kaufmann publicó un análisis en el blog de la London School of Economics, en el que relaciona el auge de los partidos populistas de derechas en Europa con la inquietud ante la proyección del aumento de la población musulmana en 2030. Aunque las estimaciones demográficas no se corresponden siempre con la percepción de los ciudadanos, se observa que allí donde se espera que la población musulmana crezca más (Francia, Suecia, Austria, Holanda, Suiza, Reino Unido, Noruega, Dinamarca), los populistas están más fuertes que en otros países donde la población musulmana crecerá menos (Portugal, Islandia, Irlanda, España).

Tampoco a Trump parece moverle la defensa de las tradiciones cristianas cuando prohíbe la entrada a EE.UU. de inmigrantes y refugiados de países de mayoría musulmana. Su prioridad es la seguridad, así como un nacionalismo económico de fuertes tintes identitarios. Si se alinea con las bases republicanas en algunos debates éticos, como la prohibición de financiar con el dinero de los contribuyentes el aborto en el extranjero o la promesa de revocar el “mandato anticonceptivo” de la Administración Obama, es más porque se tratan de temas de partido que porque el presidente tenga un interés especial en las guerras culturales (ver Aceprensa, 26-10-2016).

Por otra parte, los “votantes de valores” estadounidenses no apoyan en bloque a Trump. Destacados intelectuales católicos, como Robert P. George y George Weigel, desaconsejaron votarle durante las primarias republicanas. Sin embargo, otros intelectuales conservadores defendieron con igual convicción que votar a Trump era un “mal menor” frente al progresismo de Clinton (ver Aceprensa, 16-09-2016). Apoyaron a Trump porque pensaron que así tendrían más libertad para impulsar su propia agenda moral, no la del nuevo presidente.

Entre las filas de los partidos populistas siempre habrá simpatizantes que respaldan sus programas de forma incondicional. Quizá el reto más difícil es interpretar qué quieren y contra qué protestan los que les votan sin estar de acuerdo en todo con ellos.

Juan Meseguer. ACEPRENSA, 10-04-2017

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Aprovechando una visita a Londres, la reina Luisa de Suecia decidió hacer una escapadita por la ciudad para visitarla. Salió de “excursión” sin escolta ni documentación y al atravesar una calle, un autobús estuvo a punto de atropellarla.

Así que, como precaución, se colgó un letrero en su cartera que decía:

«Soy la reina de Suecia»

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Cada vez que salía de caza, el rey Luis XIV mandaba llevar consigo 40 botellas de vino, las cuales no solía beberse y que acababan siendo consumidas por sus criados.

Un día tuvo sed y pidió un vaso de vino.

-Se acabó, majestad- le contestó su ayudante

-¿Pues no trajeron las 40 botellas que he mandado?

-Sí, señor, pero…

-En lo sucesivo- concluyó el rey -que se traigan 41, para que haya una para mí.

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