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VOY A SER ORIGINAL

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Lillian Calm escribe: “No me referiré a ofertones turísticos ni al precio del pescado. Tampoco a la congestión vehicular en carreteras y ¡para qué decir!, en las plazas de peaje. Escribiré sobre el único tema que nos detiene en estos días. Me refiero al tema de los temas”.

Sí. He decidido ser original y dedicar esta columna a lo que verdaderamente ocurre durante esta semana. Durante esta santa semana.

Me explico:  no me referiré a ofertones turísticos ni al precio del pescado. Tampoco a la congestión vehicular en carreteras y ¡para qué decir!, en las plazas de peaje.

Escribiré sobre el único tema que nos detiene en estos días. Me refiero al tema de los temas.

Pero, desgraciadamente, como escribía al principio, pienso que al referirme a la Semana Santa y a la Pasión de Cristo,  estoy siendo… hasta original.

En todo caso me encuentro con un problema. Esa pasión, la Pasión, me queda grande, muy grande, y por ello recurro –me parece que ya lo hice hace varios años- a las páginas de Ana Catalina Emmerick.

¿Quién era ella? Una mística alemana (1774-1824) y religiosa agustina, beatificada por Juan Pablo II. Experimentó visiones y vivió éxtasis; también sufrió estigmatizaciones junto a la Pasión, pero asimismo se adentró en otros momentos de la vida de Jesús.

Ya enferma e inválida, el escritor alemán Clemens Brentano concurría a verla y tomaba notas de los relatos que le hacía la vidente. Luego pasaba en limpio los apuntes, y regresaba para leérselos y comprobar que eran fieles a sus recuerdos.

Son recuerdos que ayudan a centrarse en la vida, en la persona, de Jesucristo. El libro sobre la Pasión -y que inspiró el filme que lleva precisamente el título “La Pasión de Cristo”, dirigido por Mel Gibson-, estremece con sus páginas. Me detendré ahora en algunos de sus párrafos y sugiero (sí, es una simple sugerencia) leerlos textualmente hasta el final, si de veras queremos adentrarnos en lo que ocurrió y ocurre en cada Semana Santa.

Le dejo la palabra a Ana Catalina Emmerick:

“Los verdugos condujeron a Jesús al centro de la plaza, adonde fueron los esclavos a dejar la cruz a sus pies. Los dos brazos estaban provisionalmente atados a la pieza principal con cuerdas. Jesús se arrodilló, la abrazó y la besó tres veces, dirigiendo a su Padre acciones de gracias por la Redención del género humano.

“Los soldados, con gran esfuerzo, colocaron la pesada carga de la cruz sobre el hombro derecho de Jesús. Vi a ángeles invisibles ayudarlo, pues si no, no hubiera podido con ella…

“Mediante cuerdas atadas al pie de la cruz, dos soldados la sujetaban en el aire por detrás; otros cuatro sostenían las cuerdas atadas a la cintura de Jesús.

“A pocos pasos, seguía un numeroso grupo de hombres y chiquillos, que llevaban cordeles, clavos, cuñas y cestas que contenían diferentes objetos; otros, más robustos acarreaban palos, escaleras y las piezas principales de las cruces de los dos ladrones.

“Finalmente, iba Nuestro Señor, con los pies desnudos y ensangrentados, abrumado bajo el peso de la cruz, temblando, y lleno de llagas y heridas, sin haber comido, ni bebido, ni dormido desde la cena de la víspera, debilitado por la pérdida de sangre; devorado por la fiebre y la sed, y asaeteado por dolores infinitos; con la mano derecha sostenía la cruz sobre su hombro derecho; con la mano izquierda, exhausta, hacía de cuando en cuando el esfuerzo de levantarse su larga túnica, con la que tropezaban sus pies heridos.

“…sus manos estaban heridas por las cuerdas con que las había tenido atadas, su cara estaba ensangrentada e hinchada; su barba y sus cabellos manchados de sangre, el peso de la cruz y las cadenas apretaban contra su cuerpo el vestido de lana, que se pegaba a sus llagas y las abría. A su alrededor no había más que burlas y crueldades, pero su boca rezaba y sus ojos perdonaban.

“La calle por donde pasaba Jesús era muy estrecha y sucia; sufrió mucho pasando por allí, porque los esbirros lo atormentaban con las cuerdas; el pueblo lo injuriaba desde las ventanas, los esclavos le tiraban lodo e inmundicias, y hasta los niños cogían piedras y se las lanzaban o se las echaban bajo los pies.

“A ambos lados del camino había mujeres llorando y niños asustados. Sostenido por un socorro sobrenatural, Jesús levantó la cabeza; y aquellos hombres atroces, en lugar de aliviar sus tormentos, le pusieron entonces la corona de espinas. Una vez lo hubieron puesto en pie, le cargaron de nuevo la cruz sobre los hombros y, a causa de la corona, con dolores infinitos, tuvo que ladear la cabeza para poder acomodar sobre su hombro el peso de la cruz y así continuó su camino, cada vez más duro.

“… Jesús, al pasar sobre una piedra gruesa, tropezó y cayó (…) Ya no se pudo levantar (…) A poca distancia vieron a un pagano llamado Simón el Cireneo (…) Simón estaba muy disgustado y se sentía vejado al tener que caminar junto a un hombre que se hallaba en tan deplorable estado como Jesús: sucio, herido y con la ropa llena de lodo. Pero Jesús lloraba y lo miraba con tal ternura que Simón se sintió conmovido. Lo ayudó a levantarse y al instante los esbirros ataron sobre sus hombros uno de los brazos de la cruz. Él iba detrás de Jesús, a quien había aliviado de su carga.

“Se pusieron otra vez en marcha. Simón era un hombre robusto, de cuarenta años; Simón no había acarreado durante mucho rato la cruz, cuando se sintió profundamente tocado por la gracia”.

Hasta ahí las citas de Ana Catalina. Cruentas, sin duda. Pero incluso muchísima más cruenta fue, es, la Pasión de Jesucristo.

Lillian Calm

Periodista

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En 1932, el entonces alcalde de Nueva York, James John Walker pronunció un brindis irrepetible al cumplirse el segundo centenario del nacimiento de George Washington:

-En memoria del hombre que supo ser el primero en la guerra, el primero en la paz y el primero en el corazón de sus conciudadanos…

Pero, animado por el vino, continuó:

-Lo que no comprendo es cómo, gustándole tanto ser el primero en todo, se casó con una viuda.

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El mariscal de Francia y presidente de la República, Patrice Maurice Mac·Mahon era un hombre que no brillaba por su inteligencia. Un día, mientras visitaba un hospital, se detuvo ante la cama de un soldado enfermo y se interesó por él.

-¿Qué tiene?- preguntó.

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-Mala cosa– replicó Mac·Mahon -O se muere uno o se vuelve tonto. Lo sé porque la tuve cuando estaba en Argel.

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