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“La gente”: frases sin contenido

“La gente”: frases sin contenido

“La gente”: frases sin contenido

Si hay una expresión verdaderamente abusada por la política es eso de “la gente” que se usa intercambiada con “la ciudadanía”. Dos categorías que realmente no significan nada y justifican todo.

 

“La gente me conoce, vamos a consultar a la gente, la cercanía a la gente, el programa emana en la gente, este es un gobierno de la gente, lo que la gente quiere. Lo que la gente piensa. Lo que la gente espera. La gente nos dice. La gente nos pide”, etc. Son solo palabras vacías y demagógicamente engañosas. Quizás quieren referirse al ciudadano medio, o común, lo que es una enorme falta de respeto al individuo o la persona. La gente es un sinónimo de ovejas.

La gente es una categoría que es parte de la lógica de los conjuntos. Hay distintos (no mejores ni peores) tipos de gente, por ejemplo los religiosos, los políticos, los de dinero, los de la calle, los deportistas, estudiantes, ancianos. Por lo tanto, la gente es solo un grupo con algunas propiedades cualitativas en común, por eso la sociedad tiene muchísimos tipos de grupos. La gente desde el punto de vista cuantitativo es básicamente pura estadística. Hablar de “la gente” de verdad es una muy mala caricatura de la realidad.

En consecuencia, “la gente” (el colectivo), como tal, no piensa, solo lo hacen las personas, y hoy las máquinas ya empiezan a pensar de manera real, tema que ni siquiera está presente en nuestra política actual y que será determinante en el futuro, especialmente para la educación. ¿Qué pensará la gente acerca de la computación cognitiva, la epigenética, la web 3.0, o de los multiversos? En la era del conocimiento el concepto de la gente es un absurdo. La sociedad del conocimiento, como la del capital, es por esencia elitista y por ello el tema central de la educación no es la gratuidad sino primero la calidad, luego el acceso, finalmente el financiamiento. Por eso la educación está retrocediendo aceleradamente con este gobierno.

“La gente” total en nuestro país son 17 millones de personas, no ovejas ni ruts. Pero muchos pertenecen a varios conjuntos de “gente” lo que hace bien complejo el tema. ¿Cómo podríamos entonces escuchar a la gente? ¿Quién sería representativo de la gente? Bueno, la escuchamos en las elecciones, y también se tratan de modelar en las encuestas o en estudios sociológicos y por cierto las estadísticas. Son abstracciones. Las encuestas son efectivamente una clara indicación de lo que probablemente “piensa la gente”. Por eso es más que curioso escuchar a los gobiernos que dicen que escuchan a la gente pero no se guían por las encuestas, que igual se equivocan. Solo demagogia. La verdad es que jamás escuchan a la gente sino básicamente a sus partidarios. La izquierda tiene una larga tradición de gobernar para los suyos y no para todos. Por eso generan tanto conflicto y odiosidad.

Otro tema profundo que está relacionado, es el de la verdad y las mayorías. Las mayorías se equivocan muy a menudo, por efectos claros de psicología social y comportamientos de masas. La mayoría de los alemanes apoyaron a Hitler y los rusos a Lenin. La gente sigue las ideas de los líderes, no al revés. Quién diga lo contrario es probablemente un populista más.

¿Tendría sentido someter a la votación de la gente por ejemplo, la ley de gravedad? ¿Newton versus Einstein? O quizás someter a votación, ¿la existencia de Dios? No todos los espacios de la realidad pertenecen “a la gente”, los hay muchos más que pertenecen a la persona. Por ello es tan fundamental la libertad y responsabilidad personal. El ser humano lucha por ser diferente, único, especial, por destacarse del grupo o “de la gente” como promedios. No hay dos seres humanos iguales, ni siquiera los gemelos. ¿Qué sentido tiene entonces la igualdad? Bueno efectivamente lo tiene en algunos ámbitos como la ley, las oportunidades, y otros, pero ello para lograr finalmente diferenciarse. La unidad en la diversidad es el viejo anhelo de los defensores de la libertad que en consecuencia son adversarios del socialismo que trata de ecualizar a “la gente”.

Somos todos humanos, pero tenemos el desafío de convertirnos en personas, no en “la gente”. Jung agregó la importancia de encontrar el sí mismo en lo inconsciente, y que llamó proceso de individuación (que no es lo mismo que individualismo).

La gente es una expresión propia del totalitarismo, del populismo y la demagogia, de la superficialidad intelectual, de la manipulación y por cierto de la profunda ignorancia de lo que es realmente ser humanos. Los políticos hablan de la gente casi como del vulgo y conlleva un profundo desprecio a la persona y su sentido vital.

Invito entonces a increpar públicamente a todos quienes hablan de “la gente”, como si supieran de qué están hablando.

Blog de Sergio Melnick. LA TERCERA, 09-04-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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