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El derecho a la imprudencia

El derecho a la imprudencia

El derecho a la imprudencia

En los últimos tiempos se ha hablado mucho en los campus americanos y británicos de las agresiones sexuales a mujeres. En los círculos feministas radicales se denuncia incluso una “cultura de la violación”, que amenazaría a cualquier mujer por el mero hecho de serlo. En algunas universidades se han organizado cursos sobre qué quiere decir sexo consentido, cosa que por lo visto la educación sexual desde primaria no ha dejado clara.

Pero, a juzgar por no pocos casos, habría que ofrecer también cursos sobre un tema tan apasionante como normas de prudencia en la bebida y en las fiestas. Pues más que atribuir el problema a las ideas machistas, habría que pensar en el influjo de los vapores etílicos sobre el cerebro de hombres y mujeres. La relación entre alcohol y sexo ha sido incluso materia de algún estudio científico reciente, que ha confirmado lo que la humanidad sabe desde hace milenios: que el alcohol quita las inhibiciones en la conducta sexual.

De ahí que mantener la cabeza clara es una medida sensata para evitar esas situaciones equívocas en las que el consentimiento sexual es más confuso que explícito. Pues la culpabilidad del agresor no excusa la imprudencia de la víctima. Es lo que le ha recordado una mujer juez de Manchester a la víctima de una violación, una chica de 19 años. La chica había estado bebiendo alcohol y había inhalado una droga, antes de que fuera violada por un joven al que conoció esa noche.

El agresor fue condenado a seis años de cárcel, pero en el momento de la sentencia la juez, Lindsey Kushner, quiso advertir a la víctima que debería tener más cuidado y evitar las borracheras. Kushner dijo que, “como mujer juez”, creía su deber advertir a las mujeres que se protegieran a sí mismas de los depredadores sexuales que gravitan en torno a mujeres borrachas.

La advertencia desató el acostumbrado coro de feministas indignadas, escandalizadas de que se “echara la culpa a la víctima”. Las palabras de la juez fueron tachadas de “equivocadas” y “ultrajantes”. La víctima, en cambio, consideró que la juez le había dado “un buen consejo”. Aunque pensaba que ella no tenía la culpa de lo ocurrido, sí reconocía que “me puse en esa situación y debo ser más cuidadosa”.

Pero en la cultura del sexo desinhibido, se pretende llegar a un exquisito consentimiento final, sin ninguna prudencia en todo lo anterior. De modo que la gente más prudente es tildada a menudo de reprimida. Así se ha visto en algunos comentarios sarcásticos sobre la “revelación” (en realidad data de hace 15 años) de que el vicepresidente americano Mike Pence tiene por norma no comer solo con otra mujer que no sea su esposa, y que no acepta invitaciones a eventos en los que se sirve alcohol si ella no está con él.

Después de tantos comentarios sobre la grosería de Trump con las mujeres, debería ser vista con buenos ojos esta disciplina perfectamente respetable que Pence adopta. También puede ser un signo de la prudencia de un político, que no quiere dar motivos para que alguien le monte un escándalo. Lo cual tampoco quiere decir que sea un misógino, pues los testimonios de mujeres que han trabajado con él coinciden en que se sintieron siempre respetadas y valoradas.

Es cierto que comer solo con una mujer no implica que uno esté preparándose para traicionar a su esposa. Pero quizá lo que no sea un problema para uno lo sea para otro. Y también dependerá de quién es la otra. En cualquier caso, cada uno es muy libre de seguir la norma que considera mejor en su caso. Ahora que algunos reivindican el derecho a elegir el género contrario a su sexo, lo menos que se puede hacer es respetar la elección de con quién quiere uno comer.

Pero como cualquier cosa que proceda de la Administración Trump tiene que ser criticada, hasta ha habido voces que han señalado que la conducta de Pence a la hora de elegir con quién comer alimenta la “cultura de la violación”. El “razonamiento” es que al evitar comer solo con una mujer perpetúa el estereotipo sexista de la mujer como incitación al pecado. “En esencia, la prohibición que Pence se autoimpone es cultura de la violación”, escribe una comentarista. Lo cual indica que la “cultura de la violación” es uno de esos rótulos que igual pueden servir para descalificar al que acosa a una mujer que al que la ignora.

Lo que está claro es que la prudencia de Pence no hace daño a nadie, mientras que la imprudencia de otros y de otras es una fuente de problemas.

Ignacio Aréchaga. ACEPRENSA, 11-04-2017

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En 1932, el entonces alcalde de Nueva York, James John Walker pronunció un brindis irrepetible al cumplirse el segundo centenario del nacimiento de George Washington:

-En memoria del hombre que supo ser el primero en la guerra, el primero en la paz y el primero en el corazón de sus conciudadanos…

Pero, animado por el vino, continuó:

-Lo que no comprendo es cómo, gustándole tanto ser el primero en todo, se casó con una viuda.

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El mariscal de Francia y presidente de la República, Patrice Maurice Mac·Mahon era un hombre que no brillaba por su inteligencia. Un día, mientras visitaba un hospital, se detuvo ante la cama de un soldado enfermo y se interesó por él.

-¿Qué tiene?- preguntó.

-Fiebre tifoidea tropical- le respondió un médico.

-Mala cosa– replicó Mac·Mahon -O se muere uno o se vuelve tonto. Lo sé porque la tuve cuando estaba en Argel.

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