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Como tú no hay otra igual

Como tú no hay otra igual

Como tú no hay otra igual

“Injusto con Pedro Montt, el cambio de nombre de la avenida atentaría también contra la cultura y la historia de Valparaíso. Los nombres de las calles con el paso del tiempo se transforman en bienes colectivos…”.

 El típico vals “La joya del Pacífico”, célebre en la voz de Lucho Barrios, ha sido recordado en estos días, cuando un miembro del concejo municipal de Valparaíso propuso rebautizar la tradicional Avenida Pedro Montt como Avenida Violeta Parra. En aquella canción se ensalzan los hermosos lugares de nuestro “puerto principal” y se consigna la calle en cuestión: “La Plaza de la Victoria es un centro social, oh Avenida Pedro Montt como tú no hay otra igual…”.

Lo que más sorprende es la razón por la que se propone privar a la avenida de su nombre más que centenario: no correspondería rendir homenaje al Presidente de la República bajo cuyo mandato se produjo la masacre de la Escuela Santa María de Iquique en diciembre de 1907.

Se olvida que el nombre de la avenida fue colocado, ya fallecido don Pedro, en reconocimiento de sus esfuerzos en pro de la reconstrucción de la ciudad después de que fuera devastada por el terremoto de 1906. Tres años demoró esa labor, y para financiarla el Presidente Montt consiguió la aprobación de varias leyes que destinaron cuantiosos fondos del erario público, a pesar del mal estado de la economía nacional corroída por la crisis bursátil, la emisión de dinero sin respaldo y la consiguiente inflación.

Si ahora se quitara su nombre a la avenida, se incurriría en un agravio inmerecido a una personalidad histórica a cuya gestión la ciudad le debe mucho. Además que siguiendo el mismo criterio -esto es, que no deberían bautizarse calles con nombres de gobernantes bajo cuyo mandato se cometieron crímenes-, pocas se salvarían. Habría que buscar nuevo nombre a la santiaguina Avenida Bernardo O’Higgins, puesto que durante su gobierno se cometió el innoble asesinato de Manuel Rodríguez. Tampoco se libraría la Avenida José Miguel Carrera, si se tiene en cuenta que el prócer chileno, aliado con indígenas de la pampa argentina, asaltó poblaciones indefensas de ese vecino país. Para qué hablar de Balmaceda y la matanza de Lo Cañas, de Alessandri Palma y el fusilamiento en la escalera del Seguro Obrero, o del mismo Frei Montalva y la masacre de Pampa Irigoin.

En cualquier caso, es injusto responsabilizar a Pedro Montt de la tragedia de Iquique. Si se consideran los hechos, se verá que la responsabilidad de la sangrienta represión de los obreros huelguistas debe recaer en el ministro del Interior, Rafael Sotomayor, y en el general Roberto Silva, quienes pensaban que el orden público debía ser mantenido a sangre y fuego. A esa actitud se unió la intransigencia de los dueños de las salitreras que se opusieron a los múltiples intentos por encontrar una solución negociada. Esta visión autoritaria era, lamentablemente, compartida por la clase política de la época. Solo tres diputados alzaron sus voces para interpelar al ministro Sotomayor. Ninguno de ellos, sin embargo, pretendió culpar al Presidente. Por el contrario, los antecedentes muestran que en algún momento don Pedro, pese a la estrechez de las arcas fiscales, ofreció financiar la mitad del aumento de salario que pedían los obreros. La propuesta fue rechazada por los empresarios; no era cuestión de dinero -sostuvieron, haciéndose los ofendidos por la oferta presidencial-, sino de autoridad moral.

Injusto con Pedro Montt, el cambio de nombre de la avenida atentaría también contra la cultura y la historia de Valparaíso. Los nombres de las calles con el paso del tiempo se transforman en bienes colectivos, que otorgan una identidad propia a los barrios, poblaciones y ciudades, más allá de qué personaje o hecho histórico recuerden. Debieran recibir un trato más respetuoso por parte de las autoridades y no quedar al arbitrio de las veleidades políticas de los miembros de un concejo municipal.

El alcalde Sharp ha dicho que, aunque considera “saludable” la discusión, su gestión tiene otras prioridades, de modo que, por ahora, la amenazada Avenida Pedro Montt puede respirar tranquila. Podemos imaginarla cantándole a la municipalidad, con la lastimera voz de don Lucho: “Porteña buenamoza, no me hagas sufrir más”.

Columna de Hernán Corral. EL MERCURIO, 06-04-2017

 

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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