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Un jefe en pañales

Un jefe en pañales

Un jefe en pañales

Sugerente película de animación sobre la imaginación infantil y la figura del príncipe destronado, contada con gran sentido del humor.

Tim cuenta en primera persona, más adelante sabremos por qué, cómo fue y qué supuso el nacimiento de su hermanito, cuando él tenía siete años y había reinado felizmente en un hogar en el que sólo había tres personas: sus padres y él. El nuevo bebé apareció como un intruso cuya misión consistía en arrebatarle el amor de sus padres y relegarle al olvido.

La nueva película de Tom McGrath, autor de la saga Madagascar, adapta un libro de Marla Frazee que tiene tres interesantes ideas de fondo: la imaginación infantil, el príncipe destronado y cómo los animales domésticos sustituyen a los niños en los hogares modernos. Con gracia vemos cómo Tim pasa de la sorpresa al rechazo del bebé, para después descubrir que el mejor regalo que puede tener un niño es un hermano. La fantasía que construye para convertir al hermanito está a caballo entre aquellos Mira quién habla y Cigüeñas, y formalmente debe mucho a Megamind, también de McGrath.

Además de la calidad de la animación, que mezcla oportunamente imagen en 3D generada por ordenador con algunos dibujos sencillos realizados a mano, los dos puntos fuertes de esta cinta son su ritmo y la facilidad que tiene para parodiar numerosas situaciones de la vida cotidiana. También son acertados sus guiños a escenas clásicas del cine de aventuras que, llevadas al mundo de los bebés funcionan siempre. Este recurso al humor permite transmitir las ideas principales con facilidad. El punto más débil es el acabado del guion, que solo cuenta con dos personajes bien definidos: Tim y su hermanito, mientras que el resto son simples figurantes. Se echa en falta un soporte más sólido y se puede soñar con lo que habría podido dar de sí esta historia.

Fernando Gil-Delgado. ACEPRENSA, 12-04-2017

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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