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El Iconostasio. Una teoría de la estética

El Iconostasio. Una teoría de la estética

El Iconostasio. Una teoría de la estética
abril 12

Autor: Pável Florenski.Sígueme.Salamanca (2016).203 págs.18 €.Traducción: Natalia Timoshenko Kuznetsova

Los iconos no son simples objetos artísticos: poseen un complejo y rico sentido religioso y han determinado una forma de ver el mundo y de entender el arte. Para la visión occidental, que considera el arte como una expresión de la interioridad del artista o de su peculiar manera de ver el mundo, la perspectiva invertida del icono y su naturaleza simbólica acaso resulten demasiado extrañas. Lo cual indicaría que el originario alcance sagrado de lo artístico se ha ido diluyendo a lo largo de los siglos.

Lo icónico es el centro tanto de la teoría estética como de la teología de Pável Florenski (1882-1937), conocido por su prolífica genialidad como el “Da Vinci ruso”. Florenski fue uno de los pensadores ortodoxos de mayor nervio especulativo, con sugestivas contribuciones y con una trayectoria vital marcada por la fe y el saber, y pasó por el Gulag antes de ser fusilado en 1937. En concreto, El iconostasio es una obra inclasificable para nuestra mente analítica; desborda nuestras rígidas fronteras disciplinarias y mezcla la espiritualidad con la estética, lo teológico con lo filosófico y, en fin, lo humano con lo divino.

Cuando Florenski contrapone la perspectiva invertida del icono a la lineal, dominante en el arte occidental desde el Renacimiento, lo hace para explicar que el arte religioso tiene la pretensión de encarnar lo sobrenatural. En el icono no se ansía trasladar una experiencia mística, sino realzar la transfiguración de lo creado operado por la visión beatífica. Es, por tanto, una auténtica revelación, lo que explica el exhaustivo ritual de la “escritura” del icono, sus fases casi litúrgicas, la supervisión eclesiástica y la necesidad de ajustarse al canon. Conforma un testimonio objetivo del “mundo celeste”.

El icono y el iconostasio interesan a Florenski en la medida en que son el intersticio o el punto de contacto entre inmanencia y transcendencia, de modo que invitan a franquear lo terrenal y muestran las huellas de lo sagrado. Florenski critica el desarrollo del arte occidental y sostiene que tanto el catolicismo como el protestantismo no han sido capaces de resistir los impulsos sensualistas y prometeicos de corrientes artísticas más secularizadoras. Al perder su contacto con la transcendencia, el arte extravía su naturaleza simbólica; al convertirse en una forma de expresión inmanente, pierde su aura.

Hay mucho más contenido en este libro de apenas 200 páginas. La reflexión sobre el rostro, que se puede convertir en máscara por el peso del pecado, o en semblante, por el toque de la gracia, es fascinante. Indudablemente platónica, esta profunda obra de Florenski puede servir para adentrarse en la espiritualidad, la teología y la tradición artística ortodoxa y para conocer una importante fuente, desgraciadamente olvidada, de nuestra cultura.

Josemaría Carabante. ACEPRENSA, 12-04-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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