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Silencio

Silencio

Silencio

Director: Martin Scorsese.Guion: Martin Scorsese y Jay Cocks, a partir de la novela de Shusaku Endo.Intérpretes: Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Tadanobu Asano, Yosuke Kubozuka, Ciarán Hinds, Issei Ogata.162 min.Jóvenes.(V)

La persecución contra los cristianos en el Japón del siglo XVII, en un relato complejo y oscuro, original de Shusaku Endo. Endo refleja con toda dureza el sufrimiento y la duda ante la alternativa entre apostatar o morir a la que se enfrentaban los cristianos japoneses durante la persecución del siglo XVII.

Segunda mitad del siglo XVII. La labor misionera de los jesuitas en Japón peligra, arrecia la persecución con numerosos mártires y corren rumores de que el padre Ferreira ha apostatado. No quieren creerlo sus discípulos Rodrigues y Garupe, que piden a su superior ser enviados para ayudar a los cristianos que ahí quedan, y averiguar qué ha sido de Ferreira. Les guiará Kichijiro, que abjuró de la fe cuando toda su familia fue masacrada.

Inspirada adaptación de la novela de Shusaku Endo a cargo de Martin Scorsese, quien firma el guion con Jay Cocks: no asumía este rol desde 1995 con Casino, lo que da idea de que nos encontramos ante un proyecto muy personal. No en balde, y según su propia confesión, la idea de la película le ronda en la cabeza desde 1989, el año en que descubrió la obra de Endo, tras ser fuertemente contestado por La última tentación de Cristo, mirada tosca y parcial a la misión redentora de Jesús.

En Silencio hay una visión más trabajada y honda del cristianismo. Scorsese ha interiorizado los temas propuestos por una novela difícil y oscura, pero también esperanzada, que aborda la idea de predicar el evangelio y no ser entendidos por personas de distinto bagaje cultural, con esquemas mentales muy diversos: esa “ciénaga de Japón”, donde las raíces de lo plantado se pudren. Por lo que ha manifestado en alguna entrevista, el cineasta parece además haberse visto reflejado en los misioneros que, a veces, no logran hacerse entender, algo que a él también le habría ocurrido con su modo de abordar la figura de Cristo 30 años atrás.

Sorprende la fidelidad de Scorsese a Endo, que pinta con acierto la sencillez de los campesinos y su fe elemental y recia, que les lleva a confiarse a los “padres”. También el tremendo dilema de rechazar la fe por las torturas con que amenazan los perseguidores, que afecta tanto a los nativos como a los misioneros. En el caso de los segundos, la tentación es más cruel y con muchas capas, pues la amenaza de matar a los fieles, independientemente de que abjuren o no, pesa sobre los jesuitas, que salvarían sus vidas si lo hicieran ellos. El silencio de Dios hace la prueba aún más difícil. Una de las cuestiones que explora el film es el de a qué llamamos fortaleza, y a qué debilidad, algo muy presente en la relación que se forja entre Rodrigues y Kichijiro, poderosamente presentada en la pantalla: el primero busca el rostro de Jesús, es su modelo, pero imitarlo puede suponer pretender suplantarlo; el otro se atormenta por su flojera a la hora de sostener sus creencias, y piensa que en otras circunstancias habría sido un buen cristiano.

Técnica muy habitual en Scorsese, recurre a la voz en off. La narración del padre Rodrigues, a la que sustituye en el último tramo la de un comerciante holandés, aunque muy presente, no fatiga, y tiene su lógica. Quizá porque el ensamblaje de las piezas del guion es perfecto, y porque las imágenes son muy bellas: la fotografía de Rodrigo Prieto sabe conceder al relato enorme poderío visual con el uso inteligente de la luz, la niebla y el humo, sin colisionar con la abundancia de palabras, que a veces son sustituidas por lo que vemos.

Los actores saben prestar humanidad, y por tanto, espiritualidad, a sus personajes. Andrew Garfield y Adam Driver, que interpretan a los dos jóvenes jesuitas, han destacado el mismo año por Hasta el último hombre y Paterson; pero también Liam Neeson –el padre Ferreira– y todos los secundarios japoneses, especialmente Yosuke Kubozuka, Yoshi Oida y Shinya Tsukamoto, encarnando al apestado y a dos ancianos venerables.

José María Aresté. ACEPRENSA

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-¿Qué tiene?- preguntó.

-Fiebre tifoidea tropical- le respondió un médico.

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-En memoria del hombre que supo ser el primero en la guerra, el primero en la paz y el primero en el corazón de sus conciudadanos…

Pero, animado por el vino, continuó:

-Lo que no comprendo es cómo, gustándole tanto ser el primero en todo, se casó con una viuda.

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