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Salvemos la sala de clases

Salvemos la sala de clases

Salvemos la sala de clases

“Asistir a clases es un derecho de los estudiantes, pero constituye también un deber. Es inusual que un derecho sea a la vez un deber, pero puede ocurrir…”.

Las salas de clases de los recintos universitarios empezaron a vaciarse hace tiempo. Con modalidad de asistencia libre son muchos los estudiantes que no van, y con régimen de asistencia obligatoria lo mismo. Cuentan con que al término del semestre se harán excepciones y que la negociación que sigue a los habituales paros y tomas podrá eximirlos del deber de reunir una mínima asistencia para presentarse a exámenes.

Asistencia libre suena bien porque la libertad es un valor, aunque en este caso se trata de un contrasentido: si alguien financia la universidad de un joven -él mismo con cargo a rentas futuras, sus padres, el Estado, una beca de la propia universidad-, ¿cómo entender que no vayan a clases? Al iniciar cada semestre académico suelo decir a mis alumnos que esa conducta es tan poco racional como comprar una entrada para el cine y quedarse comiendo helados en el patio de comidas. Un argumento económico, es cierto, mas no por eso desdeñable. Parte importante de la formación que en una determinada disciplina persigue un universitario tiene lugar al interior de las salas de clases, de manera que es sumamente extraño que, habiendo obtenido una matrícula, algunos jóvenes renuncien a ese espacio de formación.

Asistir a clases es un derecho de los estudiantes, pero constituye también un deber. Es inusual que un derecho sea a la vez un deber, pero puede ocurrir. El derecho de sufragio es otro ejemplo, aunque en Chile dejó ya de ser un deber. Nuestros legisladores, en un arranque de populismo, optaron por la inscripción automática y el voto voluntario, con lo cual el mensaje, especialmente para los jóvenes, fue tan cómodo como el siguiente: no se molesten en inscribirse y tampoco se molesten en ir a votar.

Un deber ir a clases, en el caso de los estudiantes, a quienes es bueno alertar que si han llegado a la universidad en ejercicio de un derecho -el derecho a la educación-, ese es el momento en que empiecen a pensar en sus deberes. Unos deberes -asistir a clases, seguir el desarrollo de las materias, hacer las lecturas del caso y formarse opinión sobre ellas, presentarse a pruebas y exámenes sin conseguir certificados médicos para posponerlos- cuyo cumplimiento va en directo beneficio de ellos mismos. Podrá tratarse de un argumento utilitarista, pero suelo llamarles también la atención sobre esto: generalmente cumplimos deberes en beneficio de los demás -por ejemplo, cuando pagamos un impuesto, cuando saldamos una deuda pendiente, cuando al momento de conducir un coche respetamos el paso de los peatones-, pero en el caso de los deberes universitarios se trata de obligaciones que se cumplen a favor de los propios estudiantes. El estudiante que se esfuerza cumple consigo mismo antes que con su familia o la institución y el país en que se encuentra.

Algo pasa todavía en las salas de clases, y que ese algo pase realmente depende tanto del profesor como de los estudiantes. Pero si el primero no llega, ¿qué puede pasar? Y si los segundos se ausentan, ¿qué puede hacer allí el docente que los esperaba para trabajar juntos? La relación profesor-alumno no es de intercambio, o sea, el primero no está allí como contraprestación al pago que le hacen por sus clases. Se trata de una relación de colaboración en la que profesores y alumnos trabajan por un objetivo común que unos y otros aprecian: la formación en una determinada área del saber. En las salas de clases se produce un primer contacto con las materias de un curso; es allí donde estas se exponen, se piensan, se debaten, se vuelven accesibles y familiares. Es allí también donde profesores y alumnos se ven las caras, pero no para disputar, sino para colaborar de manera abierta y crítica en el examen de las materias y problemas propios del campo del saber de qué se trate.

Es probable que las salas de clases tengan sus días contados. Las tecnologías de la comunicación podrían llegar a producir ese efecto. Tendríamos entonces universidades en línea, es decir, vacías, aunque por un motivo distinto del que ahora nos preocupa, que es la creciente indolencia juvenil, el rechazo a la cultura del esfuerzo individual e incluso la idea disparatada de que el derecho a la educación incluiría el de aprobar las asignaturas sin una seria y constante aplicación personal.

Columna de Agustín Squella. EL MERCURIO, 10-03-2017

 

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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