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Minera Escondida, Galípoli y El Dorado

Minera Escondida, Galípoli y El Dorado

Minera Escondida, Galípoli y El Dorado

“Al Gobierno se le olvida que una huelga afecta a terceros, a proveedores, clientes, acreedores, etc. La huelga es un derecho, pero no ilimitado ni absoluto…”

Cuando uno decide pelear debe estudiar con quien se mete. Los australianos son uno de los pueblos más amables del mundo hasta que dejan de serlo y van a la guerra. En ese momento usted no querrá enfrentarlos.

Es famosa la orden emitida por el teniente F.P. Bethune a su unidad, el 13 de marzo de 1918, a quien se le había ordenado que mantuviera su posición:

“Esta posición será mantenida y esta unidad permanecerá en su puesto hasta que sea relevada.

No se le permitirá al enemigo que interfiera con esta orden.

Si esta unidad no puede mantener con vida su posición, la mantendrá muerta; pero, en cualquier caso, mantendrá la posición.

Si cualquier hombre por shock de artillería o por cualquier otra causa trata de rendirse, será muerto en su puesto.

Si la unidad perdiera todas sus armas, usará bombas o cualquier ingenio que discurra.

Finalmente esta posición, como se ha ordenado, será preservada”.

Los australianos han peleado todas las guerras, desde la de los Bóers hasta la de Vietnam, pasando por las 2 mundiales, la de Corea y últimamente las del Golfo. No son un pueblo belicoso, pero, cuando clavan los tacones, no se ha escuchado que estén dispuestos a ceder. En la batalla de Galípoli, inmortalizada en la película homónima de Mel Gibson y más recientemente en la de Russell Crowe (“The water diviner”), el ANZAC (Australian and New Zealand Army Corp) perdió más de 12 mil hombres, pero nunca se rindió.

La huelga de Minera Escondida lleva más de 30 días. La dueña controlada por la australiana BHP Billiton ha dicho que no mejorará la última oferta, los trabajadores han decidido ir a huelga. Estos trabajadores ganan en promedio más de 2 millones de pesos mensuales, todos están en el quintil más rico de Chile, tienen una jornada de 2 semanas trabajando y 2 descansando en sus casas, que les permite a muchos tener una segunda actividad remunerada. La rotación anual de trabajadores de Escondida no llega a 1%, lo que significa que nadie se va de la empresa, pero así y todo, se fueron a huelga. Quieren un bono de término de conflicto de 25 millones de pesos por cada uno más otras prebendas. No conozco el detalle del caso; pero, mirado desde la distancia, creo que los sindicatos eligieron mal a su contraparte. Los australianos no van a ceder si consideran que están en lo justo.

Ha pasado antes que los trabajadores miden mal a sus oponentes. Pasó con los trabajadores del carbón en la Inglaterra de Thatcher o con los controladores aéreos en los Estados Unidos de Reagan. En Homecenter, ídem; estiraron el chicle hasta que se cortó y terminaron peor de lo que empezaron. La idea de que las negociaciones colectivas ya no se centran en remunerar los aumentos de productividad, sino que en pagar por evitar el daño que los sindicatos le puedan ocasionar a la empresa se llama extorsión y debiera eliminarse del léxico laboral; pero si a nuestros legisladores les cuesta eliminar la palabra “violencia” de ese léxico, qué queda para el resto.

Algo les está pasando a algunos sindicatos que actúan en contra de sus propios intereses. Basta ver lo que ha ocurrido con los cruceros extranjeros que recalan en Chile y que, por un par de días, miles de turistas compran, comen y gastan sus dólares en los puertos que visitan. Nuestros sindicatos torpemente, sin embargo, les han hecho la vida imposible, con el predecible resultado de que van a pensar dos veces en el futuro si vuelven a pasar por Chile.

Algunos culpan a sus abogados, que serían muy codiciosos, lo que resulta inverosímil como acusación en contra de una profesión que solo trae paz y armonía al mundo, especialmente cuando se trata de abogados de sindicatos a quienes solamente los motiva el amor por la justicia social. Otros culpan a los políticos, que intentarían aprovecharse y atizar el conflicto para beneficiarse políticamente, lo que también resulta increíble, conociendo el amor por el bien común que mueve a la política.

Siendo eso así, la explicación pareciera estar en la psicología humana, que es siempre tentada por el afán de lucro. La minería la ha movido siempre la búsqueda de El Dorado, lo importante es darse cuenta de cuando uno ya lo encontró.

Este año entra en vigencia la reforma laboral, que “modernizaba” nuestra legislación; pero a mí me parece otra de las “joyitas” del programa que nos dejará la NM. Al Gobierno se le olvida que una huelga afecta a terceros, a proveedores, clientes, acreedores, etc. La huelga es un derecho, pero no ilimitado ni absoluto. Como todos los demás derechos, tiene un límite en los demás derechos y en los derechos de los demás.

Columna de Gerardo Varela. EL MERCURIO, 11-03-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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