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Fuimos a ver a Pedro

Fuimos a ver a Pedro

Fuimos a ver a Pedro

También nosotros fuimos a ver a Pedro (Gal 1,8) para que nos confirmara en la fe y nos ayudara a continuar nuestra misión de anunciadores del Evangelio. Durante varios días, todos los obispos de Chile hemos estado en su casa, en diálogo fraternal y sincero, orando, escuchando sus orientaciones y trabajando en la edificación de la Iglesia de Dios.

Y hemos vuelto renovados, animados por las palabras, los gestos y las actitudes del Papa Francisco, que con dedicación fraternal ha estado junto a nosotros. Antes de ir a su casa, hemos bajado todos a la tumba del primer Papa, San Pedro, en la basílica vaticana. Al clarear el alba hemos celebrado junto a sus restos la Santa Misa. De la tumba de Pedro subimos luego a la casa de Pedro, y allí estaba esperándonos. Un cálido abrazo, y luego el diálogo por varias horas, donde cada uno pudo expresar lo que sentía, las alegrías de su corazón y las tristezas, que también -de tanto en tanto- se anidan en él y que forman siempre parte del camino. Luego, pudimos conversar con calma con quienes le ayudan en el servicio a toda la Iglesia, que también con dedicación nos escucharon y nos ayudaron con sus orientaciones.

Así es la Iglesia Católica. Pedro es el Papa Francisco, el Vicario de Cristo en la Tierra, cuya misión, como la de primer Romano Pontífice, es confirmar a sus hermanos en la fe y mantener los vínculos de la unidad y la comunión entre todos nosotros, los obispos, que diseminados por todo el mundo servimos a la Iglesia y al pueblo de Dios que vive bajo su amparo.

Puede ser difícil para quien no cree comprender esta realidad, pero ella existe y se manifiesta, y así, desde la diversidad de culturas, caracteres, razas o continentes, se hace una sola Iglesia, fundada sobre las palabras del mismo Hijo de Dios: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18).

¿Y qué les dijo Pedro? Nos mostró de nuevo el rostro de Jesús, que con amor y misericordia quiere salvar a cada uno de nosotros; nos descubrió las nuevas fortalezas que tiene nuestra Iglesia; nos habló del rol de la mujer en ella, de la necesidad de promover la piedad popular y a Jesús Eucaristía, que en nuestros pueblos de América son una gran riqueza; nos pidió que atendiéramos a los más débiles, a los “descartados”; que nos ocupáramos de los pueblos originarios que son parte de nuestra vida. Nos descubrió su corazón, al decirnos que él ve una gran orfandad en el mundo actual, una gran ausencia de la paternidad de Dios y de la paternidad humana, y que nosotros debemos ser padres para el pueblo y para nuestros sacerdotes y religiosos. Nos insistió en estar cerca de los jóvenes, de manera que se sitúen en el camino de la memoria y la profecía, pues ellos llevan hoy la historia futura en su manos, y nos dijo que los pusiéramos en relación con nuestros mayores, citando al profeta Joel: “Reúnan a la gente, santifiquen a la comunidad, llamen a los ancianos, congreguen a los jóvenes y a los niños de pecho” (2, 16).

Y como un buen padre de familia, con cariño y firmeza, nos advirtió de algunos peligros que acechan al mundo. El abandono de Dios; la mundanidad en la vida de los miembros del pueblo de Dios; “el pecado gravísimo y asesinato” -son sus palabras- que implica quitar la vida al más indefenso de los seres con el aborto, a quienes debemos defender “con lenguaje concreto, que toca”. Nos advirtió contra la más “artera” de las ideologías que hoy atacan al mundo y a la fe cristiana, la ideología de género, que implica un cambio cultural completo, que pretende superar la visión cristiana de la persona, la familia y la sociedad, y que rechaza completamente a Dios como creador.

Jesús, el Señor, nos habló por Pedro que es Francisco. Pero al mismo tiempo que nos mostró fortalezas y caminos a seguir, y nos advirtió de los peligros, nos recordó los medios para caminar sin desviarnos. Orar sin desfallecer. Quizá rezamos poco. Nos hizo presente la Cruz, que es el signo de la victoria del cristiano y que debemos no solo amar, sino llevar con alegría y entrega, como Jesús; nos pidió el coraje de hablar claro en la defensa de los derechos de Dios y de la Iglesia, vulnerados por tantas iniciativas humanas que buscan borrar la imagen de Dios entre los hombres. Y nos insistió en la comunión, rechazando las divisiones, que son siempre obra del Demonio. Francisco sabe bien que el padre de la mentira, el Diablo, acecha y ataca a la Iglesia, y también nos lo advirtió. Y siempre invocó a María, la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia.

Fuimos a ver a Pedro acompañados espiritualmente por todo el pueblo de Dios. Volvimos alegres y llenos de esperanza, como los discípulos de Emaús. Queda ahora continuar la siembra de la Buena Semilla del Reino de Dios.

+ Juan Ignacio González Erráruriz

Obispo de San Bernardo 

EL MERCURIO, 15-03-2017

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Vicente Pérez Rosales cuenta en su libro de relatos personales Recuerdos del pasado (1814-1860) que acudió en 1830 a una oficina de entrega de pasaportes en París, Francia. Él relata que "Chile era tan poco conocido en Europa en 1830, como lo es para los chilenos en el día, la geografía de los compartimientos lunares".

Al llegar, fue consultado por el oficinista:

- ¿De qué país es usted caballero?

- De la república chilena.

- ¿Cómo dice usted?

- De Chile, señor.

- ¿Qué está usted diciendo?… Chile, ¡vaya un nombre!

- Sí, señor. - respondió Pérez- De Chile, república americana. ¿Qué tiene de extraño este nombre?

- ¡Ah, ah!, ¿de l’«Amérique», eh?… Chili… Chile, aguarde usted… Chile. Dígame usted más bien, caballero, ¿De qué pueblo es usted?, porque del tal Chili no hago memoria.

- De la ciudad de Santiago, señor.

- ¡Anda diablo! - exclamo entonces el sabio oficinista- ¡acabará usted de explicarse! – Y volviéndose a su escribiente le dictó estas palabras:

"V. Pérez Rosales, natural de Santiago de México.” Al oír semejante atrocidad, Pérez Rosales exclamó exasperado:

-¡De Chile! Que no de México

-Pues, mándeseme mudar de aquí - respondió el geógrafo - y no me vuelva a entrar en mi oficina antes de averiguar mejor cuál es su patria.

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