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Populismo versus periodismo

Populismo versus periodismo

Populismo versus periodismo

Informarse no es ver un caudal de titulares en los circuitos digitales, sino relatos fiables con jerarquización y contexto para ordenar la realidad.

NO ES extraño que Trump, siendo un espécimen bovino, aproveche las debilidades de la prensa para sacudirse la molestia de las moscas a coletazos. Lo extraño, en todo caso, es que la prensa haya logrado resistir hasta Trump sin que sus debilidades quedaran tan desnudadas. Quizá referirse al periodismo como «el enfermo de la democracia» sea desproporcionado, pero no irreal. Estos años el propio sistema le ha mantenido las constantes vitales -una financiación desesperada- para no debilitar más el propio sistema. Tiene lógica. Por incómodos que fuésemos los periodistas, peor sería un territorio comanche sin periodismo. Sin embargo, si éste se debilita hasta no provocar malestar (de ahí la vieja ironía de Galsworthy sobre el apogeo del periódico y la creación del Ministerio de Sanidad) deja de ser periodismo. Esa debilidad, más que el matonismo ramplón de Trump, debería ser lo inquietante.

La tarea del periodismo, como el director de este diario recordaba en un notable artículo dedicado a Albert Camus, en definitiva es simple: contar la verdad. Y los periodistas -ahí acierta Chomsky- deberían asumir esto, sin más, como su deber. Pero se ha desdeñado dar confianza a los lectores. Si Bill Keller, en la crisis del Times de 2005, admitía la patología de la prensa americana con la falta de fuentes, no digamos en la prensa española donde es habitual, como contaba Furio Colombo, informar sin fuentes. El periodismo de declaraciones ha anegado las secciones informativas, y además como coartada para dar rienda suelta al partidismo sin verificación. La paradoja es que en un sistema de garantías (donde se exige transparencia total en los etiquetados de todo), las noticias se divulgan sin fuentes, sin exponer el origen de su documentación, a menudo sin nada. Si se toma el viejo decálogo del gran Ben Bradlee, apenas se cumple ninguna regla, desde la mala cultura de la rectificación, amparada por una justicia lenta. Los periodistas impartimos demasiadas lecciones sin autocrítica.

Sí, alguna prensa -y honestamente esta casa es bastante ejemplar- ha peleado por mantener la línea Maginot del periodismo. Pero débil. Y por eso la perspectiva de su deterioro resulta inquietante: informarse no es ver un caudal de titulares en los circuitos digitales, sino relatos fiables con jerarquización y contexto para ordenar la realidad. Pero ¿por qué se hunden los diarios y la lectura? Si casi la mitad de los lectores se informan desde las redes sociales, ¿el problema son los lectores? Hace dos décadas, Philip Meyer advertía que el problema no era Internet sino la codicia miope de los editores que se olvidaban de invertir en buen periodismo mientras hacían caja con demasiada facilidad. Sin credibilidad esto no sirve.

Las agresiones de Trump, como de Iglesias en España, están en la lógica populista del pueblo contra el sistema. Pero si ellos, como otros populistas, declaran a la prensa «enemigos del pueblo» es porque efectivamente ésta es vista como una extensión del establishment. Ahí está el problema. Los sondeos de Pew ya delataban en los 90 que así es como nos veía la ciudadanía, cada vez más alejados de los lectores y más cercanos al poder. Claro que resulta irritante oír a Pablo Iglesias dando lecciones huecas donde Pepa Bueno, pero el periodismo tiene la batalla perdida si ha de enfrentarse a un populista sin escrúpulos -quizá esto sea una tautología- en su terreno. La esgrima de fakes esperpénticos y falacias beneficia al populismo porque son sus reglas. El periodismo sólo tiene un modo de imponerse: con periodismo.

Teodoro León Gross. EL MUNDO, España, 04-03-2017

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Vicente Pérez Rosales cuenta en su libro de relatos personales Recuerdos del pasado (1814-1860) que acudió en 1830 a una oficina de entrega de pasaportes en París, Francia. Él relata que "Chile era tan poco conocido en Europa en 1830, como lo es para los chilenos en el día, la geografía de los compartimientos lunares".

Al llegar, fue consultado por el oficinista:

- ¿De qué país es usted caballero?

- De la república chilena.

- ¿Cómo dice usted?

- De Chile, señor.

- ¿Qué está usted diciendo?… Chile, ¡vaya un nombre!

- Sí, señor. - respondió Pérez- De Chile, república americana. ¿Qué tiene de extraño este nombre?

- ¡Ah, ah!, ¿de l’«Amérique», eh?… Chili… Chile, aguarde usted… Chile. Dígame usted más bien, caballero, ¿De qué pueblo es usted?, porque del tal Chili no hago memoria.

- De la ciudad de Santiago, señor.

- ¡Anda diablo! - exclamo entonces el sabio oficinista- ¡acabará usted de explicarse! – Y volviéndose a su escribiente le dictó estas palabras:

"V. Pérez Rosales, natural de Santiago de México.” Al oír semejante atrocidad, Pérez Rosales exclamó exasperado:

-¡De Chile! Que no de México

-Pues, mándeseme mudar de aquí - respondió el geógrafo - y no me vuelva a entrar en mi oficina antes de averiguar mejor cuál es su patria.

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