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Un PPD en cada partido

Un PPD en cada partido

Un PPD en cada partido

“Carencia de doctrinas claras, admisión indiscriminada de nuevos militantes destinados a reforzar liderazgos locales, falta de formación de sus juventudes…”.

El PPD es una de las peores manifestaciones de lo propiamente chileno.

Partido formado hace casi treinta años con objetivos instrumentales y programáticos -o sea, la búsqueda del poder como objetivo prioritario-, paralelamente se definió “por la democracia”, por lo que bien pudo haberse disuelto una vez puesta en marcha la plena institucionalidad democrática en 1990.

Pero no, nada de eso. Primó lo instrumental.

Tal como una de esas mediaguas destinadas a albergar por unas semanas a los damnificados -pero que lamentablemente se convierten en viviendas permanentes-, el PPD se instaló en el poder, con toda su precariedad a cuestas, con esa mezcla interior de socialistas liberales, socialistas marxistas, liberales anticlericales, y quizás cuántas otras tribus menores, incluyendo a simples clientelas personalistas, como el girardismo.

¿Doctrina, principios? No, simplemente unos objetivos concretos que se fueron perpetuando y que hoy, en medio de la crisis gubernamental, sus militantes parecen buscar por otros lados, fundamentalmente en la independencia política. Por eso, tan pocos se reafilian.

En todo caso, quienes hemos pertenecido a otros partidos no tendríamos derecho alguno a decir estas cosas si antes no hubiésemos descubierto y denunciado ese síndrome PPD que está alojado dentro de las más importantes colectividades.

Exceptuando al PC (que electoralmente goza de un 5% al que le saca cinco veces mayor rendimiento), los otros cuatro partidos grandes primero han tolerado, y después han incentivado, el estilo PPD, es decir, el desarrollo de militancias, candidaturas, bancadas, programas y tareas gubernativas en que confluyen -dentro de una misma colectividad- tan variados y contradictorios elementos, que cunde el desconcierto y la desafección.

Por cierto, la UDI nació con el panorama claro: irreductible, le gustaba decir a Jaime Guzmán. Asesinado el senador, instalado años después el lavinismo, promovidas candidaturas inauditas, quien defienda hoy ciertos lineamientos básicos contenidos en el proyecto fundacional, ya se sabe, será considerado integrista y fundamentalista.

El caso de la DC es dramático. No solo sus senadores se dividen frente a la defensa de la vida (¿qué otra cuestión podría exigir mayor unidad básica?), sino que importantes grupos de militantes buscan candidato presidencial fuera de sus filas.

El PS tiene tal cantidad de tendencias internas que, dividida su votación nacional por ese número, cada una de ellas correspondería a dígitos desechables en el universo electoral. Y esas divisiones se manifiestan en que cada grupo quiere que las grandes alamedas los lleven a lugares muy distintos: norte, sur, oriente, poniente.

De RN, hace ya más de tres años se comenzaron a marchar parlamentarios para formar grupos con identidad liberal definida o simplemente para huir de maquinarias de administración del poder interno. Así lo afirman.

¿Características comunes a todos estos partidos en los últimos diez años? Carencia de doctrinas claras, admisión indiscriminada de nuevos militantes destinados a reforzar liderazgos locales, falta de formación de sus juventudes: todos caben, entre no más, pase y no pregunte mucho, ya veremos qué le podemos ofrecer. Con esos criterios, es lógico que muchos se hayan marchado o no quieran reafiliarse. Si da lo mismo cómo se está dentro, da lo mismo estar fuera.

¿No será justamente ese síndrome PPD el que explica por qué a todos les está costando tanto llegar a la meta de afiliados, y especialmente ratificar las fichas de sus militantes más antiguos, ciertamente los más identificados con proyectos claros y definidos?

Columna de Gonzalo Rojas. EL MERCURIO, 15-02-2017

 

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La Reina Isabel de Inglaterra, tras su apariencia tan formal, esconde un agudo sentido del humor. Durante una partida de caza, un pájaro pasó volando muy cerca y le hizo una herida en el cuello. Al verla sangrar, el guardia de seguridad pensó que le había llegado un balazo y abalanzándose sobre ella le hizo respiración boca a boca.

- Creo que él y yo llegamos a conocernos bastante bien, comentó la Reina al relatar el incidente.

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En otra ocasión visitó una exposición de cuadros de Lucien Freud, donde la mayoría representaba desnudos.

-¿No la pintó Freud a usted también Majestad?- le preguntó el curador de la muestra que la acompañaba.

- Sí, respondió Isabel, pero no como a ellos….

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