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Que nada nos detenga

Que nada nos detenga

Que nada nos detenga

Las aparentes desgracias a veces vienen con beneficios incluidos. La elección de Donald Trump ha inaugurado la peor etapa de la relación México-Estados Unidos en tiempos recientes, pues ha mostrado que los resentimientos entre sectores de cada uno de esos pueblos están a flor de piel y basta de un poco de irresponsabilidad y demagogia para sacarlos a flote.

Sin embargo, ya pasada esa sacudida, que —no hay que negarlo— ha tenido efectos negativos sobre nuestra economía, va quedando clara la conciencia entre mexicanos de que no convenía estar en la zona de confort en la que nos habíamos instalado.

Por décadas, Estados Unidos había sido la válvula de escape de México. De sus gobernantes, que no se han sentido obligados a crear las condiciones necesarias para que los millones de mexicanos que han abandonado territorio nacional no tuviesen que tomar ese camino de penurias en busca de una vida mejor. Y también de su sociedad completa, que no ha visto ese éxodo como la tragedia que es y lo ha tomado juguetonamente como una “reconquista” del espacio robado en el siglo XIX, como una venganza hacia los gringos, sin reclamar nada a su gobierno. Sin embargo, los hechos ocurridos en los últimos 20 meses, desde que Trump anunció su candidatura presidencial en un discurso cargado de odio contra los mexicanos, han generado un renacimiento nacional en muchos sentidos.

Las marchas de ayer domingo contra las posiciones antiinmigrantes del magnate se quedaron por debajo de las expectativas numéricas de muchos —entre los que me incluyo—, pero fueron, aun así, un salto hacia adelante en varios sentidos.

Para comenzar, hace mucho que la sociedad civil no tomaba la calle sin que la convocatoria viniera de un partido político o una organización gremial. Quienes marcharon lo hicieron libremente, usando su tiempo de descanso, sin acarreo y sin destrozos. No puede presumir lo mismo el sector de la izquierda, que a lo largo de la semana se había dedicado a despotricar contra la(s) marcha(s), cayendo, incluso, en el desplante infantil de preguntar a quienes querían manifestarse si sabían lo que era una marcha. Como si ese sector tuviera patente sobre la libertad de movilización.

Desde hace unos días, hemos visto enormes movilizaciones ciudadanas en Rumanía para protestar contra la corrupción, algo que no se ha visto aquí con motivo de los diversos escándalos que han estallado en México en los últimos tres años.

Las marchas de ayer, en diversas ciudades del país, fueron las más importantes desde aquella convocatoria de Iluminemos México, en agosto de 2008. Más de ocho años de desmovilización ciudadana, en que hemos vivido las tropelías de autoridades, sin responder a ellas, y hemos escuchado las promesas huecas de candidatos, sin exigirles que expliquen cómo harán realidad lo que dicen. Me parece que el domingo 12 de febrero —y ojalá no me equivoque, porque a todos nos llevaría el tren— marcará el reinicio de la sociedad consciente y movilizada.

Quizá haya que agradecérselo al propio Trump, pero ahora, México sabe que no puede esperar nada que no se gane con su propio esfuerzo.

Lo bueno es que tiene con qué. Esos músculos atrofiados pueden ponerse a tono, esas voces calladas pueden hacerse escuchar, esos vicios que aceptábamos como desgracias insuperables —la corrupción, en primerísimo lugar, pero también la desidia y el conformismo— pueden ser erradicados porque se volverán un fardo muy pesado.

México no necesita de Estados Unidos, como tampoco necesita de un político iluminado para sacarlo adelante.

Pero eso implica que la sociedad participe, que deje de hacerse sorda ante la violación a la ley, ante la ineficacia y el dispendio de la autoridad, ante los ciudadanos que nadan de muertito mientras los demás reman, ante los llamados a tomar caminos que parecen atajos, pero que al final resultan más largos, y ante quienes promueven la desunión para sacarle provecho.

Ante quien le diga que la solución es fácil, que basta sacar a unos políticos y poner a otros, cuestiónelos, pregúnteles cómo piensan hacerlo. Y verá que nada de lo que le respondan tendrá más lógica que trabajar duro, respetar la ley, educar a nuestros hijos y participar como ciudadanos conscientes en la construcción diaria del país.

Pascal Beltrán Del Río, Bitácora del Director

EXCELSIOR, México, 13-02-2017

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Aprovechando una visita a Londres, la reina Luisa de Suecia decidió hacer una escapadita por la ciudad para visitarla. Salió de “excursión” sin escolta ni documentación y al atravesar una calle, un autobús estuvo a punto de atropellarla.

Así que, como precaución, se colgó un letrero en su cartera que decía:

«Soy la reina de Suecia»

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Cada vez que salía de caza, el rey Luis XIV mandaba llevar consigo 40 botellas de vino, las cuales no solía beberse y que acababan siendo consumidas por sus criados.

Un día tuvo sed y pidió un vaso de vino.

-Se acabó, majestad- le contestó su ayudante

-¿Pues no trajeron las 40 botellas que he mandado?

-Sí, señor, pero…

-En lo sucesivo- concluyó el rey -que se traigan 41, para que haya una para mí.

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