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La visión del Cristianismo en la obra de Shusaku Endo

La visión del Cristianismo en la obra de Shusaku Endo

La visión del Cristianismo en la obra de Shusaku Endo

A principios de los años setenta se produjo en Japón un curioso fenómeno de proliferación de obras literarias, novelas sobre todo, de signo cristiano. Sólo la Colección de Literatura Cristiana Japonesa Actual (1), terminada de editar en 1974, contenía obras de dieciséis novelistas cristianos, algunos de los cuales figuraron en las listas de los best-sellers japoneses. De estos escritores, el más conocido fuera de su país es Shusaku Endo, que desde hace algunos años —sobre todo con su novela El Samurái (2)— bucea con notable éxito en el mundo editorial occidental. En la obra de este autor se reflejan las contradicciones de una aventura literaria que sufre problemas de identidad por intentar adaptar el cristianismo a la mentalidad japonesa.

Shusaku Endo nació en Tokio en 1923. En plena adolescencia se convirtió al catolicismo —junto con su madre— cuando sus padres se divorciaron. Su licenciatura en literatura francesa le permitió conocer el mundo literario occidental y profundizar con admiración en la obra de François Mauriac y Georges Bernanos, dos escritores católicos que, como él, escriben sugerentes páginas, en las que el espíritu religioso aletea sobre las angustias y los fracasos de las personas.

Esta sensibilidad religiosa, centrada sobre todo en lo que Endo llama “inadaptabilidad del cristianismo a la realidad japonesa”, se aprecia ya en su primera obra, Hombres Blancos (Shiroi Hito), con la que consiguió en 1955 el prestigioso premio literario Akutagawa. Desde entonces, se le considera uno de los más destacados componentes de un grupo de escritores cristianos, entre los que se encuentran nombres de la talla de los católicos Shumon Miura —premio Shinchusha 1967 por su novela Jardín en miniatura (Hakoniwa)— y su esposa Ayako Sono; el matrimonio compuesto por Sumie Tanaka y el famoso dramaturgo y actor Chikao Tanaka, o los protestantes Rinzo Shiina y Mitsuko Abe.

Endo se esfuerza, dice, por “presentar la imagen de Jesús que podría armonizar con el sentimiento religioso japonés”

Todos ellos han heredado la tradición cristiana de la influyente Escuela del Abedul Blanco (Shirakaba-ha), fundada en 1910 y compuesta por escritores protestantes como Nooya Shiga, Takeo Arishima o Hacucho Masamune. Sin embargo, la nueva generación ofrece notables diferencias respecto a la ideología naturalista, impregnada de idealismo tradicional y neosubjetivismo, de la antigua escuela.

Los escritores jóvenes de hoy no forman una escuela literaria concreta —lo único que los une es la fe en Cristo, más o menos patente en sus obras—, cultivan todos los géneros literarios —no sólo la novela—, incluyen entre ellos a varias mujeres y, además, hay tantos católicos como protestantes. Sin embargo, su principal diferencia con la antigua escuela es una fe más consciente, que, por estar enraizada en las inquietudes, valores y contravalores del hombre japonés actual, la hacen también más problemática.

Angustia religiosa

La nueva escuela no sólo mira a la realidad japonesa, sino también a ese mundo íntimo, espiritual, misterioso del alma humana, a veces en auténtica reflexión metafísica. Este loable afán de acercar personas al cristianismo se va a convertir, por otro lado, en el principal problema con el que tropiezan los escritores cristianos del país del Sol Naciente. Un problema que encuentra sus raíces en la escasa tradición cristiana del Japón y en la indiferencia y apatía religiosa que lo domina en la actualidad.

En su última novela, El Samurái (Samurai), Shusaku Endo recoge esta preocupación, poniéndola en boca de un imaginario misionero español, el padre Velasco: “Hay un abismo entre su idea de la religión y la nuestra —señala—. Durante mis muchos años en Japón vi con mis propios ojos que frecuentemente los japoneses buscan, incluso en la religión, los beneficios de esta vida”.

Endo no ve contradicción alguna entre ser japonés y creer en Cristo: “la fe trasciende las fronteras de los pueblos y es universal”, como él mismo manifiesta

Esta supuesta oposición entre cristianismo y mentalidad japonesa lleva a muchos de estos escritores —y sin duda a Endo— a una profunda angustia religiosa. Como señala el crítico S. Akiyama, “tienen que descubrir a Dios en las palabras que lo niegan y detectar la realidad del ateísmo en los corazones que intentan buscar a Dios”. Es cierto que no se consideran a sí mismos portavoces del cristianismo, aunque muchos de ellos tienen deseos de contribuir a la cristianización del pueblo japonés. Sin embargo, son conscientes del difícil compromiso que lleva consigo escribir sobre un tema religioso en clave cristiana y para un público mayoritariamente indiferente. Sin duda, intentan hacerlo bien, pero muchas veces no aciertan del todo.

Un lenguaje conflictivo

En una entrevista que le hicieron en 1973 (3), Shusaku Endo subrayaba este primer y fundamental problema con que se encuentra el novelista cristiano japonés, refiriéndose al propio lenguaje que debía usar: “Sólo el uso de términos cristianos —manifestó— sería suficiente para que con ellos me ganase las antipatías del público… Porque yo no escribo solamente para cristianos; yo escribo para japoneses. Por eso pensé entonces que un escritor cristiano en Japón tenía que escribir de tal forma que, técnicamente, desde el punto de vista literario, sus obras pudieran competir con las de los otros escritores japoneses… ¡Tarea nada fácil! De verdad que al principio sufrí mucho”.

Entre otras cosas, esto ha obligado a Endo —sobre todo en obras como La vida de Jesús (Jesu no Shogai), Silencio (Chinmoku) o A orillas del Mar Muerto— a esforzarse —como él mismo ha manifestado— por “presentar la imagen de Jesús que podría armonizar con el sentimiento religioso japonés”. Así, por ejemplo, tuvo que recurrir al simbolismo del perro abandonado para significar el desprecio de que fue objeto el mismo Cristo. Estos recursos le acarrearon al autor aplausos por parte del gran público y tuvieron cierta eficacia para atraer a algunos novelistas japoneses al catolicismo y ganar lectores para las obras de signo religioso. Pero, a la vez, muchas veces no fueron certeros y alejaron al lector, por inexactitudes históricas y doctrinales, de la imagen del Jesús auténtico y verdadero. En estos casos, Endo había permitido que se pusiese por delante de la ortodoxia cristiana una mal entendida fidelidad a la idiosincrasia del pueblo japonés.

La religión del padre

Lógicamente, Endo no ve contradicción alguna entre ser japonés y creer en Cristo: “la fe trasciende las fronteras de los pueblos y es universal” (4), como él mismo manifiesta. Pero los conceptos cristianos de Dios, el pecado y la muerte chocan con la sensibilidad japonesa, acostumbrada a una forma peculiar de ateísmo, a una falta de conciencia de pecado propiamente dicho y a una visión estética de la muerte por suicidio. Es decir, podría pensarse que el japonés —así lo reconoce el propio Endo— parece insensible a la existencia de Dios, al pecado y a la muerte.

La dificultad que tienen los japoneses para conocer la existencia de Dios la describe con acierto el imaginario padre Velasco de la novela El Samurái. En un momento del relato señala: “Los japoneses viven dentro de la inmanencia, por eso no pueden concebir un Dios que se encuentra a un nivel trascendente a ellos”. Por otro lado, la errónea idea que, por influencia protestante, han recibido muchos japoneses sobre un Dios cristiano justiciero, inmisericorde con las debilidades y caídas de los hombres, choca frontalmente con su sentimiento religioso tradicional. Hasta tal punto es así, que desde la época Meiji —finales del siglo pasado—, a la religión cristiana se la llama la religión del padre —del poder, de la autoridad, de la justicia—, en contraposición a la religión budista, que es denominada la religión de la madre o religión de la misericordia, de la condescendencia (5). Una misericordia búdica, relajada y relajante, basada en la abstracta esperanza salvadora contenida en el membutsu —especie de oración— mecánicamente repetido.

Un Jesús demasiado humano

Shusaku Endo ha sido influido por estas ideas. En Silencio —comparada por algunos a El poder y la gloria, de Graham Greene—, donde trata el tema de la apostasía y la traición, Endo ya presenta el cristianismo como una fe activa, dirigida a vencer la iniquidad del inerte budismo. Sin embargo, la ayuda trascendental que trae consigo el cristianismo la fundamenta en un condescendiente y poco definido Alguien (Dios) que, en cierto modo, se aleja del Dios verdadero. Se queda Endo, como ha dicho uno de sus críticos, en el cálido presentimiento de un benefactor que no parece exigir a cambio una concreta fidelidad.

El afán por adaptar la figura de Cristo a la mentalidad japonesa le lleva a dibujarlo sólo en cuanto hombre, despojándole de casi todos sus atributos divinos

El Dios de Silencio es un Dios débil, melosamente misericordioso, definido sentimentalmente. Basta recordar el fragmento del libro en que el misionero protagonista está dudando sobre si pisar o no el fumie, o imagen de Cristo grabada en madera y colocada en el suelo por los perseguidores. En ese momento, Cristo le dice al misionero desde la tabla: “Písame, sí, písame…”. Quizás en Japón esta escena trasmita algo positivo de Cristo, pero el lector occidental no puede por menos que sorprenderse de este recurso que usa Endo para presentar la bondad divina.

Este afán que tiene el novelista de adaptar la figura de Cristo a la mentalidad japonesa le lleva a dibujar a Cristo sólo en cuanto hombre, despojándole de casi todos sus atributos divinos. En sus libros, y en concreto al intentar conjugar esta visión humana de Jesús con su Resurrección, Endo se mete en profundidades de índole bíblico-teológica que terminan sembrando dudas —unas dudas que han dado mucho que decir entre los misioneros y teólogos de Japón— y hacen que sus obras sean poco claras desde el punto de vista doctrinal.

Tales dudas se acrecientan con la falta de precisión histórica sobre la labor misional en Japón, manifestada en El Samurái, y con el dilema —inexistente en el siglo XVII— que presenta entre el Cristo de los pobres y el Cristo de los poderosos. Más, si bajo este último título habla de una Iglesia jerárquica que, según él, ha traicionado el mensaje de Jesús.

La estética del “hara-kiri”

Otro de los temas conflictivos de la realidad japonesa que nos permite analizar El Samurái es el tema de la muerte. Endo logra superar la máxima moral japonesa que contempla —incluso con gozo estético— la muerte voluntaria como forma de zanjar los conflictos entre fidelidades. La novela relata la historia —supuestamente real— de una misión diplomática, compuesta por cuatro guerreros japoneses y un misionero católico, por tierras mexicanas, italianas y españolas. El relato culmina con la asunción de la fe cristiana por el emisario más importante, Hasekura Rokuemón, que hasta entonces iba hacia la muerte como una consecuencia lógica —por una mal entendida fidelidad al jefe de su clan— del fracaso de la misión que le había encomendado. Al final, acaba consiguiendo la liberación en Cristo sin tener que pasar por el suicidio. La fe cristiana aparece así dotada de un carácter positivamente salvador, frente a la solución puramente negativa del hara-kiri.

En la novela “El Samurái”, Endo logra superar la máxima moral japonesa que contempla el suicidio como forma de zanjar los conflictos

Menos suerte tiene Endo al presentarnos el segundo gran tema conflictivo que aparece en la novela: el proceso de fe y esperanza cristianas en el converso japonés. En este punto, Endo se ha replegado hacía su conflictivo mundo interior y ha llenado el relato de referencias autobiográficas. Afirma que el cristianismo siempre ha sido para él como un vestido no hecho a su medida, porque la religión cristiana, extranjera por su origen, le fue impuesta por su madre cuando el autor carecía de la edad y discernimiento suficientes para juzgar por sí mismo. Como Endo, el protagonista de El Samurái, Hasekura, ha de pasar por una forzada conversión en Madrid, mediante la que abraza una fe cristiana que no entiende bien y que sólo ha aceptado pensando en hacer eficaz su misión. Tras ella, inicia la búsqueda del verdadero sentido del cristianismo. Un sentido que con el paso del tiempo acabará encontrando, como indica el título que Endo primero pensó dar a la novela: El hombre que encontró a un rey.

El rey pobre

Es en este punto donde Endo vuelve a la confusión sobre la figura de Jesucristo, contraponiendo el Cristo de los pobres y el de los poderosos. Los emisarios de la novela —sobre todo Hasekura—, después de ver al rey de España y al Papa —representantes, según Endo, del Cristo de los poderosos—, que no les aportan ninguna solución a su misión, se encuentran con otro rey —Jesucristo—, no sentado en un trono resplandeciente de gloria, sino en total pobreza y abandono, lo que choca por completo con su mentalidad japonesa. Pero ese impacto inicial se convierte en admiración cuando todo se vuelve en su contra con las persecuciones religiosas de Takugawa (1614).

En el fondo, Shusaku Endo vuelve a hablarnos, como en sus obras anteriores, de su propio estupor y lucha interna, y de su intento de adaptar una religión universal a una mentalidad tan singular como la japonesa. Sin duda, su intención es buena. Sin embargo, la idea que transmite sobre Jesucristo es con frecuencia inaceptable. Y es que, a veces, a fuerza de tratar de convertir en japonés a Cristo y al cristianismo, sufre menoscabo la integridad y la universalidad del propio mensaje cristiano.

Jerónimo José San Martín

ACEPRENSA

 

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