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Los intereses del Western actual

Los intereses del Western actual

Los intereses del Western actual

Decadencia, oportunidades perdidas, sueños truncados, desesperación… Todo esto se encuentra en Comanchería, un western de David Mackenzie con Jeff Bridges que borda otra de sus memorables interpretaciones.

Los bancos son en el western un símbolo más, junto a los ferrocarriles, de la civilización occidental abriéndose paso en territorio salvaje. John Ford abría su obra maestra secreta Caravana de paz (1950) con el taxativo atraco al banco de la familia Clegg, los bandidos lunáticos del filme, cuyo patriarca asesinaba a uno de los empleados. En Comanchería, que también arranca con un atraco y transcurre en el Texas actual, los símbolos del western han cambiado de significado: cuando los hermanos Tanner y Toby Howard (interpretados con método y locura por Ben Foster y Chris Pine) deciden atracar varias sucursales del Texas Midlands Bank legitiman su espíritu de outlaws robándole a la entidad bancaria que está a punto de embargar su rancho.

Del Salvaje Oeste a la irrespirable atmósfera financiera del siglo XXI sólo hay un paso en este gran thriller criminal del británico David Mackenzie. ¿O deberíamos decir western contemporáneo? En determinado punto del filme, un personaje de ascendencia comanche, ayudante del sheriff (Gil Birmingham), pone la historia en perspectiva con una aguda observación: hace 150 años, los abuelos Howard echaron a su gente de aquellas tierras; ahora son los bancos los que están haciendo con su familia lo que su familia hizo con los nativos americanos. El paisaje arenoso y urbano, el territorio de locura que cruzan los bandidos huyendo de las autoridades es una presencia constante, un personaje tan poderoso como cualquier otro de los protagonistas. El paisaje nos habla de decadencia, oportunidades perdidas, sueños truncados y desesperación. Las refinerías oscurecen el horizonte.

Y en el lado de la ley, obviamente, el sheriff. Nada menos que Jeff Bridges, bordando otra más de sus memorables actuaciones, apropiándose del acento, la calma, la moral y la inteligencia de Marcus, un Texas Ranger crepuscular que camina hacia la dignidad del último plano. Los ecos de Comanchería con los hermanos Coen son imposibles de eludir, sobre todo con No es país para viejos (2007) y Valor de ley (2010). Mackenzie explora los detalles del magnífico guion de Taylor Sheridan (el mismo que escribió Sicario) tensando el relato con ritmo sereno y profundo, revelando poco a poco las motivaciones y los firmes vínculos emocionales de los hermanos Howard, propulsados por algo mucho más duradero que la venganza. Una emoción profunda se activa en el relato cuando los hermanos habitan el dormitorio donde falleció su madre, cuyo fuera de campo remite a Los cuatro hijos de Katie Elder (1965), de Henry Hathaway. También aquella mujer murió estafada. También los hijos se tomaron la venganza.

La melancolía de la historia volviendo sobre sí misma, con la mitología de la posesión de armas y de los cowboys transgrediendo las normas en primer plano, nos llega acentuada con la banda sonora de Nick Cave y Warren Ellis, que introduce un sentido de amargura en el aire, la de todas aquellas familias que se verán desahuciadas por la banca. El escenario de la depresión cala en los huesos del filme. Mackenzie pone en forma el perfecto maridaje entre trama, personajes, escenarios y música, disfrazando la complejidad con la sencillez. La virtud del filme es que no obliga al espectador a tomar partido por ninguno de los bandos. Queremos ser bandidos y queremos ser rangers, perseguidos y perseguidores. Todos ellos obedecen a códigos y propósitos honestos. Todos a su modo son víctimas. En el western del siglo XXI, el villano es la Banca.

Carlos Reviriego. EL CULTURAL, España, 23-12-2016

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