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Ciclistas con semáforo propio

Ciclistas con semáforo propio

Ciclistas con semáforo propio

Es probable que muchos ciclistas porteños no sepan quién era John Peake Knight, y qué hizo 1868, en Londres. Pero sí resulta extraño que obvien, con puntualidad inglesa, su genial invento: el semáforo. Casi nadie lo respeta en la ciudad. Casi nadie frena. Casi nadie lo mira. En el semáforo del ciclista, el verde es “pase”; el amarillo es “apúrese a pasar”, y el rojo, es “pase y hágase el distraído”.

Nadie sabe cuándo los ciclistas, en las grandes urbes, han tomado el rol de dominador por sobre los peatones; pero sí se sabe cuándo se multiplicó en la ciudad Buenos Aires la mala convivencia: con la creación de las ciclovías. Las ciclovías son una muy buena noticia, a no confundir. Pero las ciclovías con ciclistas que no respetan sus obligaciones, son una muy buena noticia pésimamente utilizadas. Y peligrosas.

En muchos puntos de la ciudad, ciclistas y peatones comparten las veredas. La relación es, al menos, controvertida. Algunos transeúntes se cruzan por sus sendas, y algunos ciclistas circulan como osados motoqueros que corren contra el reloj. El resultado no es bueno: peleas, insultos, y hasta agresiones, son parte de las escenas cotidianas.

Buenos Aires se jacta de haber construido 250 kilómetros de vías exclusivas para bicicletas, pero aún es endeble el intento del gobierno por guiar este crecimiento explosivo, desde 2010 hasta hoy. Los ciclistas imprudentes no estarán exentos de sus impuestos, pero sí de las multas de tránsito. Estas medidas estaban contempladas en una primera etapa, pero en la práctica resultó de difícil cumplimiento. Y se desecharon.

La bicicleta no sólo es un vehículo recreativo, también es un medio de transporte. Y su ordenamiento resulta clave, esencial. Tal vez la Ciudad nunca logre reordenarlos. O ni siquiera hoy lo piense. Tal vez. Quizá el cambio llegue desde otro lado: los que se suban a una bicicleta podrían respetar las normas viales. Por ejemplo, el semáforo en rojo significa “pare, frene”. Para los autos, las motos, los camiones y, también, las bicicletas. Aquí, en Londres y en la China.

Pablo Tomino. LA NACIÓN, Buenos Aires

 

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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