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Los “sin techo” de las “catacumbas” de Las Vegas

Los “sin techo” de las “catacumbas” de Las Vegas

Los “sin techo” de las “catacumbas” de Las Vegas
noviembre 10

Cientos de ‘homeless’ se hacinan bajo el lujo de una ciudad símbolo de la desigualdad en EEUU

El 30 de junio llovió en el desierto. El día siguiente, la web Weather.com, especializada en información meteorológica, publicaba una noticia con el siguiente encabezamiento: “Han descubierto el cadáver de una mujer sepultado bajo basura arrastrada por el agua en Las Vegas después de que las duras tormentas desbordaran torrenteras y causaran riadas. La agencia de noticias Associated Press informa que la mujer, que no ha sido identificada, fue descubierta a las 7 de la mañana en un canal cerca de la calle Giles y de la carretera de Mandalay, a apenas un bloque de distancia del popular Bulevar Las Vegas”. 

La mujer se llamaba Sharon. Era uno de los cientos de personas que viven en los túneles de desagüe de Las Vegas, una red de 400 kilómetros de galerías subterráneas por debajo de los casinos, los hoteles y los campos de golf. Son tan invisibles que prácticamente nadie en la ciudad sabe que existen. 

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Uno de los ‘sin techo’ que vive en la red de alcantarillas de Las Vegas. Danny Mollohan

En esas catacumbas el recuerdo de Sharon sigue vivo. A la salida del túnel en el que vivía y del que se la llevó el agua, una pintada en el muro dice: “Sharon, 30 de junio de 2016. Descansa bien”. La hizo el que durante ocho años, hasta su muerte, fue su novio: Jazz. A los dos los arrastró el agua pero él logró sobrevivir. Jazz es alto, delgado y habla muy deprisa en el túnel, junto a su cama, que es una colchoneta montada sobre cuatro cajas de plástico, como las que usan los supermercados para poner fruta.

Jazz se queja de que oye voces. Es posiblemente consecuencia del programa de rehabilitación para adictos a la metanfetamina en el que está. Él quería ir con Sharon, pero las ONG que desarrollan esos planes no aceptan parejas. Jazz tiene un apartamento provisto por el grupo que le ayuda en la rehabilitación, pero prefiere el túnel. “Ésta es mi casa”, dice. 

Luego, se traba un segundo y suelta: “Nunca lo pasé tan mal como ahora, nunca creí que fuera tan dependiente de Sharon”. Sus palabras son sepultadas por el ruido de los motores de un avión privado de los high rollers, como llaman en Las Vegas a los millonarios, a las celebrities y a las estrellas del espectáculo que vienen a la ciudad a divertirse o a actuar. 

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Un hombre que vive bajo la ciudad de Las Vegas. Danny Mollohan

El túnel en el que Jazz llora a Sharon es pequeño. Mide menos de un kilómetro. Tiene como un metro ochenta de alto por tres y medio de ancho. En algunos sitios hay centenares de colillas, y restos de fuegos, acaso de gente que se durmió con el cigarrillo encendido. Sus habitantes se duchan gratis en unos baños de camioneros, toda una tradición en Estados Unidos, donde se pueden asear gratis. Algunos trabajan, otros viven de la caridad, y otros roban, aunque también valen combinaciones de las tres actividades. 

El sábado de la semana pasada había seis personas en el túnel. Eran un submundo inimaginable, porque estaban justo debajo de varios de los sitios más emblemáticos de Las Vegas, de ésos que todos hemos visto mil veces en el cine. El lugar exacto, sin embargo, no debe ser desvelado, ya que entonces la policía podría ir y echar a los residentes a las afueras de la ciudad, o sea, al desierto. Allí es donde merodean la mayor parte de las 7.000 personas sin hogar que hay en Las Vegas, aunque el escritor Matt O’Brien, autor del libro Beneath the Neon (‘Bajo el Neón`), sobre estos sin techo subterráneos, estima que “probablemente sean cerca del doble”. 

Las Vegas es un sitio en un estado mental de Mundial de fútbol o de Juegos Olímpicos perpetuos. Si las demás ciudades del mundo echan a sus vagabundos cuando celebran esos eventos, Las Vegas lo hace de forma perpetua. “Está prohibido darles comida, y también la mendicidad”, explica O’Brien. 

Unos cientos de metros más adentro en las entrañas de la Tierra vive Kregg, al que le gusta autocalificarse en broma como “el alcalde del túnel”. Lleva allí años, y se ha construido una suerte de apartamento. Las dos entradas están cerradas por un lado por tres carritos de supermercado y por otro con una alambrada con un agujero para entrar y salir. 

En medio, tras unas cortinas que dan intimidad, el colchón sobre cajas de fruta de rigor, la bandera de Estados Unidos, la bicicleta, la radio, el móvil y la tableta. Durante una temporada, los alimentaba con un empalme que había hecho desde un resort ultra exclusivo que está encima del túnel. Hasta que le pillaron. Ahora, usa baterías. “Las robo, igual que la comida, de un súper que está cerca y no tiene cámaras”, declara. Kregg también va a los casinos a tratar de pescar algo de dinero que puede haber por el suelo. De nuevo, hasta que le pillan. 

Con el torso desnudo y sin un solo diente, parece que tuviera 70 años. En realidad, apenas tiene 56. Su cara muestra la devastación de la metanfetamina. “Soy un consumidor moderado”, explica con toda seriedad, antes de argumentar que “antes decían que la marihuana era mala y ahora está legalizada en cada vez más sitios, así que quién sabe con la metanfetamina”. 

Los cientos de hombres y mujeres que viven repartidos por los túneles de Las Vegas tienen a menudo una historia que combina adicción al juego, al alcohol y a las drogas. Kregg, por ejemplo, llegó en 1999, pero admite, riendo, que “aquel año estuve tan ‘puesto’ que no sé lo que hice”. Jazz se acuerda hasta de la hora a la que llegó: las 3 de la tarde del 5 de agosto de 1987, pero admite que “después me dediqué a desperdiciar mi vida. Es hora de cambiar”.

Pablo Pardo. EL MUNDO, España, 02-11-2016

 

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