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Joyce DiDonato, pulso entre la guerra y la paz

Joyce DiDonato, pulso entre la guerra y la paz

Joyce DiDonato, pulso entre la guerra y la paz
noviembre 10

La mezzo estadounidense invoca arias de Händel y Purcell como antídoto contra la violencia en In War & Peace

Joyce DiDonato estaba sentada al piano de su padre en su casa de Kansas. Delante tenía 60 ‘oscuras’ arias napolitanas, firmadas por compositores como Niccolò Jomelli y Leonardo Leo, apenas registradas hasta la fecha. Debía seleccionar 10 piezas para incorporarlas a un disco de encargo. Su sello (Erato) esperaba el resultado de la criba, ya impaciente porque el plazo que le habían dado estaba a punto de expirar. Pero el móvil apoyado sobre el instrumento no dejaba de alterar su concentración. No lo había desconectado porque estaba a la espera de noticias de sus amigos en París, ciudad entonces en estado de shock tras los ataques del Estado Islámico. 

En mitad de esa tormenta de mensajes y llamadas el plan original se fue a pique. “Mi cabeza daba vueltas. Mi corazón lloraba. Mi alma artística buscaba”, recuerda la mezzo estadounidense. Cogió el teléfono y escribió a sus interlocutores de la compañía: “No me regañéis pero necesito cambiar el proyecto. Quiero cantar sobre la paz y la guerra”. A DiDonato ya no le motivaban las filigranas vocales diseñadas por los autores napolitanos que le habían puesto en suerte. “Que me disculpen pero su música me parecía un artificio cuando a mi alrededor el mundo se descomponía”, confiesa hoy. Para evitar el colapso, sentía que debía hacer algo a partir de su canto. Y siguió el credo en su día esbozado por Riccardo Muti: “Los músicos debemos aportar a la gente armonía, belleza y paz”. 

Pero no por una vía directa. En el itinerario trazado en el disco que finalmente ha cuajado, In War and Peace: Harmony through Music, se llega al bien a través de la oscuridad y la lucha. La virtud requiere un esfuerzo ascético previo. Esa ruta aparece balizada con 15 partituras barrocas en las que Purcell y Händel son los compositores predominantes. DiDonato, admite, tenía muchas ganas de grabar el aria Lascia ch’io pianga, hito celebérrimo de la ópera Rinaldo firmada por el segundo, donde la prisionera Almirena suspira por la libertad perdida. DiDonato, una mezzo muy lírica, muy segura con los agudos, aborda de sobra esta pieza para soprano. También se recrea con las arias de Sesto en el Giulio Cesare handeliano. 

De Händel también ha abordado su oratorio Jephtha (Some dire event hangs o’er our heads…) y Agrippina (Pensieri, voi mi tormentate). Por su parte, de Purcell aporta They tell us that you mighty power above y Why should men quarrel Girl (The Indian Queen) más El lamento de Dido (Dido y Eneas), otro título que DiDonato tenía entre ceja y ceja. “Como vehemente optimista que soy, quería ofrecer no sólo un mensaje de esperanza, sino también enganchar a los oyentes de una manera más visceral y mostrar que esta música (que viene siendo escuchada desde hace cuatro siglos) es un espejo implorante frente a cada uno de nuestros corazones y que, así, examinemos todos nuestra contribución a este mundo despedazado”, explica DiDonato, cuya cotización se ha disparado en los últimos años y de la que hemos podido disfrutar con frecuencia aquí en España, donde no falla ni una sola temporada.

En esta colección, en la que la acompaña el conjunto barroco Il pomo d’oro, no ha querido dejarse tres de las arias napolitanas que barajó de entrada. De un lado, Prendi quel ferro, o barbaro de la Andromaca de Leo. De otro, Sprezza il furor del vento y Par che di giubilo pertenecientes a la ópera seria Attilio Regolo de Jomelli. DiDonato despliega la amplitud de su paleta cromática y la confianza de una cantante en racha, que deja aquí otra muestra de su compromiso con las turbulencias de su entorno. Su objetivo, advierte, “es agitar conciencias y poder inclinar la balanza hacia la paz, algo que está en la mano de cada uno de nosotros”. 

Alberto Ojeda. EL CULTURAL, España, 04-11-2016

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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