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Arturo y sus medias tintas

Arturo y sus medias tintas

Arturo y sus medias tintas
octubre 20

La vergüenza en Quito ya es pasado, hoy bebemos el brebaje del éxito frente a Perú. Ayer derrotados, las palabras de Arturo tenían ritmo de soberbia, pero hoy al compás del triunfo ante los incas son un salmo a rezar. Es la amnesia del fútbol. La ligereza de las pasiones estimula que el sistema del resultadismo no sólo rija el comportamiento estético sino también conductas psicológicas.

Arturo Vidal con su cuerpo tatuado, imita la cultura de civilizaciones ancestrales dando un moderno sentido tribal a su vida. ¿Qué se quiere decir con un tatuaje? Antes era demostración de linaje, ancestros, batallas peleadas, etc. Los marinos se tatuaban el nombre del barco por si naufragaban y saber a qué nave pertenecía el cuerpo flotando.

Los tatuajes de Vidal, para mí, son un culto a su imagen y la transgresión. Muestra al planeta su torso desnudo pintarrajeado. Al extremo de subirse el pantalón para exhibir un muslo entintado e indescifrable bajo un hedonismo feroz. Todo es choreza, una extravagancia.

Así y todo parte de Chile lo venera. Los que despotrican, callan. Todo es ligereza pasional y frívola a la vez.

Y aparecieron los jugadores de antes, recuperaron el libreto extraviado con Arturo como paladín. Dos estocadas suyas devolvieron la alegría a un país avergonzado de fútbol. Lo preocupante es el gratuito sufrimiento.

En la cancha, Arturo es un pulpo que lanza su tinta para defenderse, escaparse y sorprender. En sus desplazamientos se tragó la cancha tal como se atraganta con sus vanidosas palabras. Exudó tanta tinta como poros tapizan su cuerpo. Sus tentáculos se agitaron como aspas para incentivar la fauna que le rodeaba en el Nacional.

Son loables sus goles y despliegue físico. Se le aplaude en todas las esferas, de la Plaza Italia para abajo y para arriba. Creo escucharle susurrar “lo que temo del éxito es no aprender”.

Como dice Bernhard Schlink, escritor alemán: “La educación no inmuniza contra el fanatismo y la brutalidad”.

En definitiva, Arturo es él y no anda con medias tintas.

Blog de Leonardo Véliz. LA TERCERA, 14-10-2016

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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