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Terence Davies: “Emily Dickinson era un genio que se desvaneció en la amargura”

Terence Davies: “Emily Dickinson era un genio que se desvaneció en la amargura”

Terence Davies: “Emily Dickinson era un genio que se desvaneció en la amargura”

Terence Davies y Emma Bell en el rodaje de Historia de una pasión

Por fin se atreve el cine a descifrar la enigmática vida de la poeta Emily Dickinson, que vivió enclaustrada en el hogar familiar hasta su muerte. Y ha confabulado el destino para que sea otro poeta, aunque de las imágenes, quien traduzca su lirismo a la pantalla. El británico Terence Davies, idolatrado autor de Vidas distantes, entrega otra de sus sublimes y emocionantes piezas de cámara con Historia de una pasión.

La pasión silenciosa, porque fue silenciada, es la de una mujer que escribió un poema al día mientras vivió apartada de la sociedad y encerrada en su casa hasta la muerte, con 56 años. Es el relato enclaustrado por fuera pero abierto a las profundidades del ser, el de la pasión de la poetisa norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), que otro poeta, el británico Terence Davies (Liverpool, 1945), ha llevado a la pantalla con una sensibilidad que ya parece haber desaparecido del cine, cercana a Max Ophüls en su impacto emocional y a Oscar Wilde en la riqueza literaria de los diálogos. Historia de una pasión, reza el título castellano, es también la historia de una resistencia y una erosión, la de una mujer que nació fuera de su tiempo, cuando ellas no podían ser poetas; cuando el dogmatismo religioso alienaba cualquier espíritu libre y pensante como el suyo; cuando el matrimonio era el único camino aceptable socialmente para no llegar virgen a la tumba.

Pregunta.- La vida privada de Dickinson es un enigma, se sabe muy poco de ella. ¿Cree que conoció realmente el amor, más allá del amor familiar?

Respuesta.- Creo que no conoció el sexo, ni la consumación del amor romántico. Sus poemas amorosos pueden estar dirigidos a su cuñada, que también vivía en la casa familiar y a quien adoraba. O al reverendo Wadsworth, de quien estuvo probablemente enamorada. Nadie le habló de sexo en su juventud, no tuvo información al respecto. Entonces era común que murieras virgen. Pero escribió sobre la noción del amante, que retrata en versos como “Se avecina el hombre en la noche…”. Hay algo realmente siniestro en ello, hay una connotación de que el hombre es algo amenazante para ella.

P.- ¿Por qué vivió encerrada toda su vida? ¿Qué le producía el mundo exterior?

R.- Le producía terror. Solo salió muy joven para estudiar en el Seminario de Mujeres de Amherst, que estaba a unas diez millas de su casa, pero entonces, en carruaje se tardaba horas, y para ella era como ir al fin del mundo. Ella se sintió literalmente enferma de melancolía por su hogar, y yo conozco ese sentimiento, porque de joven también fui enviado a internados, y odiaba estar tan lejos de casa. Lo único que ella quería era regresar al hogar. Quería que su núcleo familiar estuviera a su alrededor toda su vida, pero la gente cambia, se casa, se marcha de casa, y es imposible que todo permanezca igual. Su deseo era dar clases, pero no podía hacerlo, y tampoco se casó, ¿qué podía hacer? Una mujer no podía trabajar para ganarse la vida entonces. Encontró su voz en el nido familiar, pero una vez que la familia se desintegra, ella también lo hace.

El contenido es el que siempre te da la forma. Tienes que ver con tu ojo interior y escuchar con tu oído interno”

P.- La amargura la consumió y acabó convirtiéndose precisamente en lo que detestaba, en alguien que juzga a los demás, como a su hermano cuando descubre que es infiel con su esposa.

R.- Cuando tienes las expectativas muy altas sobre alguien, es difícil de perdonar. Su hermano es infiel y ella no lo puede soportar pues lo ve como algo deshonroso. Eso es parcialmente autobiográfico. Yo idolatraba a mi hermana, hasta que empezó a tratar a mi madre como si fuera basura, y nunca la perdoné por ello. El sentido de traición era muy fuerte. Esto te muestra cómo realmente no puedes llegar a conocer incluso a la gente que está más cerca de ti.

P.- ¿Cómo quiso traducir el sentido de su poesía a la pantalla?

R.- En verdad lo único que he hecho es emplear los poemas que me gustan de ella. El primero de ellos dice: “Por cada instante de éxtasis / tenemos que pagar una angustia / en afilada y temblorosa proporción / al éxtasis”. Era importante que estuviera ese poema ahí, cuando con solo 17 años ya sentía esa clase de angustia. No fue una rebelde, sino una persona honesta con sus convicciones. Ella anhela esa búsqueda espiritual. El poema lo escribió mucho más tarde, pero no encontré ningún sentido en la idea de introducir los poemas en el orden en que fueron escritos. Eso lo dejo para los documentales. Su último poema en la película -“Esta es mi carta al mundo…”- de hecho lo escribió muchos años antes de morir, pero es apropiado insertarlo en el lecho de muerte. Creo que tienes que escuchar el contenido y eso es lo que te dará la forma, pero nunca al revés. Ves con tu ojo interior y escuchas con tu oído interior, y eso te dice lo que debes hacer.

P.- El primer editor al que envía sus versos le escribe que las mujeres no pueden “crear tesoros imperecederos de la literatura”. Su obra siempre ha defendido el valor transformador de lo femenino.

R.- Fui criado por mis hermanas y mi madre, fueron mis grandes influencias. Mi madre tuvo una vida horrible y nunca se amargó, y eso es un enorme mérito. Lo importante en Emily es que aunque en el territorio moral perdió la batalla con su padre, con la sociedad patriarcal, ella nunca claudicó ni se arrodilló ante nadie. Su alma era suya, no de Dios, y luchó por lo que pensó que era la verdad. Supongo que me siento cerca de su coraje, de alguien que es capaz de asumir las consecuencias de sus decisiones. Históricamente es inadmisible que nunca publicara en vida. Era un genio que se desvaneció en la amargura. Me obsesiona que solo ganó un segundo premio en un concurso de pan… ¿por qué no ganó el primero? Todavía encuentro que eso es desolador.

emily

Cynthia Nixon es Emily Dickinson

P.- El morphing de los personajes frente a la cámara es extraordinario…

R.- ¿Cómo expresar la idea del envejecimiento de una forma sucinta y barata? Esa era la idea, que en realidad no sé de dónde vino. La única fotografía que existe de Emily Dickinson es de cuando tenía 17 años. Me pareció interesante recrear esa foto en el rostro de Emma Bell y hacerla envejecer hasta llegar al rostro de Cynthia Nixon, de la joven Emily a la Emily adulta. Y lo mismo hice con el resto de actores de su familia. Es una de las posibilidades de la tecnología digital.

P.- Más incluso que Dickinson, el personaje que interpreta Catherine Bailey está casi concebido como un libro de aforismos y agudas enseñanzas de vida… ¿Vryling Buffam existió o es un personaje inventado?

R.- Un personaje que se llama así, con ese nombre tan maravilloso, no puede inventarse. Existió de verdad, era una amiga de la familia, incluso conseguí algunas fotos de ella. Quizá no tuvo ningún sentido del humor, pero con ese nombre tenía que ser un personaje divertido. Ha sido el personaje más placentero de escribir pero el más difícil a la hora de encontrar a la actriz adecuada.

P.- El trabajo de un artista está muy relacionado con las circunstancias de su vida. ¿Cree que Dickinson hubiera podido escribir esas reflexiones tan profundas sobre el alma humana en el siglo XXI?

R.- No lo sé. Podría haberlo hecho, pero hubiera sido muy distinto. Tenemos acceso a tanta información ahora… Es verdad que Dickinson es un producto de su tiempo, pero su poesía lo trasciende. Probablemente no hubiera escrito lo mismo. Creo que el concepto de la fama le hubiera espantado, por ejemplo. Si viviera ahora, encontraría la vida no solo repugnante, sino narcisista y sin sentido, pues todo parece girar alrededor de la apariencia. Sin duda la cultura moderna le hubiera espantado, una cultura en la que los participantes de un reality show, que son estúpidos y no saben hacer nada, son considerados estrellas. ¿Y realmente podemos considerar My Bed de Tracy Emin una obra de arte? ¡Por favor! La compró un alemán con más dinero que sentido común. Es realmente de una obviedad insultante.

Dickinson encontraría la vida del siglo XX no solo repugnante, sino narcisista y sin sentido”

P.- “La alteración de los signos de puntuación es algo muy difícil de tolerar”, le dice Emily Dickinson a un editor. El único que puede alterar el poema es el poeta, lo que en cine no deja de ser una utopía…

R.- Sí, sin duda. Tienes que luchar por eso en el montaje. Ahí está la clave. Lo más difícil es cuando las personas que están detrás de la película sugieren cosas que realmente no funcionan. Eso es lo más duro. Lo verdaderamente difícil es encontrar el verdadero subtexto. No he tenido el final cut en ninguna de mis películas, así que es difícil recorrer ese trayecto entre ser educado o decirle al productor que si corta determinada escena le estrangulo.

P.- Dickinson dice que “la posteridad es tan tranquilizadora como Dios”, ¿usted siente lo mismo respecto a su obra?

R.- Creo que sí, porque en realidad, como ocurre con la existencia o no de Dios, nunca sabemos qué ocurrirá con nuestra obra en la posteridad, cuando ya no estemos aquí. ¿Qué clase de serenidad te da eso? Ninguna. ¿Qué compositor de ópera se pensaba en el siglo XIX que iba a sobrevivir a los siglos? No era Wagner, sino Giacomo Meyerbeer. ¿Y quién se acuerda ahora de él? Lo más duro de desaparecer no es saber si serás recordado, sino que te aparten de las personas que quieres.

P.- ¿Pero usted no trabaja para la posteridad?

R.- No. Solo puedes hacer lo mejor que puedas con tu corazón. Y ser honesto. El resto está en manos de los demás. Sé que mucha gente detesta mis películas, y contra eso no puedo hacer nada.

Carlos Reviriego. @carlosreviriego

EL CULTURAL, España, 07-10-2016

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