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Ser Líder

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¿Cuándo se perdió la noción de que ser elegido para un cargo público significa no sólo representar los intereses de los votantes sino también atreverse a dirigirlos, lo cual quiere decir tomar decisiones por ellos?

Hoy los políticos están tan desesperadamente aferrados a sus cargos que están perdiendo la capacidad de ejercer liderazgo.

Las mayores posibilidades de comunicación que han surgido en la era digital han empoderado a los ciudadanos –en el sentido de que hoy se escuchan sus voces, cosa que antes no ocurría–, pero han debilitado a los políticos.

Hoy pocos de ellos se atreven a tomar decisiones –sobre todo decisiones difíciles– si no sienten que éstas son avaladas por las mayorías que vociferan diario a través de las redes sociales.

Por eso prefieren poner en marcha programas que no tienen riesgo alguno de ser impugnados y volverse un escándalo, como regalar cosas.

Pero eso no es gobernar. Eso es apenas un intento de quedar bien con todos, algo que, al final, pocas veces suele ser recompensado.

Otra tendencia de los políticos de nuestros tiempos es buscar que las decisiones controversiales sean avaladas por la ciudadanía en las urnas.

Lo vimos en la Ciudad de México, a finales del año pasado, cuando se sometió a consulta la remodelación de la avenida Chapultepec.

Lo vimos en junio pasado, cuando el gobierno británico tuvo que guardar una absurda promesa de campaña de someter a referéndum la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea.

Y lo acabamos de ver el domingo pasado, cuando los colombianos fueron convocados a las urnas para opinar sobre los acuerdos de paz suscritos entre el gobierno de ese país y las FARC.

No es ninguna sorpresa que esos tres ejercicios terminaran en un sentido contrario al que deseaban las autoridades que los convocaron.

En el pecado llevaron la penitencia, pues esos gobiernos, igual que muchos más en todo el mundo, están mostrando que les faltan tamaños para tomar decisiones y aguantar la crítica.

En este punto, no faltará la irrupción de la visión populista que quiere que todo se le consulte “a la gente”. Pero ¿quién es “la gente” y qué pasa cuando una minoría acaba tomando una decisión que afecta a la mayoría, como ocurrió en esos tres casos?

Pensando en esto me acordé de dos escenas de la película Invictus, que retrata los primeros meses en el poder del presidente sudafricano Nelson Mandela, elegido luego del desmoronamiento del apartheid.

En una de ellas, Mandela (interpretado por Morgan Freeman) acude a una reunión de la nueva autoridad deportiva del país, que proponía retirar el nombre usado por la selección nacional de rugby, un deporte asociado al dominio que la minoría blanca ejercía sobre la mayoría antes del cambio de régimen.

Molesto con la insistencia de sus viejos camaradas de prohibir el uso del nombre Springboks y por su negativa a escuchar sus argumentos sobre por qué dicho nombre debía mantenerse, Mandela espetó en la asamblea: “Me eligieron para dirigir, déjenme hacerlo”.

En la segunda escena, el presidente sudafricano entra en una discusión similar con su jefa de asesores, Brenda Mazibuko.

Madiba, nadie apoya eso. Está usted arriesgando su capital político, su futuro como líder.

El día que eso me dé miedo –replica Mandela– es el día en que no estaré capacitado para dirigir.

¿Cuántos políticos piensan así hoy en día? Y no se trata de hacer algo contrario a lo que quiere la sociedad sino de encontrar la capacidad de decirle a ésta qué es lo que le conviene.

Finalmente, estamos hablando de gobiernos democráticos, cuya llegada al poder se debe al voto de los ciudadanos.

El problema es que ser tan timorato tiene consecuencias: cuando la gente se cansa –porque, al final, se cansa– de gobiernos que sólo tratan de dar gusto a todos y no resuelven nada, aparecen los hombres fuertes que toman decisiones.

Decisiones que responden a su propio interés y que ellos toman sin consultar a nadie.

Bitácora del Director. Pascal Beltrán del Río

EXCELSIOR, MÉXICO, 05-10-2016

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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