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Periodismo y redes sociales, por Ana Paula Ordorica

Periodismo y redes sociales, por Ana Paula Ordorica

Periodismo y redes sociales, por Ana Paula Ordorica

El domingo pasado muchos acudimos a YouTube para ver el reportaje, previamente anunciado por Carmen Aristegui, de un nuevo capítulo desconocido para el público en general de la vida del presidente Enrique Peña Nieto.

A las 10 de la noche, vía YouTube, conocimos el caso del plagio. Habrá quien sienta que fue un nuevo bombazo de la periodista que, una vez más, nos salva de la ignorancia en la que vivimos sobre el personaje que encabeza el Estado mexicano. Aplausos para Carmen.

Habrá quien diga que le faltó rigor periodístico y que fue un reportaje hecho con el hígado y no con la cabeza. Un intento burdo y hasta apurado por manchar al Presidente y a la televisora que la periodista desprecia (y en la cual yo trabajo, como aclaración). Fue un lapsus desesperado de Carmen por la prisa de dar una nota.

En ese debate no quisiera entrar. Son distintas posturas; tengo la mía, pero la guardo para otro momento. Aquí el tema interesante es el canal mediante el cual la periodista optó para dar a conocer la información.

Ella tiene un programa de televisión nada más y nada menos que en CNN en español. Tiene, además, un muy buen espacio editorial en uno de los diarios más leídos en el país, Reforma. Y, sin embargo, decidió no utilizar ninguno de estos canales y mejor irse a YouTube.

Espacios como ése, como Twitter, como Facebook, son la fuente de información de las generaciones más jóvenes, de los famosos millennials, a los que los medios de comunicación se sienten obligados a llegar, actualmente. Ésa fue una de las principales razones de los cambios que se llevaron a cabo esta semana en Televisa.

Ahora, como periodista que trabajo en medios de comunicación tradicionales: radio, televisión y prensa escrita ¿cómo influyen estas redes sociales y estos outlets en el oficio?

Sin duda son un arma de doble filo. Lo son porque a la vez que representan una oportunidad, conllevan enormes retos.

Una oportunidad porque permiten tener mayores canales para transmitir una nota, un reportaje, una entrevista… cualquier género del periodismo, incluyendo la fotografía. Pero precisamente por ello y ante la ausencia de una regulación formal, el reto es cumplir con el rigor del periodismo tradicional aun cuando no hay un editor, un director o un dueño que se encargue de que esto suceda.

Y a la vez, el tener al alcance de la mano en cualquier momento y en cualquier lugar la posibilidad de contar una historia no es razón suficiente para hacerlo. Poder grabar algo en el momento que uno quiera no quiere decir que se va a contar o a dar a conocer una historia interesante y bien narrada. Pero la competencia por hacerlo está ahí y la exigencia del tiempo se vuelve mucho mayor precisamente porque casi cualquiera puede hacerse llamar periodista y competir por dar la nota.

Adicionalmente, está el reto de saber lidiar con el odio que impera en la red. La semana pasada esto fue, justamente, el tema de portada de la revista TIME. Cómo los trolls y la gente llena de odio que vierte a través de las redes escudada muchas veces, la mayoría, en el anonimato, están arruinando el internet.

Es un texto largo e interesante porque permite ver cómo la gente sabe que ahora, si algo no les gusta o no les parece, tienen a la mano herramientas muy poderosas para hacerlo saber a quien quieran y en el tono que quieran. En las redes cada vez más con una agresividad que ha llevado a varias personalidades a anunciar que dejan de usarlas porque no pueden con la cantidad de odio con el que son atacadas sin freno.

El periodista que escribe el artículo, Joel Stein, cuenta el caso de una troll, Megan Koester, que llegó a un restaurante en donde estaba él y posteriormente al supermercado en el que hace sus compras y en ambas ocasiones lo amenazó con quererlo golpear. Quería pasar de la violencia escrita a la violencia física. Reto adicional del periodista frente a las redes.

APOSTILLA: Este texto lo elaboré como parte de mi ponencia el día de hoy ante el Seminario de la Corte Interamericana de Derechos Humanos “Derecho Nacional e Internacional, desafíos compartidos” en la mesa sobre Libertad de Expresión.

Ana Paula Ordorica. Twitter: @AnaPOrdorica

EXCELSIOR, México, 26-08-2016

 

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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