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Jueces

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Uno de los placeres que gozamos los televidentes de las competencias olímpicas es convertirnos en repentinos especialistas de juegos de los que sólo nos ocupamos cada cuatro años.

Así, apreciamos disciplinas como la gimnasia y los clavados, en las cuales tratamos de adivinar cuál será la puntuación que otorguen los jueces con base en nuestra empírica apreciación y en la repetición de lo que comentan los expertos invitados por la televisión.

Nuestra sapiencia es tal que nos jactamos de evaluar cuando un clavadista mantuvo la vertical o echó demasiada agua a la hora de zambullirse, y las consecuencias que esto puede traerle en su clasificación. Lo mismo pasa con los gimnastas a la hora de completar su rutina sobre el caballo o las barras asimétricas, en la que presumimos tener los parámetros de cuántos puntos puede costar un leve tambaleo en la recta final.

Por supuesto, no pasaría de ser una sana afición, un divertimento asociado con el disfrute de un encuentro mundial de deportistas que surgió como una manera de unir al mundo en una fiesta de paz, pero que ineludiblemente se tornó competencia política, económica y espejo de las glorias y limitaciones de cada nación participante.

Sin embargo, las redes sociales han dejado ver que esta experiencia de ser jueces de temporada se ha vuelto terreno fértil para la intolerancia, la descalificación fácil, el bullying y la simplificación. De nueva cuenta, la libertad de expresión que nos ofrecen estas plataformas dejó ver más bien cuánta decadencia moral mostraron quienes descargaron sus frustraciones en los escasos triunfos obtenidos por la delegación mexicana.

Y no me refiero necesariamente al ya muy comentado caso de la gimnasta Alexa Moreno, que respondió con dignidad y gallardía frente a las groseras exhibiciones de miseria humana posteadas por víctimas de quién sabe cuántas frustraciones. En general, la escasez de preseas (hasta ayer habíamos obtenido cinco: tres de plata y dos de bronce) hizo que miles de usuarios de redes sociales se instalaran en el púlpito de la superioridad moral para, desde ahí, desacreditar el esfuerzo y años de preparación de atletas que, suponemos, no viajaron de tan lejos para perder por voluntad.

Desde luego, sí hay mucho que exigir a los personajes de pantalón largo que, ya sea desde las federaciones deportivas o desde el gobierno, tendrían que revisar la política deportiva que no nos ha puesto en lugares privilegiados de competencia. Por supuesto, tampoco existen muchos argumentos para defender a un funcionario que no tiene la mínima prudencia de evitar publicar fotos como si estuviera paseando, cuando se supone que estaba en horas de trabajo.

Pero como sociedad, creo que tampoco son muy productivas las búsquedas de cadalsos donde poner a hervir a los responsables de figurar en los últimos lugares del medallero. No lo son porque, en realidad, como sociedad no le hemos dado a los atletas de alto rendimiento su lugar como figuras a seguir. Son garbanzos de a libra, frutos en su mayoría del esfuerzo personal, no de una mentalidad que permee a la sociedad en su conjunto.

Sólo los recordamos a la hora de la competencia, pero en espacios cotidianos como la familia o la escuela, ¿cuántos quieren ser Ana Gabriela Guevara? ¿Cuántos quieren ser Rommel Pacheco? ¿Cuántos siguieron la ruta de la sorpresiva, pero malograda Soraya Jiménez? Sus casos debieran haberse multiplicado desde hace mucho, y el que no haya sido así es motivo de una reflexión colectiva que dé como fruto una nueva mentalidad. ¿Seguiremos desde ahora a Lupita, la primera mujer que le da una medalla de plata a México en marcha? ¿Demandaremos para ella apoyo, entrenamiento y recursos? ¿O ya a partir de la clausura de Río 16 la olvidaremos?

En mi caso, la desazón por los resultados de Río no tiene que ver con el número de medallas, sino qué tanto estamos educando a nuestros niños y jóvenes en el cultivo de sus aptitudes físicas, qué tanto les ofrecemos como modelos a seguir las disciplinas olímpicas y otras en las que sea una aspiración estar entre los mejores del mundo.

Lamernos la herida por las derrotas o buscar que rueden las cabezas de los presuntos culpables no basta, mientras como sociedad no cultivemos más el espíritu de competir que el de asumirnos como tribunales que sin argumentos descalifican.

Blog de Fabiola Guarneros Saavedra. Twitter: @Fabiguarneros

EXCELSIOR, México, 21-08-2016

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía publicitando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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El rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francisco de Quevedo (1580-1645) que improvisara una cuarteta.

—Dadme pie —le dijo Quevedo.

El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó la pierna. Pero el escritor, que siempre fue de respuesta rápida e ingenio agudo, lejos de darse por vencido, improvisó, como le habían pedido, la siguiente cuarteta:

—En semejante postura / dais a entender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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