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Francia: la neutralidad religiosa en el ámbito laboral

Francia: la neutralidad religiosa en el ámbito laboral

Francia: la neutralidad religiosa en el ámbito laboral

La nueva ley laboral francesa permite impedir a los empleados manifestar sus convicciones religiosas.

Aunque no es uno de los temas claves, en la ley de reforma laboral recién aprobada en Francia se ha añadido una disposición que autoriza a las empresas a incluir en su reglamento de régimen interior un “principio de neutralidad” que, en ciertos casos, puede impedir “la manifestación de las convicciones de los asalariados”. No se especifica qué tipo de convicciones, pero en la laica Francia se entiende que se apunta a las convicciones religiosas.

La enmienda fue propuesta por la senadora Françoise Laborde, que parece mantener una personal cruzada laica en este tema. Ya en 2012 había presentado, sin éxito, una proposición de ley que pedía “extender la obligación de neutralidad a las estructuras privadas que se ocupan de la atención a la infancia y asegurar el respeto del principio de laicidad”. Se trataba de prohibir también estos ámbitos los “signos ostensibles” de religiosidad prohibidos desde 2004 en las escuelas públicas.

El “principio de neutralidad” comporta el riesgo de prohibiciones sin justificación objetiva de las convicciones de los asalariados

La “enmienda Laborde” se ha incluido en la ley casi por unanimidad de los senadores, pero también ha suscitado críticas por parte de quienes la consideran innecesaria o reflejo de “una concepción belicosa de la laicidad”, en palabras del diputado socialista Denys Robiliard.

El propio Observatorio de la Laicidad y la Comisión nacional consultiva para los derechos humanos habían pedido en un comunicado conjunto la retirada del “principio de neutralidad” en los lugares de trabajo. A su juicio, comporta “el riesgo de prohibiciones absolutas y sin justificación objetiva de las convicciones de los asalariados ya sean sindicales, políticas o religiosas”.

Tampoco está claro el alcance de esa prohibición de manifestar las propias convicciones. ¿Practicar el ramadán durante las horas de trabajo es un signo de religiosidad? ¿Mantener una conversación sobre temas religiosos?

Varios casos sobre uso de símbolos religiosos en el trabajo han llegado ya hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que, según las circunstancias, ha dado la razón a la empresa o al demandante.

La fe, a favor de la ética en el trabajo

En cualquier caso, no hay por qué suponer que la expresión de la religiosidad cree problemas para el funcionamiento de la empresa. Un curioso estudio realizado por Sreedhari Desai y Maryam Kouchaki, publicado en el Academy of Management Journal, se planteaba si en empresas de la India los jefes trataban de un modo distinto a los empleados que tenían algún signo religioso en sus despachos o manifestaban de algún modo su fe. Sus conclusiones fueron que era menos probable que los jefes pidieran a estos empleados que actuaran de modo poco ético.

Según un estudio en empresas de la India, la religiosidad del empleado frena la petición de comportamientos poco éticos

El motivo podía ser que los jefes no quisieran poner a estos empleados en una situación incómoda; o que temieran que dieran a conocer estas presiones para actuar de modo inmoral; o quizá que al tropezar con una convicción moral el jefe reconsiderara su petición. En cualquier caso, la religiosidad del empleado actuaba como un freno para comportamientos laborales rechazables.

De todos modos, los principales problemas en este ámbito tienen hoy menos que ver con el uso de símbolos religiosos que con la objeción de conciencia. Cada vez llegan a los tribunales más casos relacionados con la negativa a involucrarse en prácticas legalizadas que el trabajador rechaza por motivos de conciencia.

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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