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Manuel del Arco entrevista a Josephine Baker para La Vanguardia de Barcelona en 1953

Manuel del Arco entrevista a Josephine Baker para La Vanguardia de Barcelona en 1953

Manuel del Arco entrevista a Josephine Baker para La Vanguardia de Barcelona en 1953
agosto 18

Josefina Baker vino esta vez con “Beauté” y “Minou”, dos gatos. Llegó a su cuarto y los sacó de sus jaulas. Los gatos, dueños de la situación, saltaron a la cama. La artista los acarició dulcemente…

– ¿Qué tal Norteamérica, Josefina?

– Prefiero que me hable usted de mi vida artística.

– Artísticamente, ¿qué tal Norteamérica?

– Yo no quiero hacer dos cosas a la vez; no mezclo la política.

-¿Dónde encontró hostilidad?

-Hablemos de teatro nada más.

-Usted ha pronunciado conferencias; ¿sobre qué tema?

-Contra la discriminación racial, pero no me gusta tocar esto; soy como un niño que está quemado y tiene mie-do del fuego. No estoy sola, y miles de personas ven como yo, pero yo no quiero luchar ahora, esto crea confusionismo. ¿Por qué no me pregunta cosas de mi arte?

-Porque me interesa usted más como tipo humano que como artista. ¿Me permite una pregunta?

-¿Me hará daño?

-No pretendo; si la lastimo, borro la pregunta.

-¿Josefina Baker hubiera sido lo que es, de ser blanca?

-Soy negra de color, de raza, de clase social; para mí la raza es una: la raza humana. Creo en Dios que dijo que todos somos hermanos, y yo lo sien to así.

-¿Cuál ha sido el gran amor de su vida?

-Los seres humanos.

-¿No hay singular?

-Es bastante. Pon esto.

-¿La vida se portó bien con usted?

-Sí; doy gracias a Dios de haber vivido.

-¿Y usted se portó bien?

-¿Cómo quiere que me juzgue a mí misma?

-¿Cuáles fueron sus mejores años?

-Cada momento de mi vida ha sido interesante.

-Si hubiera podido detener el tiempo, ¿en qué momento se pararía?

-Soy mujer y curiosa, y quiero vivir hasta que deje de respirar.

-¿Artísticamente, cree que dejará escuela?

-Yo no soy nada; si realmente hay quien lo cree, me parece bien que lo crean, pero me parece que no vale la pena; creo que no tengo estilo que quede en el futuro; usted puede pensarlo, yo no. Todo cuanto hago es por inspiración, todo viene de dentro.

-Si no cobrase, ¿trabajaría?

-¡He trabajado tantas veces!; yo respeto a la gente que viene a verme

-¿A qué artista admira?

-A «Charlot», como humano; yo admiro como todos admiran a Charlot artísticamente, pero él representa para mí la humanidad.

-¿Y usted?

-Es usted quien debe juzgarme como ser humano.

-Tiene usted la obsesión de la humanidad; ¿cómo la ve?”

-No puedo, estoy dentro.

-Salga de ella, con la imaginación.

-Según en qué lado del mundo me encuentre.

-Desde este hemisferio.

-Creo que ya es suficiente.

-¿Es cierto que usted ha recogido cinco niños?

-Sí, varones de dos años; uno, negro de Johanesburgo; uno amarillo, del Japón; uno blanco, de Escandinavia; uno cobrizo, del Perú, y uno de Israel, también blanco.

-¿Tiene alguna canción alusiva?

-Sí, la letra es de Henry Lemarchand; termina así:

«Uno es de color de noche

dos otros de color del día

el cuarto de color de sangre

y el último de color de sol.

Pero los cinco son mis hijos los amo a todos por igual’

La O.N.U.

Manuel del Arco. LA VANGUARDIA, Barcelona, 20-06-1953

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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