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Manuel del Arco conversa con Walt Disney en ‘La Vanguardia’

Manuel del Arco conversa con Walt Disney en ‘La Vanguardia’

Manuel del Arco conversa con Walt Disney en ‘La Vanguardia’

¿Ese es?; nadie lo hubiera dicho. El famosísimo dibujante creador de tantas películas de dibujos animados buscaba la paz, que los periodistas no le concedemos. Pero la fama tiene sus quiebras. Accedió al fin…

Venía de Port Lligat, donde celebró una conversación con Dalí.

¿Va a colaborar con él?

Se está estudiando el asunto… Dalí trabajó conmigo hará ocho o nueve años, él tiene una gran imaginación y puede llegar a complementarse con mi organización. Por tanto, es posible.

¿Cuáles son sus proyectos inmediatos?

Estoy trabajando en la película «La bella durmiente»; de dibujos, con música de Tchaikowski.

¿Por qué abandonó, durante un tiempo, los dibujas animados y realizó películas con figuras vivientes?

Por buscar una diversidad; fue un estímulo para mí; desde hace treinta años toco todo; todo me divierte y me atrae.

De cuanto ha logrado ¿de qué está más satisfecho?

Me siento un hombre feliz, hoy, por poder hacer lo que deseaba de niño.

¿Qué significa en su obra completa el ratón Mickey Mouse?

Sentimentalmente, fue la llave que abrió mi obra posterior.

¿Ya abandonó al ratón

Lo sigo haciendo para la televisión; hoy día es difícil el material corto para colocarlo en los cines; en cambio, en la televisión puedo hacerlo como quiero y llega directamente al público.

¿Piensa ampliar la «ciudad Disney»?

Constantemente realizo reformas; una ciudad no es como una película, que tiene principio y fin

¿Cuánta gente la visita al cabo de un año?

Más de cuatro millones de visitantes.

Se dijo, en alguna ocasión, que usted era descendiente de españoles. ¿Es cierto?

Soy mitad inglés-irlandés y mitad alemán, mi madre era alemana, y yo he nacido en Chicago. Se dijo que yo era español por confusión con un artista que trabajaba conmigo, llamado Zamora.

¿Walt Disney es su nombre verdadero o el artístico?

Me llamo Walter Elias Disney.

Ahora tiene usted muchísimas más preocupaciones que cuando dibujaba aquel ratoncillo en su estudio. En su intimidad, ¿es más feliz ahora que antes?

Todo es relativo; ahora estoy muy contento de contar con un equipo de colaboradores que trabajan conmigo desde hace veinticinco años.

¿Es cierto que su nombre sonó, una vez, como candidato al premio Nobel?

¿Por qué? Eso se da a los científicos y a los literatos.

Su labor ha sido poética y de paz.

Gracias; es usted muy amable.

¿Juzga a Charlot?

Cuando yo era niño, le imitaba; luego recibí de él buenos consejos; hoy es un hombre triste. No se deben hacer películas con resentimientos, las películas deben ser para todos los públicos.

¿Hay algún punto del mundo donde no hayan entrado las películas de Walt Disney?

En Rusia, sólo entraron dos «films» míos; pero fue porque hay dificultades de cobro.

¿Cuál ha sido la película que le costó más producir?

Será La bella durmiente, de cuatro a cinco millones de dólares. Antes que ésta, Veinte mil leguas de viaje submarino, costó cuatro millones.

¿Y produjo?

De doce a quince millones de dólares. Hacer películas es como jugar a la ruleta; uno expone su dinero, esperando que caiga la bola en su número. La gente cree que soy muy rico y no hago sino colocar el dinero en nuevas producciones.

Walt Disney no se había enterado que el satélite ruso estaba dando vueltas y declaró que desde hace tiempo trabaja en una película cuyo tema es el saté- lite americano. Se quedó muy sorprendido de la noticia.

¿No lee periódicos?

No, y quiero pasar inadvertido; no diga en qué hotel estoy, que por todas partes me ofrecen argumentos o me piden dinero, y lo que quiero es descansar. Que no se enteren que estoy aquí.

En el hotel se inscribió con el nombre de Walter Jones, y con el pelo canoso, cortado a lo «amadeo», nadie lo hubiera reconocido, de no haber pasado antes por el estratégico Port Lligat de Dalí, que nos puso al acecho. Por muy poco se nos escapa el hombre…

Manuel del Arco, servidor de ustedes.

LA VANGUARDIA, Barcelona, 08-10-1957

 

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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