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El origen español del dólar

El origen español del dólar

El origen español del dólar
julio 21

Muy pocos norteamericanos saben que su moneda posee origen español.

Esta es su historia.

El llamado real de a ocho, o también peso duro o simplemente duro, fue la moneda más importante del Imperio español y del mundo en su época. Su peso era de 27 gramos de plata, y se acuñaba en la Ceca o casa de la moneda de México, procediendo el metal de los yacimientos mexicanos de Zacatecas o Guanajuato, y de las riquísimas minas de Potosí, en Bolivia, prácticamente una montaña maciza de plata, el mayor yacimiento argentífero que haya existido nunca.

En el reverso de la moneda figuraban las columnas de Hércules y el plus ultra, el lema de España. Las columnas representaban a Gibraltar y Ceuta, los dos peñones que delimitaron el final del mundo conocido hasta las postrimerías del siglo XV. Cuando el mítico Hércules ejecutó uno de sus famosos trabajos, el mundo terminaba ahí, era el plus non terrae ultra, pero España lo desbordó con una nueva extensión, y por eso Carlos I adoptó para sí y para España el lema de “plus ultra”.

El real de a ocho, la moneda de mayor circulación en el Imperio español, fue el origen del dólar americano.

El real de a ocho español fue la primera moneda universal. Las flotas de Indias remitían al continente europeo barcos con inmensas remesas de reales de a ocho, también llamados “taleros”, por su parecido con la moneda austríaca thaler, acuñada en Bohemia, también en el territorio imperial de Carlos V.

Estos navíos levantaban la codicia de los piratas del Caribe y el Atlántico, cuyo sueño era hacerse con el botín de un galeón español atiborrado de estas monedas. El último aflorado, el Nuestra Señora de las Mercedes, rescatado por la polémica compañía Odissey, transportaba 574.000 monedas de reales de a ocho, una verdadera fortuna.

Los reales de a ocho eran moneda circulante no solo en América, sino también en Asia. El famoso Galeón de Manila español, que hacía un trayecto anual entre México y Filipinas, los transportaba para cambiarlos por los productos exóticos del Oriente como sedas, porcelanas o mantones de Manila, y la moneda española, aceptada y apreciada por los comerciantes de todo el mundo, llegaba así a muchos rincones del Asia. De hecho, los comerciantes chinos solo aceptaban la moneda de plata a trueque de sus mercancías.

Pero también circulaba la moneda española en las Trece Colonias británicas de América del norte, mucho antes de que declararan su independencia. Debido a la dificultad de las navegaciones, era mucho más fácil surtirse de los cercanos y acreditados reales de a ocho acuñados en México que de libras esterlinas inglesas, de modo que en las Trece Colonias la moneda española circulaba normalmente, y era conocida primero como spanish thaler, pasando después a spanish daller, y más tarde a spanish dollar.

Cuando llegó el momento de la emancipación de las colonias, los flamantes Estados Unidos se desligaron formalmente de la moneda británica y se vieron en la necesidad de acuñar moneda propia. Pero resultaba difícil introducir en el comercio un valor nuevo, y por ello se recurrió al que entonces lo poseía en grado sumo en todo el mundo: el peso duro, la moneda española real de a ocho. Como se ha dicho, esta circulaba ya en las Trece Colonias como moneda de uso corriente. Había muchas de estas monedas en circulación y tenían la garantía de su prestigio y de su depurado contenido de plata, de modo que el real de a ocho de la monarquía española se convirtió en la base de la moneda de los Estados Unidos.

La paridad del dólar americano fue unida oficialmente a la moneda española, y el spanish dollar, llamado así durante mucho tiempo, convivió durante largos años con el dollar americano. Ambas monedas, la americana y la española, circulaban por igual y con el mismo valor en los Estados Unidos, y por cierto que sus ciudadanos, siendo idéntico el valor nominal, preferían con mucho los duros españoles que los nuevos dólares americanos, porque los españoles tenían más prestigio y mayor contenido físico de plata. La moneda española estuvo vigente en Estados Unidos hasta el año 1857, cuando se prohibió su uso.

En cuanto al signo del dólar, el conocido $, las barras (comúnmente se dibujan dos barras verticales y no una) provienen, según la opinión más extendida, de las dos columnas de Hércules de la pieza española, estilizadas. De hecho, cuando surgieron las primeras monedas acuñadas por Estados Unidos, se les denominó también Pillar-Dollar, por los dos pilares o columnas de Hércules. Y en cuanto a la S, según la versión más generalizada se trata de una abreviatura de la palabra “peso”, como era llamado el real de a ocho, con la P y la S superpuestas.

En conclusión, que la archiconocida moneda estadounidense, tiene su inequívoco origen en la vieja moneda española. Una contribución más de las muchas que legó España a Norteamérica.

Borja Cardelús, hispanista y escritor

EL IMPARCIAL, España, 02-07-2016

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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