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Libros viejos

Libros viejos

Libros viejos
julio 07

Tengo varios conocidos que están leyendo el best seller de autoayuda La magia del orden de Marie Kondo, así que, aunque no lo he leído, ya sé de qué se trata: hacer una limpieza en tu casa para no acumular objetos de más. Quedarte con lo esencial, conservar sólo las cosas verdaderamente valiosas y que amas y de esa manera hacer un cambio radical en tu vida.

Me gustan los libros de autoayuda: no sé si los tomo en serio o en broma, se mantienen siempre haciendo equilibrio en el filo, una línea muy delgada de la que pueden caer, hacia un lado o hacia el otro. Aun así, al leerlos, obtengo dos cosas: me divierto y reflexiono.

A los que están leyendo La magia del orden les pregunto qué dicen de los libros. Es realmente lo que más acumulo. Me dicen que Marie Kondo hace una pregunta básica ¿no te gustaría voltear a ver tu librero y que tooodoos los libros que hay ahí los ames? Volteo a ver mi librero y siento que amo a todos mis libros, pero la verdad es que estoy mintiendo. Sé que hay unos que quiero más que a otros. Así que, a modo de ejercicio, he ido haciendo una limpia.

Hace muchos años me enteré que un conocido se deshizo de su biblioteca completa porque necesitaba espacio. “De todos modos los libros ya los leí”, decía. Su esposa, que no era lectora, apoyaba su decisión. Yo estaba consternado, en esa época no podía deshacerme de ningún libro. Supe que sus libros se los había llevado un ropavejero o el camión de basura. Me dio tristeza, porque pensé que esas novelas, buenas o malas, deshojadas o en buen estado, no las volvería a leer nadie más, serían destruidas para convertirlas de nuevo en pulpa, y eventualmente en papel. Sé que está bien reciclar, pero no hay que abusar, los libros merecen ser leídos el mayor número de veces.

Por eso los libros de los que me estoy desprendiendo ahora los llevo a las librerías de viejo que conozco. Me dicen: ¿quiere el dinero o intercambio? no me dan mucho por ellos, así que acepto la segunda opción. Con ese crédito escojo libros que no he encontrado en ningún lado. A veces mi crédito iguala a los libros que llevo, pero muchas otras ocasiones tengo que desembolsar algo más para llevarme lo que quiero. Tal vez no sea justo recibir poco dinero, pero al menos sé que “mis libros” (ni modo, sigo sintiéndolos míos) serán leídos por alguien más, alejándolos de la fatídica trituradora de papel.

Pero las librerías de viejo están desapareciendo, están quebrando. Ya nadie lee como antes y las enciclopedias se están digitalizando (ja, por decirlo de alguna manera, todos nada más buscan en Wikipedia). “¡Se lo merecen!” dicen muchos, “los precios que piden no son de libros usados sino los mismos que en las librerías mainstream”. No me extraña que así sea, vivimos en un sistema capitalista y nada se regala. Bueno, la música ya es gratis, o casi, y todos están muy tranquilos. Yo mejor me quedo callado y sigo tocando en vivo, que gracias a eso puedo seguir viviendo.

Ahora estoy leyendo el nuevo libro de Neil Gaiman, The view from the cheap seats, una selección de textos de no ficción que el autor ha publicado durante toda su carrera. Ahí habla sobre las librerías de su infancia, las que lo formaron como lector. Yo podría decir que las librerías de viejo del centro de la Ciudad de México, allá en Donceles, esas que ahora están desapareciendo, marcaron mis lecturas. Fue ahí donde encontré, cuando tenía 15 años, El señor de los anillos (inconseguible en esas épocas prehistóricas), El hombre en el castillo de Philip K. Dick, Lolita de Nabokov y Pasto verde de Parménides García Saldaña. Esos libros me los quedo, pero muchos otros, aunque muy buenos, se tendrán que ir.

Tal vez un día, en una librería de viejo, te encuentres un libro mío. Con la fecha en que lo leí y todo. Ahí te lo encargo, no lo destruyas, que sea eterno y tenga muchas, muchísimas lecturas más.

Crónicas de Joselo. Excelsior, México, 01-07-2016

 

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