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Las memorias del rey Simeón

Las memorias del rey Simeón

Las memorias del rey Simeón

Reproducimos a continuación, por su repercusión en las redes sociales, este artículo de Luis María Anson publicado en El Cultural, revista de referencia en la vida intelectual española.

El 25 de diciembre de 1964 me escribió el Rey Simeón II para que me incorporara al Consejo de Ciento, institución que agrupaba a búlgaros y extranjeros y que prestaba asesoramiento al Monarca. Como en aquella época teníamos el teléfono pinchado por los servicios de la dictadura, me puse al volante de mi 600 y me trasladé a Estoril para hacer a Don Juan la obligada consulta. El Rey en el exilio dedicó un gran elogio a la inteligencia, la ecuanimidad y la solvencia de Simeón II. A mi regreso a España acepté el nombramiento que conservo firmado por el Monarca búlgaro.

Desde entonces, como es lógico, seguí todavía con más atención la trayectoria de un hombre que fue Rey siendo niño, que se afincó en España, que pronunció un admirable discurso al cumplir los 18 años y que hizo siempre gala de su capacidad para la negociación, el entendimiento y la moderación. Ahora ya se puede hablar de hechos pasados, como cuando en la época del desmoronamiento del comunismo facilité mi casa para que Simeón II se entrevistara en secreto con algún búlgaro relevante y conversara sobre la situación en Sofía, adonde acudí varias veces.

Ya se puede imaginar el lector de El Cultural el interés con que he leído la autobiografía Un destino singular (Ediciones Nobel) de Simeón de Bulgaria. Se pueden contar tal vez con los dedos de la mano las autobiografías regias. La primera que conozco es la de Abd Allah, rey de Granada, último soberano de la dinastía zirí. Arqueólogos franceses descubrieron las memorias en una “cámara murada” en la mezquita de Fez. Lévi-Provençal las tradujo al francés y mi amigo inolvidado, García Gómez, escritor acostumbrado a acariciar con sus manos la piel de mármol de la historia, al español. El 5 de noviembre de 1980 dediqué una tercera del ABC verdadero a las Memorias del último rey zirí de Granada, el siglo XI, en fin, en primera persona.

Con una escritura sobria, sin una sola pedantería, sin presunción alguna, Simeón II relata cronológicamente su trayectoria vital que asombra por su complejidad y su diversidad. Los grandes personajes del siglo XX desfilan por la vida del Rey búlgaro, que se refiere de forma sagaz a los acontecimientos que zarandearon una centuria vertebrada por dos guerras mundiales, el fin de la pax británica, la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética y, finalmente, la pax americana. El Monarca búlgaro tiene un recuerdo que le honra para Girón de Velasco en el entierro de Franco y elogia a Don Juan, que defendía como objetivo sustancial de la Monarquía de todos la devolución al pueblo español de la soberanía nacional secuestrada en 1939 por el Ejército vencedor de la guerra incivil. Explica muy bien el Rey las dificultades religiosas de su boda con Margarita Gómez-Acebo, prima hermana, por cierto, de una de las mujeres más inteligentes de aquella época a la que nunca olvido: Myriam Urquijo.

A Simeón II se le planteó en las postrimeras del siglo XX un dilema de extraordinario alcance histórico, bien estudiado en la excelente biografía que sobre él escribió Pérez-Maura: mantener una Monarquía de muy incierta restauración o bajar al ruedo político y entregar a su país la experiencia personal acumulada en sus años de exilio, las relaciones privilegiadas que mantenía con las naciones más decisivas y la aportación de su mano izquierda para resolver los problemas internos de la nación.

Simeón II se decidió por la segunda opción, sabiendo que eso haría todavía más improbable la restauración monárquica en Bulgaria. Se presentó a las elecciones y las ganó arrolladoramente en 2001. Su gestión como presidente del Gobierno fue excelente y conquistó el agradecimiento de su pueblo y el reconocimiento internacional. Simeón II dedicó a su patria lo mejor de su persona. Lo hizo como primer ministro, y no como Rey, pero sin olvidar nunca el pensamiento de Quevedo: “Que el reinar es tarea que los cetros piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas; que la Corona es el peso molesto que fatiga los hombros del alma primero que las fuerzas del cuerpo; que los palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulos de una muerte viva; lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no mancharon sus recordaciones contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo”.

Luis María ANSON, de la Real Academia Española

El Imparcial, España, 02-07-2016

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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