Temas & Noticias



UN CRISTO HECHO TRIZAS

UN CRISTO HECHO TRIZAS

UN CRISTO HECHO TRIZAS

Lillian Calm escribe: “Desde el atentado, el jueves 9 al mediodía, no puedo quitarme de encima esa imagen del Cristo hecho trizas. Como lo zarandearon, cómo lo destrozaron, esta vez sin latigazos, sin coronación de espinas, sin crucifixión, y no en Tierra Santa sino acá, en plena Alameda de las Delicias, mientras era arrancado del templo por una turba igual -ésa sí que era igual- a la que lo condenó y martirizó hasta dejarlo exangüe”.

Hace ya varias décadas llegó a mis oídos un disco long play con un texto hablado. Se titulaba “Mi Cristo roto” y su autor era el sacerdote Ramón Cué, jesuita como el Papa Francisco, quien contaba un episodio que le había ocurrido en un anticuario de Sevilla y que lo marcó de por vida.

Como si el tiempo no hubiera pasado, ahora, al observar en la televisión lo que quedó del Cristo profanado en la iglesia de la Gratitud Nacional, recordé de inmediato esas palabras, y las busqué y rebusqué en internet.

Leí:

De pronto… frente a mí, acostado sobre una mesa, vi un Cristo sin cruz, iba a lanzarme sobre él, pero frené mis ímpetus. Miré al Cristo de reojo, me conquistó desde el primer instante. Claro que no era precisamente lo que yo buscaba, era un Cristo roto. Pero esta misma circunstancia, me encadenó a Él, no sé por qué. Fingí interés primero por los objetos que me rodeaban hasta que mis manos se apoderaron del Cristo, ¡Dominé mis dedos para no acariciarlo! No me habían engañado los ojos… no. Debió ser un Cristo muy bello, era un impresionante despojo mutilado. Por supuesto, no tenía cruz, le faltaba media pierna, un brazo entero, y aunque conservaba la cabeza, había perdido la cara”.

Pienso que pocos han quedado indiferentes ante los hechos perpetrados en la última marcha de estudiantes. Pienso, también, que somos muchos los que queremos decir con contenida emoción y como el Padre Cué: “Debió ser un Cristo muy bello, era un impresionante despojo mutilado…”. Pero esta vez no se trata solamente de un Cristo roto. Es un Cristo hecho trizas.

Es por eso que tantas voces le piden a la autoridad no sólo repudiar, sino también actuar.

Desde el atentado, el jueves 9 al mediodía, no puedo quitarme de encima esa imagen del Cristo hecho trizas. Como lo zarandearon, cómo lo destrozaron, esta vez sin latigazos, sin coronación de espinas, sin crucifixión, y no en Tierra Santa sino acá, en plena Alameda de las Delicias, mientras era arrancado del templo por una turba igual -ésa sí que era igual- a la que lo condenó y martirizó hasta dejarlo exangüe.

Si hay diferencias puedo resaltar una primordial: en la turba de entonces no iban encapuchados. Éstos sí, aunque también es verdad que en las fotografías aparecen rasgos medio descubiertos que, si se quiere, expertos pueden distinguir con absoluta precisión.

¿Quiénes son los encapuchados? Casi todos son los mismos que andan sin capuchas y que cuando están sin capuchas… culpan de sus delitos a los encapuchados. Ese día Santiago vivía una emergencia. Estaban incluso suspendidas algunas líneas del Metro. Pero ellos insistieron en hacer su marcha.

Participé en una Misa de desagravio. El sacerdote, en la homilía, previno contra esos encapuchados que habían profanado al Cristo de la Gratitud Nacional. Pero, también, previno contra los encapuchados que, como legisladores, asesinan en el Congreso a los Cristos aún no nacidos; y, asimismo, previno contra los encapuchados que buscan matar todas las costumbres, las tradiciones y los valores de Chile.

Junto con pisotear y destruir a ese Cristo (que, por lo demás, me aseguran que es un rito que siguen algunos con el objeto de escalar posiciones), hay otra profanación: la del templo. Es necesario recordar que lleva el nombre de Gratitud Nacional porque ahí se guardan los restos de muchos de los héroes caídos en la victoriosa pero, también, durísima Guerra del Pacífico.

Y en ese mismo lugar, tanto antes como después de construido el templo, también se vivieron muchas otras páginas de nuestra historia patria.

Ahí velaron al asesinado ministro Diego Portales, cuando aún era la colonial ermita de San Miguel.

Ahí, ante un arco del triunfo, los chilenos recibieron al general Manuel Bulnes, quien regresó victorioso tras el triunfo en Yungay que puso fin a la Confederación Perú-Boliviana.

Ahí fue la misa de funeral del senador asesinado Jaime Guzmán, a quien conocí en los primeros años de universidad y de quien puedo decir que fui amiga.

El cardenal arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati, señaló al conocer la profanación del Cristo y del templo: “Quiero volver a repetir las palabras que en otro tiempo pronunció mi predecesor, el cardenal Raúl Silva Henríquez: ‘Matemos el odio antes de que el odio mate el alma de Chile’”.

Singularmente el entonces cardenal Silva Henríquez las había pronunciado con motivo de otro asesinato: el de Edmundo Pérez Zujovic, vicepresidente de la República. Textualmente dicen así: “Tenemos que matar el odio antes de que el odio envenene y mate el alma de nuestro Chile”.

Sí. Tenemos una historia de magnicidios, pero lo que ahora, en la marcha autorizada por la Intendencia de Santiago, han procurado los estudiantes, encapuchados o no – se hace difícil marcar la línea divisoria-, es matar nuevamente a Jesucristo.

Lillian Calm

Periodista

Temas y Noticias

 

Social

Powerpoint de la semana

Video Recomendado

Impresionantes Pinturas 3D del Artista Edgar Muller
La risa de Juan Pablo II
Lo que está detrás de la ideología de género (Benigno Blanco)
Loving Vincent - Trailer 2016 (web)

Humor

En el 449, el emperador Valentín III, enemigo acérrimo de Atila, condenó al exilio a su propia hermana, Honoria. Ésta, en venganza, entregó su anillo a un oficial de los hunos para que se lo mostrara a su jefe como prueba de que ella era hermana de su enemigo. Atila entendió que la joya era una oferta de matrimonio y, desgraciadamente para Honoria, dijo “sí quiero”.
------------------------------------------------------

Hessy Taft, una guagua de padres judíos, apareció en las portadas de las revistas nazis y en los afiches del Tercer Reich al ganar el concurso “Modelo de raza Aria”.

Todo sucedió porque el fotógrafo, sin la autorización de los padres, envió la foto al concurso pensando que sería una buena lección que lo ganara una niña judía como modelo del ario perfecto. --------------------------------------------------------