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Una pesadilla patrimonial

Una pesadilla patrimonial

Una pesadilla patrimonial
mayo 26

Hace años oí el relato de un compatriota que, de visita en Londres, compró una fina tela de lana en Regent Street. Orgulloso, se la trajo a un sastre chileno para que le confeccionara un traje, quien la examinó y con una mueca divertida, le hizo notar una pequeña etiqueta con la procedencia del género: venía de la fábrica Bellavista-Tomé.

Hoy hace noticia la declaración como monumento histórico de las instalaciones de Paños Bellavista Tomé. La tradicional industria, fundada hace 150 años, fue el corazón productivo de la ciudad y de allí salieron tejidos para los uniformes de los soldados chilenos en la Guerra del Pacífico.

Ante el anuncio de un gran proyecto inmobiliario en el lugar, diversas organizaciones pidieron su declaratoria como Monumento Nacional, lo que finalmente se concretó, generando entusiasmo y alivio entre los defensores de este patrimonio.

Menos contentos estaban los propietarios. Califican como discriminatoria “la obligación de que un privado deba asumir todos los costos de conservación del inmueble, sin recibir la debida compensación” y piden una declaración acotada a algunos hitos de la fábrica. Dicen sufrir “una expropiación sin indemnización”.

El episodio me recordó el vía crucis de abandono y destrucción vivido por el Palacio Pereira. El noble edificio diseñado por Lucien Hénault fue declarado monumento en 1974, luego le fue quitada esa categoría y en 1981 se le volvió a otorgar. Pese a todas las declaratorias, la esquina de Huérfanos con San Martín se volvió cada vez más ruinosa. Incluso fue el escenario de la película “Mi último hombre” y de la obra “Calígula”. Ambas requerían un entorno derruido y apocalíptico.

Su deterioro llegó a tal nivel, que en 2001 el Consejo de Defensa del Estado demandó a su propietario argumentando que no lo preservaba debidamente. A su vez, el dueño demandó al Estado, señalando que no podía aprovechar el espacio. Sus abogados presentaron un recurso de inaplicabilidad, alegando la inconstitucionalidad de dos artículos de la Ley de Monumentos, por vulnerar el derecho de propiedad. La Corte Suprema acogió el recurso para esos juicios específicos.

La pesadilla patrimonial solo terminó cuando el Estado compró el inmueble en 2011. Hoy está en ejecución un proyecto para que albergue las instituciones ligadas al patrimonio, que ojalá vea la luz pronto.

Hago votos para que la fábrica Bellavista Tomé no sufra el mismo vía crucis. El Día del Patrimonio, que se celebra el próximo domingo, debiera constituir una instancia de reflexión para generar de una vez por todas una legislación moderna que incorpore nuevas visiones del patrimonio y herramientas para su protección en la esfera pública y privada

Los propietarios de inmuebles patrimoniales disponen hoy de muy poca ayuda. Se ha hablado de subsidios, exenciones, e incluso de un fondo de protección a los monumentos, pero las iniciativas no llegan a puerto. La fábrica Bellavista Tomé nunca debiera ser escenario de una película apocalíptica y eso requiere de estímulos que faciliten un proyecto que dignifique y realce su historia.

Elena Irarrázabal. El Mercurio, 23-05-2016

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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