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Jay Roach: “En el macarthismo todos fueron víctimas del terror”

Jay Roach: “En el macarthismo todos fueron víctimas del terror”

Jay Roach: “En el macarthismo todos fueron víctimas del terror”

Jay Roach durante el rodaje de Trumbo

AL guionista John McNamara le ha llevado 31 años poner en pie la película Trumbo. Basada en la biografía Dalton Trumbo de Bruce Cook, narra el vía crucis del guionista más famoso de Hollywood, interpretado por Bryan Cranston, como víctima del macarthismo. El director Jay Roach, experto en dramas políticos, nos desentraña uno de los capítulos más negros de América.

La primera vez que el guionista John McNamara escuchó hablar de Dalton Trumbo fue de labios de su profesor universitario Ian McLellan. El guionista inglés había ganado el Oscar por Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953), pero confesó que actuó como pantalla del verdadero autor, Trumbo, víctima de la caza de brujas del macartismo. McNamara, responsable de títulos televisivos como Lois & Clark: las nuevas aventuras de Superman y la más reciente Aquarius, protagonizada por David Duchovny, fue instado por McLellan a leer el libro de Bruce Alexander Cook sobre las represalias. La semblanza, titulada Dalton Trumbo y publicada en febrero en España por Navona Editorial, recrea la paranoia anticomunista que aquejó a EEUU en los cuarenta. Con más saña en el caso de intelectuales y cineastas.

El Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso (HUAC) obligó a testificar a directores, guionistas y actores. Aquellos que no denunciaron a sus compañeros de izquierdas fueron condenados a prisión. Otros huyeron. Trumbo se hallaba entre los llamados Diez de Hollywood que se negaron a cooperar invocando la Primera Enmienda. De resultas, en 1947, ingresó once meses en la cárcel, y su nombre engrosó la ominosa lista negra.

Reivindicar a una generación

McNamara quiso rendirle tributo y, de paso, reivindicar a toda una generación de creadores malogrados. Le ha llevado 31 años conseguir poner en pie Trumbo. Al mando de la película se encuentra el director Jay Roach (Alburquerque, New Mexico, 1957), quien se ha sentado con El Cultural para desentrañar el filme.

Pregunta.- La película abarca la biografía de Dalton Trumbo de 1947 a 1970. ¿Cómo resolvió el trabajo de sintetizar dos décadas tan intensas?

Respuesta.- De entre el lapso que hemos cubierto, hubo trece años, los comprendidos entre 1947 y 1960, en que quedaron afectadas las vidas de tantos miles de personas, que tuvimos que hallar una forma de destilar lo sucedido de manera que resultara significativo y motivado por los personajes. Y aquí es donde la aproximación de McNamara resultó acertada. Es lo que nos motivó a todos, funcionó como un imán. Una vez que aceptó el papel protagonista Bryan Cranston, entró el resto. Muchos, al leer el guion, exclamaban: “Dios mío, ¿cómo no se ha rodado antes esta película?”.

P.- ¿A qué conclusiones ha llegado después del trabajo de inmersión en la biografía? ¿Quién era Trumbo?

R.- Era un hombre con un enorme corazón, honesto y humano. Me atrapó la calidad de la escritura de Espartaco (Stanley Kubrick, 1960), de Vacaciones en Roma e incluso El Bravo(Irving Rapper, 1956), una película pequeña muy interesante. Y he leído varios de sus escritos personales, algunos panfletos que publicó durante la Guerra Fría, así como todas las cartas a sus amigos que escribió desde la cárcel. Algunas de ellas se recopilaron para una obra de teatro que luego dio paso al documental Trumbo y la lista negra (P. Askin, 2007), donde actores famosos leían en voz alta sus escritos. Son cartas bellas, dolorosas y en ocasiones graciosas e inapropiadas.

P.-Ha dicho que la incorporación de Cranston al reparto desengrasó el casting. ¿Qué ha aportado a la película?

R.- Cranston es tan Trumbo… La hija de Dalton vio su interpretación y el continuo espacio-tiempo se quebró. Bryan captó su dinámica histriónica: para expresar sus ideas, Dalton debía interpretarlas. Era un orador, un polemista apasionado y en ocasiones ofensivo. Y Bryan tiene algo de eso también. Pero siempre desde el amor. Dalton era un tipo divertido, pero tenía un alma oscura, por eso Cranston lo clava, porque puede ser graciosísimo y también matarte con una mirada.

P.- Qué gran antagonista es el personaje de la columnista de cotilleos Hedda Hopper.

R.- Era tremenda. Una entusiasta que sabía cómo usar el absurdo para llamar la atención. Tenía millones de seguidores y sus ideas no resultaban impopulares, porque en 1950 un 60% de la población pensaba que la III Guerra Mundial ya había estallado. Además tenía un hijo militar, que estaba en la guerra, de modo que su conexión con el sacrificio de los patriotas era genuina. Ella enarbolaba unos principios entre los que incluía proscribir a gente de la industria del cine con ideas impopulares. Dos semanas antes de morir pugnaba porque no dejaran entrar a Charles Chaplin en el país. Era implacable. Adoro la última escena en la que tiene que ver a JFK decir que Espartaco es un buen filme, aunque el guion ha sido escrito por un comunista a partir de la adaptación de la novela de un ex comunista, Howard Fast. Esta declaración implicaba que la lista negra había concluido. Gracias, Helen Mirren, por la cara con la que expresas el fin del reinado del terror.

roach

Roach durante el rodaje con Bryan Cranston

En el currículum de Roach figuran comedias taquilleras, caso de la trilogía de Austin Powers y el díptico formado por Los padres de él y Los padres de ella, pero Roach ha salpicado su carrera de dramas políticos producidos por HBO. En 2002 ganó dos premios Emmy por Recuento, donde relataba la controversia del recuento de votos en Florida que le dio la presidencia de EEUU a George W. Bush. Cuatro años después espoleaba a Julianne Moore para diluirse en Sarah Palin en Game Change, donde desmenuzaba el efecto de la entonces gobernadora de Alaska y candidata a la vicepresidencia en la campaña a la presidencia de John McCain. Y ahora acaba de filmar, también al alimón con Bryan Cranston, el biopic sobre el presidente Lyndon B. Johnson y su gesta de tramitar la Ley de Derechos Civiles de 1964, que arrumbó la segregación racial.

P.- ¿Qué es lo que tanto le fascina de recrear historias políticas reales?

R.-Todo responde a una querencia adictiva por la Historia. Hice estudios universitarios de economía y siempre me arrepentí, pero también me conmueven los logros de ciertas personas enfrentadas a determinadas situaciones. Me despiertan preguntas del tipo: ¿Qué hubiera hecho yo?¿Cómo me hubiera comportado?¿Puedo aprender a profundizar en las complejidades de eras pasadas? La Historia tiene mayor riqueza que cualquier ficción, cualquier relato inventado.

P.- ¿Se ha respondido ya a la pregunta de qué hubiera hecho en el lugar de Trumbo?

R.- Sé lo que hubiera respondido a la HUAC: “Que te jodan, no te voy a responder. No tienes derecho a formularme esa cuestión. Es inconstitucional. No puedes preguntarme por mi afiliación sindical, es un derecho privado. Hubo gente que luchó y murió para conseguir el derecho a la afiliación en secreto”. Si supiera que sería capaz de seguir escribiendo bajo seudónimo, que ganaría dos Oscar al mejor guion y que me encargarían Espartaco, quizás asumiría el reto. Pero Trumbo no lo sabía.

P.-¿Ha disculpado la delación de Edward G. Robinson?

R.-La suya fue la decisión más dura, porque no podía esconderse bajo ningún alter ego. Me encanta la escena en la que Michael Stuhlbarg, actor que lo interpreta en la película, le dice a Bryan: “Mira, este es mi trabajo, no puedo darme la vuelta y convertirme en otra persona”. Robinson hubo de elegir entre su carrera, lo que implicaba cooperar un poco y dar nombres que ya habían sido revelados, o dar media vuelta y no volver a ejercer jamás como actor. Y eligió su profesión. Después detalló en su biografía lo difícil que fue este trance. Como Trumbo afirma en su último discurso, no hubo héroes ni víctimas, todos fueron víctimas de un sistema de terror, histeria y exceso, frente a una amenaza totalmente legítima, que era el estalinismo totalitario. No obstante, esta película no justifica la caza de brujas. Muchos de los implicados eran bastante naive, no sabían realmente lo que estaba sucediendo en la URSS.

P.- ¿Trumbo se contaba entre los ingenuos?

R.- Trumbo se unió al Partido Comunista en 1943. Durante la guerra, el Gobierno de EEUU había estado rodando películas pro rusas, de forma que a la gente le resultaba confuso, y muchas veces la afiliación procedía de un sentimiento antifascista, pro sindicalista o pro Roosevelt. Hasta 1956 no se revelaron los horrores de Stalin.

P.- ¿Corremos el riesgo de volver a reiterarnos en los errores de esta historia?

R.- La caza de brujas sucedió durante un contexto histórico muy determinado, tras dos guerras mundiales, la Gran Depresión, el advenimiento del fascismo y del totalitarismo comunista… No hay una respuesta sencilla. En cualquier momento se puede censurar a alguien por decir algo impopular, pero cada democracia tiene mecanismos para garantizar la libertad de expresión. Hubo un tiempo en el que podías ser procesado por ser franco y rechazar decir cuáles eran tus afiliaciones. En el EEUU actual resulta increíble.

P.- ¿Qué ventajas tiene hibridar la política con la comedia?

R.- La mezcla resulta más auténtica. Quería rendir tributo a la agudeza de Trumbo. Y sé cómo proteger una broma para que se diga apropiadamente. Pero no escriba que esta película es política, sé que lo es, pero eso espanta a la gente del cine. Para mí es una historia americana sobre un fundamento básico de la democracia, e independientemente del lado que estés hay que honrar la libertad de expresión.

Begoña Donat. El Cultural, España, 29-04-2016

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