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La manía de ser impuntuales

La manía de ser impuntuales

La manía de ser impuntuales
marzo 31

Ahora, los smartphones te permiten un costado cínico. Llamás al prójimo en el horario de la cita para avisar: “Estoy llegando”. Es mentira, pero estuviste sin estar a la hora indicada. Consuelo de tontos.

Otra de las pasiones argentinas es la impuntualidad. En eso, somos pródigos. Todo el mundo llega unos minutos tarde a cualquier cita, como si la demora diera estatus de importancia, de gente ocupada, cuando es en realidad una guaranguería. En nosotros, la excepción es ser puntual. Debe haber algo atávico en la impuntualidad, dado que la que llegará puntual es la muerte, que tiene la virtud de no anticipar horarios. El gran Antonio Gala dice conocer a la muerte y que saludará su arribo. “Le diré: “Buenas noches … Qué oficio más horrendo el suyo …” Los que no somos Gala, deberíamos respetar nuestra palabra de llegar a horario adonde sea. El tiempo de todos es importante y ser puntual es también una forma de respetar al otro, que no es poco. Una forma de la puntualidad hipócrita es conceder un límite de tolerancia a la impuntualidad: quince minutos. Si el otro no llega después de ese cuarto de hora indulgente, que le den. Ahora, los smartphones te permiten un costado cínico. Llamás al prójimo en el horario de la cita para avisar: “Estoy llegando”. Es mentira, pero estuviste sin estar a la hora indicada. Consuelo de tontos.

Capítulo aparte para los impuntuales por ansiedad, que son los que llegan mucho antes de la hora señalada, sólo para ser puntuales.

A propósito, hay una gran película, de cuando el cine era verdad, que se llama así: “A la hora señalada”. Con Gary Cooper y Grace Kelly. Es un duelo al sol entre un hombre valiente y unos cobardes. El coraje también respeta los relojes.

Alberto Amato. Clarín, Buenos Aires, 26-03-2016

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Un conocido en apuros económicos acudió en busca de consejo a John D. Rockefeller sénior. Su problema era que un individuo que le debía cincuenta mil dólares se había ido a Constantinopla, y él no tenía ningún comprobante o reconocimiento de deuda que le permitiera exigir su pago. Rockefeller le aconsejó:

—Escríbale una carta reclamándole los cien mil dólares que le debe. Seguro que él le contestará diciéndole que está en un error, que no son cien mil, que sólo son cincuenta mil. Y así ya tendrá usted su reconocimiento de deuda.

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Cuando Jean-Baptiste Colbert (1619-1683) se hizo cargo de las finanzas de Francia, hizo llamar a los principales hombres de negocios del reino. A fin de congraciarse con ellos y para ganar su confianza, les preguntó:

—Caballeros, que puedo hacer por ustedes.

—Le rogamos, señor —le contestaron todos a una—, que no haga nada. Déjenos que lo hagamos nosotros.

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