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El soneto chileno pierde a Rosa Cruchaga

El soneto chileno pierde a Rosa Cruchaga

El soneto chileno pierde a Rosa Cruchaga
marzo 24

Autora de una poesía cruzada por el misterio religioso, pero también por la ligereza de lo cotidiano, la escritora falleció a los 85 años.

Su padre se cercioraba de que estuvieran solos. Para más seguridad, se metían en el baño y echaban a correr el agua. Luego leían poemas en voz alta. Desde niña, a Rosa Cruchaga de Walker la apasionaban los versos. “Los leía y saboreaba y fabricaba, clandestinamente, teniendo como único cómplice al papá”, contó a mediados de los 80, cuando para nadie era un secreto: a esas alturas, Cruchaga había convertido su pasión secreta en una forma de vida, había publicado una decena de libros y era autora de algunos recordados sonetos de la literatura chilena.

Muy religiosa y a la vez de un humor que conquistaba a cualquiera, Cruchaga falleció el jueves recién pasado, justo antes de la medianoche. Tenía 85 años. Su funeral se llevó a cabo en el colegio San Ignacio de El Bosque. La misa la oficiaron sus dos hijos sacerdotes, uno de ellos capellán del Hogar de Cristo, Pablo Walker. No sería raro que se oyera uno de sus poemas más célebres, “Sé que me voy”, que termina así: “Y qué. Me voy. Te vas. Nos vamos yendo”.

El vicio del soneto

Autora de libros como “Descendimiento” (1959), “Elegía jubilosa” (1977) y “Bajo la piel del aire” (1979), entre otros, en 1985 publicó la antología “Sobre mundo”, la que llevó al crítico Ignacio Valente a reconsiderar sus dudas iniciales con su obra. “Pasó desde un hermetismo oscuro y elíptico hacia el ingenio y la claridad lírica de lo cotidiano reconocible”. Enterado de su fallecimiento, Pedro Lastra valoró su “muy significativo lugar” en la poesía chilena: “Escribió una obra rigurosa, intensa, exigente. Tuvo una actitud creativa ejemplar, que ahora que se escribe tan descuidadamente, debería ser imitada”.

Compañera de generación de Cecilia Casanova, junto a la que hizo frente a poetas del peso de Enrique Lihn y Jorge Teillier, en 1984 Cruchaga fue la primera mujer incorporada como miembro de número a la Academia Chilena de la Lengua y llegó para ocupar el sillón de Hernán Díaz Arrieta (Alone). De alguna manera, ahí abrió el camino para que hoy Adriana Valdés sea vicepresidenta de la institución. “Creo que Rosa ha escrito algunos de los sonetos más bellos que se han hecho en lengua castellana. Ha escrito notables poemas en nuestro idioma”, sostiene Valdés, para quien su muerte es un motivo de gran tristeza.

Según contó la propia Rosa Cruchaga en una entrevista en el año 2000, en su formación como poeta tuvo varios maestros que la aconsejaron, como su tío Juan Guzmán Cruchaga, Miguel Arteche y Pablo Neruda. “Yo no le perdono a Gabriela Mistral el que ella, como todos los escritores, estaba llena de métodos y recetas, y ninguna la pasó a alguna de las mujeres. Eso me da rabia. Todas tuvimos que partir de cero”, contó. Y en el mismo diálogo confesó: “Yo tengo un vicio con el soneto. Es como meterme dentro de un corsé, porque tú sabes, como mi mamá me decía, mientras al cuerpo más se le da, más se toma”.

Nacida en Santiago en 1931, “en un punto equidistante entre la Biblioteca Nacional, el templo San Francisco, las tiendas y el cerro”, Cruchaga vivió en su adolescencia en Nueva York. Con su primer libro, “Descendimiento”, ganó el Premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile. Estudió Pedagogía a fines de los 70 en la Universidad Católica, y además se recibió como profesora de religión en la Escuela Normal de Angol. Hasta 1995 hizo catequesis en el colegio Manuel de Salas. El misterio de lo religioso atravesó toda su obra.

Roberto Careaga C. El Mercurio, 19-03-2016

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