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Crisis de nuestro tiempo, por Alfredo Jocelyn-Holt

Crisis de nuestro tiempo, por Alfredo Jocelyn-Holt

Crisis de nuestro tiempo, por Alfredo Jocelyn-Holt

Los procesos de degeneración pasan inadvertidos para el resto, estando sumidos en ellos. Pero los síntomas -en eso hay que fijarse- debieran resultarnos familiares: caídas en la natalidad, bajas productivas, inundación de mano de obra extranjera que derriba fronteras, ocasos y relevos de clases propietarias, presiones insoportables para grupos intermedios, extenuación intelectual y artística, vulgarización y arcaísmo en el gusto y en el lenguaje, relajación de costumbres, retraimiento de sectores apegados a la tradición…

LA SINTOMATOLOGÍA de las crisis es una vieja inquietud histórica. Sirve para medir niveles de angustia, también para enfrentar encrucijadas, como cuando surge la duda, atendido un cúmulo de calamidades mayúsculas, si no estaríamos ante una posible reconfiguración de nuestra sociedad, cultura o época. Motivos de descomposición sobran. Venimos confeccionando el catastro correspondiente en Occidente desde que, maravillados, nos pusimos a pensar el porqué de la debacle del imperio romano. De entonces data el paradigma clásico con que medimos cualquier crisis. Recordemos esas tremendas palabras de W. B. Yeats, escritas después de la Primera Guerra Mundial, que podrían referirse a Roma o a nuestros días. “Todo se cae a pedazos; el centro no puede sostenerse; / Mera anarquía se desata por el mundo… La ceremonia de la inocencia se ahoga;/ Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores/ Están llenos de apasionada intensidad”.

Los poetas ven donde a veces nadie ve. Los procesos de degeneración pasan inadvertidos para el resto, estando sumidos en ellos. Pero los síntomas -en eso hay que fijarse- debieran resultarnos familiares: caídas en la natalidad, bajas productivas, inundación de mano de obra extranjera que derriba fronteras, ocasos y relevos de clases propietarias, presiones insoportables para grupos intermedios, extenuación intelectual y artística, vulgarización y arcaísmo en el gusto y en el lenguaje, relajación de costumbres, retraimiento de sectores apegados a la tradición, abandono de éstos en cuanto a funciones públicas, regresión a relaciones de mera fuerza, sustitución de dioses, refugio en nuevas irracionalidades sectarias, clientelismo, plebeyismo antielitario, panem et circenses, apelación demagógica a sectores desposeídos y, en general, ese lento abatimiento conducente a fatiga existencial, desencanto y desesperanza que, según Rostovtzeff, refiriéndose a la Roma tardía, dejara abierto el camino a fuerzas más vigorosas que terminaron arrasando. Ya antes, Gibbon, Nietzsche, Burckhardt, dirían algo no tan distinto al respecto.

Ello no obstante, Gregorio Marañón se preguntaba en 1940 – y ¡vaya fecha!- si así y todo, cabía no desesperar. Desde luego, no todas las crisis son reales, comentaristas jeremíacos yerran, y no hay nada más vanidoso que creer que se va a ser protagonista del fin del mundo. Solo en dos momentos, a su juicio, correspondía hablar de crisis del alma colectiva: a fines de la Antigüedad y en los estertores del Medioevo. La primera habría sido superada por el Cristianismo que, aunque corrosivo salvó el legado clásico y, en cuanto a la segunda, el descubrimiento de América habría servido para desahogar Europa. Podría agregarse una tercera vez, esa misma Segunda Guerra Mundial, de cuyo apocalipsis apenas nos libramos como civilización por los pelos, “by the skin of our teeth” diría Kenneth Clark en los difíciles años 60. Claro que esas otras veces hubo convicciones y liderazgos a la altura del momento, gente culta también.

Blog de Alfredo Jocelyn-Holt, historiador. La Tercera

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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