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Dios y la dirección de empresas

Dios y la dirección de empresas

Dios y la dirección de empresas
marzo 03

Un trabajo bien hecho no se mide sólo por sus resultados externos, sino por el desarrollo integral de quienes lo llevan a cabo; un espíritu de servicio, que lleva a ver en el trabajo una ocasión de ayudar a los demás

Chester Barnard, en un libro que se ha convertido en un clásico de la dirección de empresas, afirma que lo que se entienda por dirigir dependerá de la idea de ser humano que se tenga. El modo de dirigir será distinto si entendemos que el ser humano es un animal evolucionado que se mueve por instintos, o es un elemento que tiene sentido en función de un todo, o un ser que merece ser tratado con cierta dignidad, o incluso si es una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.

La idea de ser humano que se dibuja a partir de las enseñanzas y reflexiones del cristianismo tiene necesariamente que influir en el modo de actuar de quienes intentan vivir con coherencia esos ideales. Como ha advertido el papa Francisco en su última encíclica, el humanismo cristiano ofrece una mirada más integral e integradora del mundo actual.

Me venía esta idea a la cabeza al leer el libro que, bajo el título Dirigir empresas con sentido cristiano, recoge tres textos de monseñor Javier Echevarría, que en su condición de gran canciller de la Universidad de Navarra, dirigió en varios aniversarios del Iese a quienes formamos parte de esa comunidad académica, empleados, participantes y antiguos alumnos. De sus escritos se desprenden algunos rasgos de ese humanismo cristiano que debe impregnar el modo de dirigir empresas: la igualdad de todos los hombres, ya que todos somos hijos de Dios, que implica tratarles con la dignidad que merecen; un trabajo bien hecho no se mide sólo por sus resultados externos, sino por el desarrollo integral de quienes lo llevan a cabo; un espíritu de servicio, que lleva a ver en el trabajo una ocasión de ayudar a los demás. Y se sigue de ahí un modo concreto de entender qué es una empresa: una comunidad de personas unidas por un objetivo común, que es el desarrollo de quienes forman esa empresa y el desarrollo de las sociedades en las que la empresa opera.

Una vez Benedicto XVI hizo una propuesta arriesgada. Así como en la edad moderna algunos filósofos propugnaron que los seres humanos actuasen “como si Dios no existiese”, el Papa emérito propuso que hoy en día hiciésemos el ejercicio contrario y actuásemos “como si Dios existiese”. Las propuestas del humanismo cristiano no son sólo para los cristianos, sino para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. De ahí el reto: ¿qué pasaría si se dirigieran las empresas como si Dios existiese?

Joan Fontrodona, profesor del Iese, Universidad de Navarra.

ALMUDI

Fuente: lavanguardia.com.

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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