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Del modelo consumista al de inversión

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Del modelo consumista al de inversión

El mayor desafío del nuevo gobierno argentino es atraer los capitales que el país necesita para encaminarse al desarrollo; resulta fundamental que la sociedad entienda que esto demandará tiempo y esfuerzo

En círculos académicos de economía se sostiene que hay dos milagros de difícil explicación: el de Japón, un país casi sin recursos que se convirtió en pocas décadas en uno de los más desarrollados, y el de la Argentina, país que a principios del siglo XX caminaba raudo hacia el desarrollo con la educación como emblema y todos los recursos a su disposición y que, sin embargo, retrocedió para encharcarse en el subdesarrollo.

Creo que en ambos casos se dio la lógica pura. En el caso argentino -el único a analizar-, el país rompió la regla que lo había convertido de la nada -casi un desierto- en uno los países más promisorios del planeta.

La regla de oro consiste en no gastarlo todo y asignar una parte de la producción a inversión, ya que ésta es el único instrumento que existe en cualquier tipo de sociedad y tiempo histórico para progresar económicamente y mejorar el bienestar. Esta fórmula no es un invento perverso del neoliberalismo. Es propiedad intelectual de la humanidad.

¿Qué sucedió? Hace 60 o 70 años, el país comenzó a gastar más de lo que producía. No fue una práctica de excepción -lo cual, como bien lo señala la teoría keynesiana, en ciertas circunstancias es económicamente recomendable-, sino que pasó a ser la realidad estructural de la Argentina. Esta conducta viciosa, en lugar de atenuarse, se fue consolidando en el tiempo.

El consumismo es una enfermedad y lo asombroso es que la sociedad argentina no reconoce ni admite su padecimiento. Cree que los males del país son consecuencia de los zarpazos del resto del mundo, consumados en complicidad con oligarquías apátridas asociadas al expolio y embanderadas en una ideología: el neoliberalismo.

En este contexto, el mayor desafío que deberá enfrentar la administración que acaba de asumir es atraer la inversión que necesita el país para encaminarse de una buena vez al desarrollo, y conseguir al tiempo el consenso de la sociedad para los pasos que deben darse en esa dirección.

Es obvio que el capital está al servicio del hombre y no a la inversa. Sin embargo, por la naturaleza del capital, esto no se consigue por decreto. Hay que entender -hasta los chinos lo aceptaron- el carácter nómade del capital, que va donde tiene la expectativa cierta de un retorno conveniente y seguro. En cambio, la fuerza del trabajo es en esencia sedentaria (es migratoria sólo una ínfima parte). Si a esa fuerza no se le acopla el capital a través de la inversión para que aumente la productividad, es imposible que mejore sustentablemente el nivel de ingreso.

Por eso, es fundamental que la sociedad comprenda y sea tolerante con el esfuerzo que se está iniciando y sepa que la gran inversión -sobre todo la inversión directa- puede tardar en llegar, que no es cosa de un día para el otro. Que hay que ir satisfaciendo condiciones que son necesarias pero no suficientes, como el levantamiento del cepo cambiario -que ya ocurrió-, el arreglo con los holdouts, retrotraer la inflación al menos a un dígito, ubicar el déficit fiscal en guarismos financiables sin tener que recurrir a la emisión sin respaldo (¿entre el 1 y el 3% del PBI?), redimensionar la carga tributaria -la más alta de la historia-, ya que con este nivel de impuestos no son muchas las actividades que puedan ser rentables.

Hay un camino arduo por delante que exige mucha disciplina. Muchas de estas medidas van a repercutir de algún modo en el consumo general de la sociedad. Si ningún sector está dispuesto a sacrificar un palmo de su parcela de consumo, aunque más no sea transitoriamente, poco de esto se podrá implementar.

Hay que entender que el esfuerzo que se está iniciando es para que esa fuerza del trabajo tenga acceso al capital que la potencie, que la haga más productiva y mejor remunerada. Sin el concurso del capital, como fue evidente en este último lustro de estancamiento, no habrá ninguna posibilidad de mejorar el nivel de vida en la Argentina. Hay que pasar de un modelo consumista, de fuga de capitales y generador de pobreza a otro de inversión, atracción de capital y jerarquización del empleo. Y lo peor que puede suceder es que el proyecto quede a mitad de camino, mostrando sólo los costos y no los beneficios. O que la nueva administración, sin el suficiente acompañamiento de la sociedad y con tal de no devolverle el poder a la farsa que nos gobernó, se vea obligada a arriar banderas y devengue en una suerte de kirchnerismo con buenos modales.

La inflación está indisolublemente ligada al consumismo y es enemiga del ahorro y de la inversión. En un escenario de 100 pesos y 100 juguetes, cada juguete equivale a un peso. Si al mes siguiente se imprimen y agregan 20 pesos, circularán 120, y cada juguete equivaldrá a 1,20. Si al otro mes se vuelven a imprimir otros 20, el circulante sube a 140, y cada juguete valdrá 1,40. Y si alguien guardó el peso original, ya no podrá comprar con él un juguete. Perdió. Esto impulsa a todos a gastar y evitar el ahorro, que se canaliza a monedas extranjeras que conservan el valor de compra. Se promueven el ahorro y la inversión foráneos.

Toda vez que hay inflación es que las cuentas no cierran, que los gastos superan a los ingresos. Cuando el Estado no puede cubrir sus gastos con lo que recauda ni puede financiarlos porque no tiene activos para vender ni capacidad para más endeudamiento, recurre a emitir moneda sin respaldo. En ese acto se genera la inflación. Si un particular gira cheques sin fondos es que tiene problemas de caja. Es el último recurso. Al igual que el Estado con la emisión espuria. El desborde en los gastos del Estado es siempre concordante con el de la sociedad. Cuando en la sociedad el nivel de los sueldos supera el valor de la producción nacional, lo mismo le ocurre al Estado con sus gastos, que son mayoritariamente salarios que están sintonizados con los del sector privado.

La inflación es como la fiebre que indica una infección. Y la Argentina vivió siempre con esa fiebre. Es decir, en desequilibrio entre gastos e ingresos. A pesar de la obsesión por doblegarla (de Gelbard a Martínez de Hoz), la inflación fue una constante, en democracia o en dictadura. Salvo cuando fue artificialmente reprimida, en la década del 90, vendiéndonos la ilusión de que había sido derrotada sin sacrificar consumo. O en los primeros años de la poscrisis de 2001. Durante 10 años -de 1991 a 2001- se pretendió aplastar la fiebre con la ley de convertibilidad del uno a uno con el dólar. Resultó un agravante: la realidad estalló en la peor crisis de la historia argentina, porque el país, lejos de adaptarse a la restricción que imponía la convertibilidad, continuó gastando más de lo que producía. Pudo financiar el desequilibrio por un tiempo, rifando empresas públicas y concesiones, y luego con crédito externo. El colosal e inhumano ajuste que produjo esa crisis le dio al país los únicos pocos años donde el consumo estuvo en armonía con el valor de la producción: los años de los famosos superávits gemelos y el crecimiento a tasas chinas. Eso sucede cuando hay potencial -y a la Argentina le sobra- y equilibrios macroeconómicos. Éstos fueron los únicos y escasos años genuinamente sin inflación.

No fue mérito del kirchnerismo, como se alardea, sino consecuencia del descomunal ajuste por la crisis precedente. Esto le brindó a esa fuerza el respaldo político que usufructuó desde entonces. Trágicamente, dilapidó esa extraordinaria oportunidad, tiró por la borda los equilibrios para construir una realidad y un relato útil sólo a sus fines políticos, y legarnos como herencia maldita la explosiva situación consumista de hoy, donde el gasto colectivo supera con creces el valor de los bienes y servicios generados en el país.

El kirchnerismo no sólo le devolvió a la sociedad el nivel de consumo previo a la crisis de 2001, en el ciclo consumista más extenso de nuestra era, sino que repartió en consumo toda la plusvalía de los precios excepcionales de las materias primas. Esos valores ya no están, pero el consumo queda. Por eso es mayor aún el desequilibrio. Y por eso fue un milagro haberle arrebatado el poder. Y por eso su resentimiento con una sociedad a la que le dio “todo”.

Para peor, su mayor éxito en el paso por el gobierno tal vez lo constituya la construcción de ese relato perverso y distorsivo -pero muy comprable por la sociedad, siempre dispuesta a tomar los hechos por donde más le conviene-, donde el salario de los argentinos es algo sacrosanto que no se puede negociar. ¿Cómo adecuar entonces el gasto al valor de la producción y ordenar macroeconómicamente el país para volver a crecer? Sin duda, una tarea de alta ingeniería. Y, tanto o más importante, de capacidad comunicacional para no perderlo todo en la batalla discursiva.

Ricardo Esteves, Empresario y licenciado en ciencia política. La Nación, Argentina

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