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El chileno Alejandro Aravena gana el premio Pritzker 2016

El chileno Alejandro Aravena gana el premio Pritzker 2016

El chileno Alejandro Aravena gana el premio Pritzker 2016
enero 14

El chileno Alejandro Aravena es el ganador del premio Pritzker de este año, según ha anunciado en Chicago el jurado del galardón más prestigioso de la arquitectura mundial. Aravena, de 48 años, sucede al alemán Frei Otto, el ganador póstumo del año pasado, y es el cuarto galardonado procedente de América Latina, después del mexicano Luis Barragán y los brasileños Oscar Niemeyer y Paulo Mendes da Rocha.

El acta del jurado recoge algunos de los méritos de Aravena y también, el cambio de dirección que ha dado el Pritzker en los últimos años. “Su obra construida abre nuevas oportunidades a los menos privilegiados, mitiga el efecto de los desastres naturales, reduce el consumo de energía y genera nuevos espacios públicos”. Todo parece tener un sentido moral en el trabajo del chileno.

Y en principio, algo de eso hay: la obra por la que Aravena se hizo conocido fue un conjunto de viviendas baratas de aspecto humildísimo en Iquique, Chile, unas casitas de bloques de hormigón y formas muy básicas para familias de rentas bajas en una calle polvorienta de una ciudad de provincias. Aquella obra está datada en 2004 pero no es la última construcción de este tipo que aparece en su portafolio: colegios de pueblo, viviendas, centros cívicos…

aravena

Hoy, las casas de Villa Monroy no tienen el aspecto con el que fueron entregadas. Los vanos previstos han sido ocupados por los habitantes, que han añadido tinglados y fachadas de chapa donde antes hubo terrazas. El aspecto no es muy diferente al de cualquier barrio pobre en una ciudad latinoamericana, pero ese es parte del encanto. El arquitecto ya no decide cómo deben vivir los habitantes de sus casas, sino que abre espacios para que cada uno haga lo que quiera, sepa y pueda con su hogar.

Pero todo eso no significa que Aravena sea un arquitecto povera como su ahora colega en el Pritzker Glenn Murcutt. Se nota desde su aspecto, su pose y su leyenda. Durante una época dejó la arquitectura y se dedicó a servir tragos, algo así se ha contado en alguna ocasión. Después, Aravena desarrolló una carrera ambiciosa que despegó desde Chile y las casitas para pobres hasta el gran circuito: proyectos en Alemania, en Suiza, en Irán, en México, clases en Harvard, distinciones en el Reino Unido, un comisariado en la Bienal de Venecia…

El éxito de Aravena, como el de muchos de sus colegas, es también el producto de los años de crecimiento económico, conexión con el mundo y optimismo que América Latina ha vivido en los últimos tiempos. Los proyectos de su estudio, Elemental, en Santiago de Chile, no responden a las ideas tópicas sobre la arquitectura latinoamericana. No hay folclorismos a la vista, pero tampoco hay refinamientos europeos trasplantados al otro lado del mundo como si Chile fuera una provincia de Austria. Ahora, cuando la economía de Chile se enfrenta a su primer parón en mucho tiempo, Aravena demuestra su país no da igual.

El Mundo, España, 13-01-2016

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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