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DIOS MEDIANTE

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DIOS MEDIANTE

Lillian Calm escribe: “Sin duda este solo intercambio, con altura de miras, me hace comprobar que vale la pena escribir una columna semanal”.

Mi próxima columna aparecerá en unas semanas más (D. m.).

El (D.m.) lo copio de un elegantísimo parte de matrimonio que he recibido desde Salamanca e invita a la ceremonia religiosa que se “se celebrará (D. m.)…”.

Pensé un poco: quería decir “Dios mediante”.

Me llegó a emocionar esa expresión por su riguroso significado, que quizás para tantos está dejado de lado.

Es decir, mi próxima columna aparecerá en unas semanas más, Dios mediante.

Sí. En vacaciones, como ha sido usual, Temas y Noticias también se detiene brevemente, aunque los hechos siguen sucediéndose y las ideas bullen sin un cauce donde contenerlas.

La verdad –y no pretendo hacer ninguna reseña autobiográfica, sino apenas anotar algunos recuerdos- es que escribo semanalmente esta columna desde 2009 cuando varios periodistas fuimos notificados, por la empresa donde trabajábamos durante años, que estábamos en edad de jubilar.

A la primera amiga que llamé para contarle que ponía fin a cuatro décadas de ininterrumpido trabajo fue a María Raquel Herrera, quien ahora –me cuesta escribirlo- está en el Cielo. Me contestó el teléfono su marido, el avezado periodista Joaquín Villarino, quien al momento me invitó a escribir una columna en Temas y Noticias, a lo que accedí de inmediato.

Y a él le debo estar aquí, seguir en el periodismo y no haber fallado ni siquiera una edición. Debo decir que en Temas he sentido una libertad infinita (lo que más apreciamos en nuestra profesión) y nadie me ha tocado ni siquiera una coma.

Pero, ¿a qué va tanta confesión personal?

A una experiencia que viví hace muy pocas semanas.

Para no dejarme influir por nada ni nadie tengo una máxima que quizás a muchos les puede parecer una falla: prácticamente nunca leo lo que lectores (a veces especies de trolls) escriben bajo mi columna, en la invitación a dejar comentarios que aparece en la página web misma.

Pero esta Navidad fue diferente. Escribí sobre la conversión del poeta francés Paul Claudel, precisamente un 24 de diciembre. En los días posteriores a la Nochebuena en que, tras el ajetreo, el tiempo singularmente parece sobrar, entré a la página temas.cl y leí los comentarios. Me llegaron al alma y no sólo creo que por ellos escribo esta columna, sino que por éstos me ha valido con creces mi continuidad de todos estos años.

En un primer comentario (si recuerdo bien, porque ya ese intercambio de opiniones desgraciadamente no está en la página), el “Lector 1” celebraba mi columna y la conversión del escritor, aunque se lamentaba, él mismo, de no encontrar la fe a diferencia de Claudel.

El “Lector 2” le respondía respetuosamente, a diferencia de tantos trolls que propagan sus odios y mezquindades por internet, con el relato de los gemelos no natos que aún se encuentran en el vientre de la madre. Me lo habían narrado hacía algunos años y es más o menos así: uno le pregunta al otro, es decir, a su hermano, si cree en la vida después del parto. Éste asiente y responde que todo ese período que están viviendo es para prepararse para lo que serán más tarde.

El primero le refuta, pues para él no hay vida después del parto.

Su hermano gemelo insiste: cree que después va a haber más luz, que encontrarán otra vida, que caminarán con sus propios pies y se alimentarán por la boca, en fin… todo lo que el otro considera simplemente absurdo pues el parto, cree, no lleva a nada. Es el final de la vida.

El otro hermano continúa: seguramente verán a su madre, que los cuidará, que está a su alrededor y sin ella ese mundo no existiría.

El gemelo le pregunta dónde cree que está esa mamá.

¡En todo nuestro alrededor!”, le responde. “En ella y a través de ella es como vivimos. Sin ella todo este mundo no existiría”.

El incrédulo vuelve a terciar: “¡Pues no lo creo! Nunca he visto a mamá, por lo tanto, es lógico que no exista”.

Su hermano le advierte: “Pero a veces, cuando estamos en silencio, tú puedes oírla…”, y reitera: “Yo pienso que hay una vida real que nos espera y que ahora solamente estamos preparándonos para ella”.

Sé que el autor de esta parábola de los gemelos es el sacerdote holandés ya fallecido Henry J. M. Nouwen.

La suya es una disquisición entre la fe y la no fe, entre dos seres aún no nacidos que viven en una madre que los cuida y los quiere. Que no los ha abortado ni ha pensado jamás en ello. Ni la autoridad de turno la ha invitado a hacerlo, tampoco.

Pero sigo con mis comentaristas.

Aquél a quien yo llamo el “Lector 1” le agradece al “Lector 2” su respuesta y, más aún, no se cierra, algún día, también a la posibilidad que él pueda creer. A recibir el don de la fe, como Claudel.

Sin duda este solo intercambio, con altura de miras, me hace comprobar que vale la pena escribir una columna semanal.

Pero por ahora… hasta unas semanas más, Dios mediante.

Lillian Calm

Periodista

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