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¿Qué hacemos con la Presidenta?

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“¿Es digno ocupar una cartera ministerial si tu capacidad y trayectoria son ignoradas por tu jefa? ¿Es presentable dirigir ministerio sacrificando las ideas y estándares profesionales mínimos para diseñar e implementar políticas públicas?..”, se pregunta Carlos Portales

A la Presidenta se lo advirtieron. Voces responsables le indicaron desde el comienzo de su gobierno que las arcas fiscales no daban para financiar la educación superior del 100% de los estudiantes. Y no escuchó. Pero como dice ella, “algunos quieren impedir que cumpla mi palabra; no me conocen”.

Así que perseveró, y si no se les podía dar a todos, se les otorgaría a algunos. Como fuera. Con una popularidad instalada por debajo del 25%, se abrazó hace meses a la expectativa de que si bien la cobertura de gratuidad no sería total, los estudiantes y sus familias favorecidos, constituirán su grupo incondicional, el núcleo duro con el que recuperar el cariño perdido de la gente, probablemente el único objetivo que de verdad moviliza a Michelle Bachelet (MB).

Luego de tener que cambiar ministro en la cartera de Educación, la Primera Mandataria sufrió una nueva derrota la semana pasada. La enésima versión de su zigzagueante proyecto de gratuidad fue rechazado por el Tribunal Constitucional (TC). También esta vez a MB le advirtieron que la propuesta fracasaría. Pero no escuchó. El TC consideró arbitrario y discriminatorio el esquema de gratuidad que asignaba fondos solo a las universidades del Consejo de Rectores (CRUCh), a institutos profesionales (IP) y centros de formación técnica (CFT) acreditados y sin fines de lucro que acogen a 264.000 estudiantes de menores recursos, ya que negaba el beneficio a una inmensa mayoría de alumnos con iguales condiciones económicas que los beneficiados (425.000 jóvenes), pero matriculados en las universidades, IP y CFT excluidos. Con este fallo, los estudiantes más vulnerables y las instituciones de educación superior siguen en la incertidumbre respecto al 2016.

¿Qué debe hacer un país cuando su máxima autoridad deja de gobernar mediante políticas de Estado y conduce los destinos de la nación orientada por sus caprichos personales? ¿Cómo actuar cuando, como decía el psiquiatra de Harvard George Vaillant, “la fantasía se apodera de la personalidad, haciéndola vivir en un mundo de sueños en el que te imaginas exitoso y popular, en lugar de hacer verdaderos esfuerzos para hacer bien tu trabajo?”. La opinión pública y los medios han criticado y difundido las desprolijidades del Gobierno. Pero no es suficiente. En un régimen presidencialista y con los parlamentarios en niveles de aprobación ciudadana de solo un dígito, es difícil frenar el personalismo de la Presidenta. Menos velar por el diseño riguroso y la implementación de políticas que se hagan cargo responsablemente de las grandes demandas de los chilenos. ¿Cuándo fue la última vez que usted escuchó explicar a MB cómo se mejoraría la calidad de la educación? También esta semana, el senador Quintana (11% de aprobación, CEP) volvió a resucitar la retroexcavadora señalando que se necesitaba no una, sino una flota completa.

Tampoco contamos con ministros calificables como “hombres y mujeres de Estado”. Un ministro puede construir poder y utilizarlo para conducir una verdadera agenda pública, y no los caprichos del gobernante. Eyzaguirre, antes en Educación y ahora en la Segpres, fue un ministro competente del ex Presidente Lagos, pero mutó a populista en la segunda administración de MB. De Burgos se puede esperar poco, porque para equilibrar el poder de la Presidenta se requiere coraje y estar dispuesto a renunciar para hacer creíbles los planteamientos de un reformismo gradual, con rigor y sustento ciudadano. A Delpiano, simplemente la simpatía que tiene no le alcanza para tareas mayores. Esta semana, la ministra derechamente no participó en la elaboración de la ley corta que pretende reparar el proyecto de gratuidad recién rechazado por el TC. Tampoco pudo hacer nada frente a la última orden de la Presidenta de entregar fondos para la gratuidad a tres pésimas universidades estatales, inicialmente excluidas del esquema. El resto de los ministros no cuentan a la hora de influir, ni menos torcer, las ensoñaciones de MB.

¿Es digno ocupar una cartera ministerial si tu capacidad y trayectoria son ignoradas por tu jefa? ¿Es presentable dirigir ministerio sacrificando las ideas y estándares profesionales mínimos para diseñar e implementar políticas públicas? ¿Cuánto vale una cuota de figuración sin poder, a cambio de un prestigio profesional mancillado? A diferencia de lo que entendía el ex Presidente Piñera, el Estado no es una empresa. Pero si lo fuera, buena parte del gabinete estaría despedido por su irrelevancia e incompetencia para gobernar. Solo nos queda el ministro Valdés, que ha mostrado rigor, racionalidad y fuerza para controlar daños en la agenda de MB. Así como en los casos de corrupción política contamos con la Fiscalía, ¿podremos depender solo del jefe de Hacienda como “último hombre” para restituir la sensatez perdida por MB?

Columna de Carlos Portales. El Mercurio, 19-12-2015

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Humor

Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía promocionando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa de todos los tiempos en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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