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Proyecto irreal, lenguaje de realeza

Proyecto irreal, lenguaje de realeza

Proyecto irreal, lenguaje de realeza

La Presidenta de la República, molesta porque el fallo del Tribunal Constitucional le echó a pique un atajo presupuestario que, por lo demás, NO materializaba su promesa de universal gratuidad en la educación superior sino todo lo contrario, ya con su célebre sonrisa convertida en un rictus nos advirtió que “no la conocíamos”, dice Fernando Villegas

Para algunos sonó tan amenazante como si hubiera dicho “no saben lo que haré para salir con la mía”. Y en verdad la frase tuvo ese aire de advertencia previa a la comisión de un acto muy voluntarioso. ¿Cuál? Nadie tenía idea. ¿Cómo podrían tenerla?; sólo se conocen sus silencios cuando calla y sus oscuridades cuando habla y no siempre hay a mano un criptoanalista o una vidente para la debida interpretación. Tampoco se sabía qué quiso decir cuando aseveró que ella misma, en persona, compensaría el desplome de su glosa. Sólo sabíamos que ella misma, en persona, se entera por la prensa. Ahora estamos algo más enterados; salen del proyecto algunas universidades públicas, entran algunas privadas. El cuoteo, una de las bellas artes del gobierno, ha sido elevado a rango institucional.

Este ha sido sólo el último -o penúltimo- capítulo de un asunto que de principio a fin está plagado de incongruencias y absurdos. Ya es malo que la autoridad máxima se empecine en suministrarle respiración boca a boca a un proyecto imposible de pagar al contado si se es coherente con la promesa, pero simultáneamente imposible de cancelar en cómodas cuotas si se toman en cuenta las realidades políticas. Peor aún es que sea conceptualmente absurdo por mucho que no pocas almas piadosas crean, a la inversa, que la consolidación del desiderátum de la gratuidad universal es un Gran Salto Adelante.

Eso no suena muy lógico, a menos que reduzcamos la lógica a las bastardas manipulaciones del cotilleo político. ¿Cómo podría serlo el financiarles TODOS sus estudios a TODOS los estudiantes aunque una masa muy considerable -véanse los resultados de la PSU- carece de condiciones académicas y sólo se los acepta en universidades de tercera categoría y para “carreras” truchas? Si el país fuera inmensamente rico quizás podría darse el lujo de enviar incluso a sus nenes de más modestas dotes intelectuales a divertirse otros cinco años, antes de trabajar, para que “estudien” ciencias de la comunicación con los extraterrestres o ingeniería en columpios, pero no es el caso. Ni siquiera sucede en naciones infinitamente más poderosas. En China, flamante superpotencia, los estudiantes son discriminados de acuerdo a sus capacidades para luego ser enviados a universidades y carreras en armonía con dichas facultades; de más está decirlo, quienes no cumplen con los mínimos requisitos sencillamente no ingresan a ninguna. Es un modo infalible de garantizar esa CALIDAD que en Chile se ha cacareado, pero no se ha considerado.

Lenguaje monárquico

Pero si el proyecto es financiera y académicamente inviable, a esa dificultad debe agregarse el detalle, muy poco auspicioso por sus implicaciones, de ser promovido con indescriptible porfía por la sola razón de haber sido una promesa presidencial y personal que debe cumplirse. Puede que también esté en el programa, pero los programas hacen puntos, no promesas. Es pues porque doña Michelle lo prometió que el proyecto es impulsado contra el mejor juicio de siquiera algunos miembros de su entorno, contra el análisis crítico demoledor de expertos en educación y pese las advertencias del ministro de Hacienda, todo lo cual hace pensar que no sólo somos gobernados por un régimen presidencialista dotado de desaforados poderes, sino en realidad estaríamos viviendo bajo un régimen monárquico donde el rey se puede permitir decir, a la Luis XIV, “el Estado soy yo”.

Pero, ya pasada la era de los Luises y desvanecida la casa de Borbón, ¿bajo qué legitimidad, conforme a qué arrogancia o soberbia un entero gobierno, el Estado en su totalidad, ha de plegarse a la “palabra” o “promesa” de UNA persona? ¿Incluso del Mandatario? Mandatario significa mandatado, ordenado, puesto en un cargo para servir a quien realmente manda, en este caso la nación, no viceversa. Tampoco se trata de una promesa que TODA la nación le esté exigiendo cumplir; sólo el 24% de los ciudadanos votó por ella, de ese 24% muchos ahora no lo harían ni a la rastra y de los que volverían a votarla es de dudarse que haya alguien, aparte de sus autores, que leyera el programa de gobierno.

Es el caso, entonces, que esta implícita creencia de doña Michelle Bachelet de ser la Emperatriz Viuda de la Revolución y no Presidenta y servidora pública, no sólo pone al país en el aprieto de seguir ante cada situación o problema los obcecados lineamientos y porfiadas órdenes de Su Excelencia, sino además nos encamina por el pedregoso y ruinoso sendero del chavismo, que es, según muestra la experiencia, en lo que siempre se transforman las amplias avenidas de la historia de los Salvador Allende. Si en Venezuela el mandatario recibe órdenes o consejos desde el cielo por intermedio de un pajarito, no quisiéramos que en Chile se implantara un liderazgo o caciquismo susurrado desde el mausoleo de la Upé. Uno habría imaginado ya superado el estilo de los sistemas socialistas, el de las “democracias populares”, el de la “dictadura del proletariado” y de la RDA, en fin, el estilo de los autócratas que jodieron a media Europa, pero al parecer no es el caso.

El coro

Las advertencias autocráticas de la Presidenta tienen su correlato y complemento natural en las expectoraciones estridentes de los sectores menos cerebrales, pero más hormonales de su sector. Dicho sea de paso, no es ninguna novedad; fenómeno propio de los populismos, dictaduras y otros engendros políticos del siglo XX es la escena del líder soltando frases contundentes, amenazantes y al mismo tiempo vagas ante una claque que lo aplaude a rabiar y le exige aún más mano dura.

Entre los coristas que en esta ocasión estaban de turno para pedir cabezas se cuenta la señorita Karol Cariola, quien soltó un comentario acerca de que el TC sería el “perro guardián del pinochetismo”. Frases o más bien clichés como estos son usuales en ese sector; los oímos iguales o muy parecidos en 1971 y 1972. Toda ley o principio jurídico que no se incline servilmente ante los iluminados del momento es, por definición, un arma de las elites y los momios. En la mirada de estos sectores la ley no tiene valor per se, sino meramente como instrumento de clase. Merece respeto y obediencia, entonces, sólo si sirve “los intereses de los trabajadores”.

A la Cariola la acompañaron otras voces indignadas espetando figuras verbales de similar catadura. “Habría que revisar constitucionalmente la vigencia y existencia del TC”, arguyeron. He ahí, otra vez, la mentalidad de esta gente: la ley y de hecho la entera institucionalidad es de quita-y-pon, al servicio de estos o aquellos intereses, un arma en la guerra de clases. Es el modo como ven la historia universal. Seguramente imaginan que ya en la época de las cavernas los desposeídos le disputaban las chuletas de brontosaurio a una elite de cazadores más eficientes, egoístas y malvados.

Para la risa

Por ahora, todavía ahora, esos estallidos de furor jurídico de los mismos que han corrido a acogerse bajo la toga institucional cuando les ha parecido conveniente parecen dignos de risa, pero no es buena idea tomárselos para siempre a la broma, porque estos grupos y sus miradas tienen una porfiada tendencia a convertir los chistes de mal gusto en pesadillas duraderas. Chávez, recordémoslo, cuando sólo era un militar caribeño y hablantín dado a saltar al escenario para hacer de saltimbanqui fue motivo de alegres carcajadas. Hoy, en Chile, los que escriben en los muros “40 años juntando odio” también sólo parecen potenciales clientes para el manicomio, pero nunca se sabe. Los extremistas de hoy pueden ser los funestos actores políticos de mañana tal como los ministros de ayer pueden llegar a ser los autócratas verbales del presente.

Blog de Fernando Villegas. La Tercera, 20-12-2015

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