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Cine en el cine

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diciembre 17

Esta semana un solo entreno:” Star Wars: el despertar de la fuerza”. Lamentablente no fuimos invitados a verla antes de su estreno. Y solo tenemos el criterio de nuestros amigos españoles.¿Sera igual al nuestro?


 

despertarfuerzapor¿Supondrá “Star Wars” un fuerte despertar del celuloide?

Ficha técnica:

Dirección: J.J. Abrams

Guion: J.J. Abrams, Lawrence Kasdan

Intérpretes: John Boyega, Daisy Ridley, Harrison Ford, Carrie Fisher, Mark Hamill, Oscar Isaac, Adam Driver, Gwendoline Christie, Lupita Nyong’o, Andy Serkis, Peter Mayhew, Max von Sydow

Fotografía: Daniel Mindel

Duracion: 136 minutos.

Sinopsis:

lo viejo y lo nuevo

Casi 40 años después de la película original, vuelve la saga de La guerra de las galaxias, en esta ocasión por primera vez sin el concurso de George Lucas, pero con un formidable sucesor: J.J. Abrams, curtido en televisión con Alias y Perdidos, y en cine con Misión imposible y Star Trek. El resultado complacerá sin duda a los fans galácticos recalcitrantes, y captará nuevos adeptos entre las nuevas generaciones.

El despertar de la fuerza narra acontecimientos posteriores a El retorno del jedi, cuando la siniestra Primera Orden ha sustituido al Imperio en el lado oscuro de la Fuerza, con un ejército más poderoso que nunca, y una alianza rebelde que hace lo que puede para hacerle frente. Rey, una joven sin familia, y Finn, un antiguo soldado imperial, con ayuda del droide BB-8, deberán intentar dar con el paradero del mítico jedi Luke Skywalker para, una vez más, salvar a la galaxia.

Aletea la fuerza, como parece lógico, en esta película, que parece urdida con la idea de tomar lo mejor del film con que empezó todo en 1977, lo que puede verse como un guiño a los nostálgicos –indudablemente lo es–, pero también como una jugada inteligente, consistente en reconocer lo que subyugó a los espectadores de antaño, para entregarlo de nuevo a modo de auténtica reinvención y convenientemente dosificado. Casi podría hablarse de remake, sin haber nada peyorativo en el uso de esta expresión, para ser justos y evitar malentendidos digamos que se trata de variaciones sobre la lucha que no cesa entre el bien y el mal, con ecos de situaciones ya vistas que son lo mismo sin ser lo mismo.

Firma el guión Abrams junto a Lawrence Kasdan –que participó en los libretos de El imperio contraataca y El retorno del jedi, y Michael Arndt, que estuvo en la cinta animada de PixarToy Story 3–, que asume y reinventa todos los elementos posibles del primer film. Abunda la acción y la aventura punteadas con golpes de humor, servidas con buenos efectos visuales en los combates entre naves espaciales, la recreación de planetas y diseño de criaturas, evitando al mismo tiempo el empacho digital de Lucas, que malogró en parte su trilogía de precuelas. Y hay espacio para las sorpresas argumentales de contenido dramático, que por supuesto, no desvelaremos en estas líneas.

Están bien los ingenuos e idealistas personajes de Daisy Ridley y John Boyega, una joven guerrera y un soldado imperial converso negro que empiezan a sentir una clara atracción, más el en alza Oscar Isaac, un piloto de la alianza rebelde, y el villano de la función, buen trabajo de Adam Driver como Kylo Ren; los actores aportan juventud más el toque de mayor peso femenino y de diversidad racial. El nuevo robot BB-8 tiene encanto. Produce, por supuesto un agradable cosquilleo constatar el retorno de Han Solo, Chew, Leia y Luke, más los inefables androides que han estado en todas las películas de la saga, R2-D2 y C-3PO. Siempre da gusto ver a Max von Sydow, pero por desgracia su presencia no tiene la relevancia que han tenido veteranos como Alec Guinness, Peter Cushing o Christopher Lee en otras entregas de la saga galáctica, que en su nueva andadura promete pingües beneficios para Disney.

Entre ellos, J.J. Abrams, director de Star Wars: El despertar de la fuerza, que se ha decantado por rodar en formato físico, a la antigua usanza. Si desaparece el film como formato, con él también se irá el estándar de excelencia, la mejor calidad”, declaró el cineasta justo antes de comenzar el rodaje. Le enmienda la plana al propio George Lucas, que se empecinó en ir a la vanguardia del cine digital con la trilogía de precuelas de la saga galáctica.

No es el único defensor romántico de la película. Todd Haynes la ha utilizado para Carol, su film con Cate Blanchett y Rooney Mara, que cobra fuerza para el Oscar. Quentin Tarantino ha logrado que se estrene su nuevo western, Los odiosos ocho, se estrene el día de Navidad en digital, pero también en 70 mm en Panavision en numerosas salas de Estados Unidos. Como apoyo a los cines que elijan esta última opción, tiene previsto iniciar una gira por varias ciudades para irrumpir por sorpresa en las salas, para darle una alegría al público junto con algunos de los actores.

Otro incondicional, Christopher Nolan, montó un enorme revuelo porque pretendía que su último trabajo, Interstellar, sólo se pudiera ver así. Esto levantó quejas de los propietarios de las salas de cine. “Nos obligan a invertir en digital y ahora quieren que desempolvemos las viejas máquinas”, declaró el propietario de una importante cadena. “¡No tengo ni proyeccionista que la sepa manejar!”. El británico Ken Loach se encontró sin bobinas a la venta cuando rodaba su último trabajo, Jimmy’s Hall, por lo que tuvo que pedir ayuda online. Acudió al rescate Pixar, la compañía pionera en animación… digital. “El celuloide es algo mágico que los que hacen cine con ordenador se pierden”, declaró el realizador.

Al cine en celuloide ya se le había dado por muerto, pues aunque Kodak seguía fabricándolo, barajaba su desaparición por la falta de demanda. Tras varios meses de negociaciones, las grandes majors firmaron un acuerdo con la compañía, por el que se comprometieron a adquirir una cantidad que no se ha especificado de película cada año.

De Star Wars solo se puede hablar en primera persona… probablemente porque como pasa con los mitos de la cultura popular cada cual los vive a su manera.

Empiezo reconociendo que no soy una fan de la saga. La primera película me pilló muy pequeña y de hecho, para mí, La Guerra de las Galaxias empezó con El retorno del Jedi y El Imperio contraataca. Películas que vi… y que olvidé por completo (o al menos eso pensaba). En mi cabeza, hasta hace unas horas, la célebre saga eran solo unos muñecos muy feos que pululaban por mi casa y el vago recuerdo de una princesa, un príncipe rubio con ojos azules y un piloto, que no era rubio pero era más gracioso y, por lo tanto, ya en aquella tierna infancia, me parecía mucho mejor partido (opinión que se consolidó cuando, ya con uso de razón, Han Solo se convirtió en Indiana Jones). Eso, y por supuesto, los robots… que me parecían mucho más interesantes que el príncipe, el piloto y el resto de personajes juntos.

Con este único bagaje acudí a ver el nuevo capítulo de Star Wars; casi por obligación porque, así son las co#sas, en ese momento no había nadie más para cubrirlo. No había visto la saga intermedia porque siempre había otros críticos más interesados en escribir sobre ella y, en estos últimos meses, no había leído nada apenas del estreno de la película (cosas de frikis, pensaba). No sabía si el episodio que me iban a contar iba antes, después o intercalado. Sí sabía que volvía a aparecer Harrison Ford y, antes de sentarme en la butaca, leí un resumen de las películas anteriores por eso de tratar de refrescar la memoria (inútilmente… no me acordaba de nada). En fin, lo dicho: no están leyendo a una fan.

Y, sin embargo, toda esta prevención y frialdad saltó por los aires en el primer minuto, que es el único que voy a contar porque es un crimen contar nada de la película. Star Wars: El despertar de la Fuerza arranca en el espacio, con los míticos acordes de la banda sonora de John Wiliams y un sencillo relato superpuesto en rudimentarias letras naranjas. Un arranque poco espectacular que, sin embargo, marca la pauta de lo que será la película: memoria (en forma de evocación y nos#talgia) y na#rración.

Desde ese primer minuto, J.J. Abrams consigue meterme en la historia y me va llevando hasta el final con esa aparentemente sencilla fórmula: evocación y re#lato. Con la memoria me lleva al pasado, con la narración al presente. A medida que avanza la historia, y gracias a una sabia dosificación de personajes y paisajes ya vistos, voy recordando aspectos que creí olvidados y desempolvando ideas que configuraban -y configuran- un universo moral. Porque en La Guerra de las Galaxias -la de ahora y la de antes- el bien es el bien y el mal es el mal. Y uno lucha contra otro y, si te descuidas, puedes caer en el lado oscuro. Y en ese lado quizás tengas poder pero no tienes amor. Y cada uno de los lados lleva su cortejo de “valores”: el egoísmo, la venganza o la violencia en un margen, la amistad, la valentía o la generosidad en el otro.

¿Maniqueismo? Quizás. O quizás no, porque negar la lucha de opuestos en la existencia humana es negar una evidencia y, por otra parte, la tensión entre estos opuestos provoca una interesante gama de grises en la actuación de cada uno de los personajes (y, si no, que se lo digan a Han Solo). En este nuevo capítulo es#tá presente todo este rico mundo de valores y conflictos y está, por supuesto, el otro gran tema moral que aborda la saga: la paternidad.

Supongo que a los puristas el enganche de esta cuestión quizás les parezca cogida narrativamente por los pelos. Eso lo tendrán que decir ellos. A mí, como espectadora media, me funciona. Como me funciona -a pe#sar de ser muy consciente de asistir al artificio de una trama que se va inventando- el resto del relato, todo ese conjunto de batallas, personajes, nuevos sucesos y relaciones que consiguen que la historia avance y que haya materia para una trilogía. Mientras veía Star Wars: El despertar de la Fuerza pensaba en esas historias junto al fuego, o en los cuentos a los pies de cuna que se adornan, crecen, se bifurcan o complican para alargar el tiempo y para grabar mejor una enseñanza.

Y esos relatos quizás no son redondos, ni del todo creíbles, ni los personajes -especialmente los nuevos- están totalmente delineados porque pueden ir creciendo y cambiando. Esa es la ventaja de crear una saga, o mejor, un universo de ficción… que lo puedes hacer crecer por donde quieras. Si además tienes una historia con fuerza evocadora, unos personajes con carisma, unos conflictos moralmente potentes (que se alternan con dosificados escapes de humor), unos magníficos efectos especiales (siempre al servicio de la narración), una mítica banda sonora y un director con magnífica mano para el cine de aventuras, tienes saga para rato. Afortunadamente. Y lo dice alguien que, hace solo unas horas, apenas recordaba quién era Darth Vader.

Supongo que a los puristas el enganche de esta cuestión quizás les parezca cogida narrativamente por los pelos. Eso lo tendrán que decir ellos. A mí, como espectadora media, me funciona. Como me funciona -a pesar de ser muy consciente de asistir al artificio de una trama que se va inventando- el resto del relato, todo ese conjunto de batallas, personajes, nuevos sucesos y relaciones que consiguen que la historia avance y que haya materia para una trilogía. Mientras veía Star Wars: El despertar de la Fuerza pensaba en esas historias junto al fuego, o en los cuentos a los pies de cuna que se adornan, crecen, se bifurcan o complican para alargar el tiempo y para grabar mejor una enseñanza.

Y esos relatos quizás no son redondos, ni del todo creíbles, ni los personajes -especialmente los nuevos- están totalmente delineados porque pueden ir creciendo y cambiando. Esa es la ventaja de crear una saga, o mejor, un universo de ficción… que lo puedes hacer crecer por donde quieras. Si además tienes una historia con fuerza evocadora, unos personajes con carisma, unos conflictos moralmente potentes (que se alternan con dosificados escapes de humor), unos magníficos efectos especiales (siempre al servicio de la narración), una mítica banda sonora y un director con magnífica mano para el cine de aventuras, tienes saga para rato. Afortunadamente. Y lo dice alguien que, hace solo unas horas, apenas recordaba quién era Darth Vader.

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Humor

Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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