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¿Qué pasa en las aulas?

¿Qué pasa en las aulas?

¿Qué pasa en las aulas?
diciembre 03

Los jóvenes necesitan ser educados en la belleza, la verdad y la bondad, algo que todo buen maestro sabe transmitir con la materia que enseña

(I). Damos por sentado que la educación es una tarea tan importante como difícil, y que escuela y familia, padres y profesores, pueden mejorar mucho. Dicho esto, debo añadir que Educación: guía para perplejos (Inger Enkvist[1], Ediciones Encuentro, 2014), es una mina de información, experiencia y sentido común. Una lectura, por tanto, altamente recomendable a padres y profesores.

Inger Enkvist, catedrática de Español en Suecia, describe la politización de las reformas educativas en muchos países occidentales; analiza los errores de la llamada nueva pedagogía, nacida con la revolución de mayo del 68; destaca, entre esos errores, el haber confundido la igualdad de derechos con el derecho a no ser evaluado negativamente; explica que esa premisa equivocada lleva a sustituir el aprendizaje por la mera escolarización, suficiente para conseguir su triple ideal: autonomía, tecnología y facilidad.

El igualitarismo −nadie puede ser mejor ni peor− lleva consigo la devaluación de contenidos, la sustitución de los exámenes difíciles por los trabajos fáciles, y el paso de las calificaciones objetivas a la ambigüedad del “progresa adecuadamente”.

En la raíz de la nueva pedagogía encontramos también a Rousseau. Su romántico buenismo, al poner el énfasis educativo en los sentimientos y la motivación, ha desprestigiado la autoridad del profesor y el esfuerzo de la voluntad. Por eso, cada vez hay más “escuelas en donde no se lleva a cabo ningún tipo de educación, ni intelectual ni moral”. Al buenismo le cuesta digerir el aumento de vandalismo y de acoso escolar, pues en la escuela lúdica y divertida no debería existir la violencia. Pero los hechos demuestran lo contrario: que, si la familia y la escuela no exigen el cumplimiento de ciertas normas, ellas mismas pagan las consecuencias, y después la sociedad entera.

Frente a la facilidad como ideal, toda educación de calidad ofrece programas de estudio exigentes, para que los jóvenes sientan su tarea como un reto que puede ser gratificante. Esa calidad implica fijar umbrales para acceder a los diferentes cursos, pues de lo contrario se forman bolsas de fracaso escolar que tienden a colapsar el sistema y llevan a un fracaso vital más amplio. En la evaluación internacional PISA, los países con mejores resultados son los que centran la educación en el aprendizaje esforzado, no los que prefieren la autonomía del alumno. Es la diferencia, por ejemplo, entre Finlandia y Suecia. En Finlandia no ha entrado la nueva pedagogía, la selección del profesorado es exigente y su retribución económica es alta, igual que su reconocimiento social.

Además, la falta de estudio y de lectura produce ignorancia conformista y esquemas mentales muy limitados. Exigir esfuerzo a los alumnos es mostrarles respeto. “De ninguna manera los adultos, y menos los profesores, deben respetar la cultura de la incultura”

Continuará, por supuesto.

(y II). Había prometido terminar la reseña de Educación. Guía para perplejos, libro de Inger Enkvist, profesora sueca que demuestra sabiduría y experiencia al analizar las causas del éxito y del fracaso escolar y educativo. Esta entrada es más larga de lo habitual, pero el libro reseñado lo merece.

La educación de un joven −nos dice− es un proyecto de colaboración entre el propio joven, la familia, la escuela y la sociedad. Si hubo un tiempo donde cada uno sabía qué papel le correspondía, actualmente todo parece confuso: los profesores ya no responden a la imagen que solíamos tener de ellos, pero tampoco los alumnos ni los padres. Ni la sociedad, por supuesto. En medio de esa desorientación, padres y profesores deben utilizar todos los recursos a su alcance: su energía física, su equilibrio psíquico, su madurez, su sentido de responsabilidad y su sentido del humor.

Los padres no deben entender la familia como una democracia, y menos aún niñocéntrica. Al colocar al hijo en el centro corren el peligro de sobredimensionar su importancia y conseguir que piense que se le debe todo. La falta de agradecimiento y el mal comportamiento son su consecuencia natural. Algo peor sucede, como es lógico, cuando los padres no encarnan el modelo que deberían y son más bien antimodelos. Entonces el fracaso educativo está servido. Solo algunos jóvenes muy fuertes logran transformar esa experiencia en la decisión de “no ser como sus padres”, convirtiéndose a veces en los “padres de sus padres”.

La escuela ha sido la casa de la verdad hasta que el relativismo ha puesto por delante los valores de la convivencia, que se reducen a no herir los sentimientos del compañero o alumno, aunque se porte mal. Pero es perverso permitir la indisciplina, así como hablar de inclusión cuando se trata de alumnos que destruyen la escuela. Resulta contradictorio parlotear sobre la convivencia y no exigir las condiciones que la hacen posible. Porque el buen comportamiento de alumnos y profesores es condición necesaria del aprendizaje, y no se ha encontrado otra manera de educar. Quizá sea difícil de conseguir en algunos centros, pero conviene saber que cualquier escuela problemática deja de serlo en cuanto se propone cumplir normas básicas de puntualidad, vestimenta decorosa y obligación de hacer las tareas. Sin ese empeño, tendríamos que reconocer que somos injustos con los alumnos que quieren aprender y pierden el tiempo por el boicot de otros alumnos, en una especie de “escuela al revés” que hace exacto el célebre título la conjura de los necios.

También resulta contradictorio que el Estado haya introducido la escolarización obligatoria y no el aprendizaje obligatorio. Es contradictorio insertar a un alumno por su edad y no por sus conocimientos, porque ese criterio manifiesta un desprecio por la educación en el seno del mundo educativo.

El informe McKinsey 2007 dice que el factor clave para el éxito educativo es la inteligencia y preparación del profesor, no la inversión en edificios y materiales. Para nuestra autora, el profesor no debe ser autoritario ni carismático, sino profesional, con una preparación que requiere ocio para leer y viajar, tiempo para las librerías, las bibliotecas, los museos, los conciertos, el teatro, el arte…

En el buen profesor se da un constante aprendizaje teórico y práctico, que produce pequeñas mejoras continuas, no cambios drásticos. La nueva pedagogía, por el contrario, tiende al pedagogismo: una fiebre innovadora que produce cambios incesantes e innecesarios. Así hemos llegado a un infantilismo educativo que “en vez de preparar al niño y al joven para las exigencias de la vida adulta, se le invita a estar siempre jugando, satisfecho de sí mismo”.

La innovación educativa no es siempre mejor que la tradición, pero la prensa ama la novedad. Un Ministerio de Educación que se concentra durante años en un buen proyecto, no genera noticias, mientras la crítica de cualquier político a ese proyecto puede aparecer en titulares. Así, el público oye constantemente que lo que propone el Gobierno está mal, y eso resulta deprimente y negativo.

Si la dirección de un colegio habla más de métodos que de contenidos, hay que tener cuidado. Los métodos son importantes, pero solo como apoyo casi invisible al contenido y al pensamiento. Un buen método de lectura es, sin duda, importante, pero el mejor de los métodos no enseñará a leer en menos de 200 horas, y nadie se convertirá en un buen lector si no invierte 5.000 horas.

Los jóvenes necesitan ser educados en la belleza, la verdad y la bondad, algo que todo buen maestro sabe transmitir con la materia que enseña. Frente a ese clima enriquecedor, la ideologización y politización de la escuela denota y produce subdesarrollo intelectual en un país. Es curioso que los neomarxistas, tan críticos, no se pregunten por qué nadie pide refugio político en Cuba, Venezuela, Corea del Norte o Zimbawe.

Reseña de José R. Ayllón

Fuente: joserraayllon.blogspot.com.

ALMUDI

[1] Inger Enkvist es catedrática de español en la Universidad de Lund, Suecia. Experta en literatura hispánica, ha centrado su investigación en las obras de Mario Vargas Llosa y Juan Goytisolo. Es miembro del Consejo académico de la Cátedra Mario Vargas Llosa, en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes. Formó parte del Consejo sueco de educación superior y es miembro de la Academia argentina de ciencias políticas y morales. Su trabajo sobre educación aborda fundamentalmente las relaciones entre pensamiento y literatura, la enseñanza de idiomas así como el análisis de las políticas educativas y la comparación de sistemas educativos de diferentes países. En español ha publicado, entre otros libros, La educación en peligro (2000), Repensar la educación (2006) y La buena y la mala educación (2011).

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