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Miró o la antipintura

Miró o la antipintura

Miró o la antipintura
noviembre 19

Joan Miró (1893-1983) tenía una particular fascinación por los objetos, por los enseres humildes, como una raíz de forma singular, una piedra encontrada en la playa y utensilios de la cultura popular y rural, como los «siurells» mallorquines que tanto le gustaban. Él sabía observar una fuerza misteriosa en ellos.

A priori, diríamos que esta disposición tan receptiva al objeto se relaciona con el Dadaísmo y el Surrealismo. De algún modo, en estos movimientos los objetos insignificantes son reivindicados como arte. Incluso para el Surrealismo, la calle está llena de signos que pueden encender una chispa en nuestro interior. Tan sólo hace falta una predisposición para descubrirlos o interpretarlos. Por esta razón, se ha dicho que la creación surrealista no es tanto inventar como encontrar o descubrir. Los surrealistas advirtieron la posibilidad de construir o crear artificialmente un tipo de objeto desconcertante que conectara con nuestro inconsciente.

Sin embargo, a la luz de esta singular exposición, patrocinada por el la Fundación BBVA, advertimos que la relación de Miró con el objeto es mucho más compleja. El mérito de la muestra consiste en seguir la trayectoria del artista con un hilo conductor, una noción amplia del objeto, que nos abre una perspectiva inédita y nos hace descubrir un Miró diferente. La exposición está comisariada por William Jeffet, jefe de exposiciones del Dalí Museum de San Petersburgo, en Florida, quien, además de conocer bien el contexto catalán y español, realizó su tesis doctoral sobre la escultura de Miró. La exposición relata cómo Joan Miró «asesina la pintura» (según la expresión que ya se ha convertido en tópico): el momento en que el artista, al final de los años 20 y principios de los 30, incorpora el collage y construye objetos en una orientación dadá y surrealista.

La muestra se inicia con un conjunto diverso de objetos humildes y cotidianos que proceden del estudio de Miró. Es una evocación al mundo de los Gabinetes de curiosidades, esta colección representa la inspiración o el punto de partida del artista, pues allí está contenido en estado germinal, su itinerario posterior. El objeto se introducirá en su pintura como collage, esto es, como un elemento extraño que invade la superficie del cuadro y desarrolla una especie de tumor que acabará por devorar la pintura misma o por salir del formato y expandirse. Es, efectivamente, el asesinato de la pintura, un proceso que concluye en la serie de lienzos literalmente quemados por el artista en 1973.

Es difícil explicar este canibalismo. Sin duda, existen razones externas, pero interesa señalar aquí algunas de las convicciones más íntimas del artista y que podemos seguir en toda su trayectoria: su desprecio por la belleza tradicional o por la idea de pintura como ilusión, su búsqueda de una pureza espiritual…

En cualquier caso, para Miró la pintura acabará por ser una superficie a la que dar martillazos. Pero si el cuadro ha devenido una ventana ciega que no da a ninguna parte, Miró descubrirá la tactilidad, la presencia y el contacto físico de las cosas y los materiales, algo que muy posiblemente está relacionado con el cuerpo, el fetichismo y el deseo de tocar. Si para Miró la pintura está vacía de contenido, existe, sin embargo, una dimensión mágica del objeto, como portador de un significado transcendente, idea que trasladará al ámbito de la escultura en su sentido más rotundo. El proceso es el siguiente: primero escoge objetos cotidianos y con ellos realiza una suerte de collage tridimensional que después (y esto es muy importante) traslada al bronce. Es decir, aquellos objetos banales reciben una dignidad artística y acaban por transformarse en arte. Muchos se vieron en la gran retrospectiva que hizo Miró en 1974 en el Gran Palais de París. Esta es la tesis de la exposición, que reúne más de 120 obras, distribuidas en seis ámbitos de estudio. ¿Sorpresa? Miró es antipintura, pero no antiarte.

Jaume Vidal Oliveras. El Cultural, España, 13-11-2015

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Humor

Se cuenta que durante una cacería, el rey Alfonso XIII decidió permanecer un rato sentado a la sombra de un árbol para así poder descansar un poco, mientras sus compañeros de la partida de caza continuaron con la actividad.

Poco después se paró frente a él un campesino que estaba de paso, quien le preguntó al monarca si era verdad que por allí andaba el rey y de ser afirmativo le podía indicar quién era, pues le gustaría conocerlo personalmente.

Alfonso XIII se incorporó y pidió a aquel hombre que lo acompañara hasta donde se encontraba el resto de cazadores de la montería y podría averiguar quién era el rey porque todos los presentes estarían con sus cabezas descubiertas menos él.

Al alcanzar al resto de la partida, todos se descubrieron ante el rey a excepción del campesino.

-«Ahora ya sabe usted quién es el rey» comentó Alfonso XIII

A lo que el hombre contestó:

-«Una de dos. O es usted o soy yo, porque somos los únicos que seguimos con el sombrero puesto»

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El 8 de octubre de 1881, durante la inauguración de la línea férrea que unía las capitales de Madrid y Lisboa, con paso por Cáceres, el rey Alfonso XII tuvo un despiste a la hora de pronunciar unas palabras, en las que vitoreó a la ciudad de Cáceres.

Rápidamente fue advertido de su error, ya que no era ciudad sino villa, a lo que el monarca muy digno contestó:

«Pues desde hoy es ciudad»

Y así fue, ya que pocos meses después, el 9 de febrero de 1882, Alfonso XII ratifico sus palabras y nombró oficialmente ciudad a la hasta entonces villa de Cáceres.

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