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Los sepultureros del Capitalismo

Los sepultureros del Capitalismo

Los sepultureros del Capitalismo

Según muchos autores, la crisis económica de 2008 ha sido una de las más profundas de toda la historia del capitalismo, comparable a las de 1929 y de 1973. Para algunos, el modelo de crecimiento capitalista necesita retoques; otros han señalado que está herido de muerte y es necesario ahora plantear una transformación de la economía de mercado si no se quieren acentuar las desigualdades sociales.

Varios ensayos recientes comparten este enfoque. En un momento como el actual, en que la política es economía y la economía preocupa por sus efectos sociales y medioambientales, la posibilidad de cambiar el paradigma económico no deja a nadie indiferente. Ejemplo de ello es la polémica provocada en 2013 por el economista francés Thomas Piketty con El Capital en el siglo XXI, un voluminoso estudio sobre la desigualdad que se convirtió en un éxito de ventas.

Crece la brecha

Desde entonces, la preocupación por la hiriente brecha entre los más ricos y la clase asalariada se ha convertido en el tema predominante del debate público. Este asunto ha centrado, por ejemplo, las críticas a los programas de austeridad recomendados por las instituciones internacionales como remedio a la crisis económica. Ha provocado asimismo la irrupción de movimientos más comprometidos con la lucha social en el flanco izquierdo, pero también está reclamando una respuesta desde el conservadurismo (ver Aceprensa, 4-11-2015: “Conservadores con cabeza y corazón”).

Anthony Atkinson confía en solucionar la desigualdad y mejorar las condiciones de vida mediante la función correctora del Estado

Piketty no solo se limitó a mostrar que los rendimientos del capital en los dos últimos siglos han crecido de un modo más acusado y rápido que los del trabajo: también predecía que una economía de signo tan liberal aumentaría exponencialmente la brecha entre los más ricos y el resto.

Crecimiento sostenible

Al igual que otros economistas, como el renombrado Joseph Stiglitz, antiguo economista jefe del Banco Mundial, que acaba de publicar La gran brecha (Taurus, 2015), Piketty denunció que el modelo de crecimiento capitalista no era sostenible. También para Anthony Atkinson, economista británico que lleva más de cuarenta años dedicado a temas de pobreza y desigualdad, la distancia creciente entre el capital y el trabajo socava un sistema que necesita el motor del consumo incesante y de la promoción del crédito, pero que esquilma justamente a la clase media que los puede fomentar.

De ahí la oposición a las políticas de austeridad y la vuelta al keynesianismo, tras una etapa marcadamente neoliberal. Pues a la desigualdad se añade, a juicio de algunos analistas, la paradoja de que los costes de la salida de la crisis recaigan principalmente sobre los que más han perdido con ella y que, de continuar, están destinados a quedarse más rezagados. No es de extrañar que sea tan preocupante, junto con las consecuencias económicas de la desigualdad, la desconfianza de la población hacia los políticos y los financieros, una desconfianza que pone en peligro, como indica Atkinson, la cohesión social.

Desigualdad, desafección, conflicto de clase… A todos estos efectos se ha sumado el cambio climático y la toma de conciencia de los efectos que la explotación indiscriminada ha provocado sobre la naturaleza. Es este conjunto de elementos –los económicos, los sociales y los medioambientales– los que procura conciliar el desarrollo sostenible.

Corregir el capitalismo

La pregunta de fondo –que se han hecho, por cierto, pensadores de uno y otro signo, pero que también desliza el Papa Francisco en su última encíclica al recordar los límites de la economía de mercado– es si el capitalismo puede atajar estos problemas y favorecer un crecimiento equilibrado.

Después de analizar las causas de la desigualdad, Atkinson propone en Inequality: What Can Be Done? (Harvard University Press, 2015) 15 medidas para reducir la brecha económica. Son más radicales, ciertamente, que las vías fiscales ofrecidas por Piketty, que propone un impuesto global sobre el capital, más transparencia financiera y políticas inflacionistas. Pero, como se indica en The Economist (6-06-2015), no están alejadas de las típicas iniciativas de la izquierda y buscan todavía solucionar la desigualdad y mejorar las condiciones de vida mediante la función correctora del Estado.

Es la estrategia también de Stiglitz, que en su último trabajo culpa del desequilibrio a una política demasiado connivente con el sector financiero. Así, la política debería enfrentarse a los embates privatizadores y asegurarse de que el Estado será el protagonista en los procesos de globalización y de innovación tecnológica. De ese modo, las debilidades del mercado se atenuarían con más regulación. Por ejemplo, en lugar de dejar que el desarrollo de la tecnología destruya empleos, se supone que las políticas públicas deberían dirigir las inversiones e incentivar o asumir aquellas que protegen al trabajador y mejoran su nivel adquisitivo.

Por otro lado, Atkinson cree que la igualdad solo podrá lograrse garantizando un salario mínimo a la población y estableciendo uno máximo. Espera activar la demanda con políticas públicas e incluso justifica que el Estado debe ser el primer y más importante empleador en una sociedad. Pero ¿cómo se pagarían los costes de estas nuevas responsabilidades? Aumentando la carga impositiva a los más pudientes. Pero en los países –como los nórdicos– en que el Estado ofrece más prestaciones, siempre ha sido preciso cobrar más impuestos a todos, no solo a los más ricos.

Postcapitalismo

Más radical es Postcapitalism (Allen Lane, 2015), un ensayo de Paul Mason, periodista económico muy conocido en el Reino Unido, que ha genera-do bastante polémica en los medios británicos al predecir el agotamiento del modelo neoliberal. Para Mason, la política intervencionista ayuda a paliar en el corto plazo las desventajas, pero no es suficiente para poner fin a un sistema que, como el capitalista, garantiza el lucro de pocos mientras acentúa la desigualdad a costa de los trabajadores, los pensionistas y los más necesitados.

De Mason se ha dicho lo mismo que hace dos años se comentó de Piketty: que es el nuevo Marx. Sus ideas han recibido el elogio de la izquierda más radical, con S. Žižek y Naomi Klein a la cabeza. Pero, más allá de la batalla ideológica, el interés de su obra reside en que expone un modelo económico alternativo al existente. Otra cuestión es que sea viable.

Puede decirse que lo más re-levante de su análisis no es tanto la visión extremadamente negativa del neoliberalismo –a quien culpa, por cierto, de todos los males de los últimos siglos–, ni la sensación de que hay una confabulación financiera que nos engaña y explota, sino la pretensión de actualizar la crítica marxista en el contexto de la economía colaborativa y la sociedad de la información.

Minado por la tecnología

Muchas de sus afirmaciones son dudosas. Por ejemplo, parte de la tesis de que la capacidad adaptativa del capitalismo ha concluido y lo ha hecho debido al impacto de uno de sus frutos más importantes: la tecnología. El avance tecnológico ha alumbrado nuevas actitudes sociales, más generosas, menos jerárquicas, con mayor espíritu colaborativo, y ha abierto nichos cada vez más importantes económicamente, ajenos a la lógica del mercado y llamados a destruir la primacía del capital.

Según Joseph Stiglitz, las políticas públicas deberían dirigir las inversiones para incentivar las que protegen al trabajador y mejoran su nivel adquisitivo

En efecto, para el autor de Post-capitalism, la sociedad de la información obliga a transformar los presupuestos esenciales de la economía capitalista; en concreto, afecta y modifica la dinámica de la formación de precios, altera la concepción del derecho de propiedad y dinamita la organización del trabajo.

El mercado funciona como forma óptima de intercambio cuando los recursos son escasos; así ha sido tradicionalmente en las transacciones sobre productos y servicios. En cambio, advierte el periodista británico, no sirve cuando el principal objeto de intercambio es la información: esta es un bien abundante, puede ser compartido sin implicar su consumo y reproducido indefinidamente. Además no tiene, por decirlo de alguna manera, un propietario natural, ya que crece por las sucesivas aportaciones de multitud de individuos. Esta es la razón por la que es tan complicada la regulación legal en la sociedad de la información: las tecnologías erosionan el mecanismo normal de la formación de precios.

Asimismo, según Mason, la creciente difusión de iniciativas cooperativas y su relevancia económica y social socava el derecho de propiedad tradicional.

Y ¿qué ocurre con el trabajo? Algunos expertos sostienen que la tecnología será capaz de automatizar la producción de bienes y servicios, lo que implicará la reducción del tiempo de trabajo. Asimismo estamos ya asistiendo a la modificación de las formas de organización laboral: las decisiones se descentralizan, se opera en red, caen las jerarquías y se valora cada vez más la creatividad. Por eso Mason concluye fácilmente que, en el seno del capitalismo, se están produciendo fenómenos que apuntan a una forma económica distinta a la neoliberal.

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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